La pandemia de la Gripe Española (Foto: Shutterstock)
La pandemia de la Gripe Española (Foto: Shutterstock)

La historia para muchos puede ser un hobby. Para otros una profesión. Pero para los países y sus sociedades debe ser una obligación. Estudiarla, comprenderla y tenerla presente evitan que volvamos a cometer viejos errores.

El coronavirus tomó de sorpresa al mundo. La pandemia se diseminó a velocidad ultrasónica por cada rincón del planeta. Muchos podrán sostener que era imposible de detener o de predecir. Que ante la aparición de un virus nada se puede hacer y que siempre las medidas públicas irán (al menos por un tiempo) detrás del virus con alto poder letal. El pasado demostró que las pandemias pueden ocurrir. En realidad que las pandemias ocurrirán. Es inevitable. Así lo demuestra la historia.

La Gripe Española en 1918 o la pandemia de 1968. Decenas de millones de muertos entre ambas. pero no hay que ir tan lejos en el tiempo. Este siglo, del que se sólo transcurrió la quinta parte, presenció cuatro pandemias. El SARS, el MERS, la Gripe A y el COVID-19. Sin embargo, cada aparición de un nuevo virus provocó zozobra. No sólo por la incertidumbre que generan tras su descubrimiento respecto a cuál será su alcance, sino porque en cada oportunidad hubo especialistas prestigiosos que sostuvieran que las sociedades no estaban preparadas para enfrentarlos.

En 2002, el SARS apareció y en poco tiempo demostró un gran poder asesino y de propagación. Casi tres decenas de países afectados. Alrededor de 8500 infectados y más de 800 muertos. Esos números que espantaban, hoy quedan minimizados ante la capacidad de difusión y de daño del coronavirus. Parecen insignificantes ante la tragedia global actual.

La ciencia ha avanzado lo impensado en las últimas décadas. Los progresos son continuos. Ya no hablemos de comparar con la medicina de hace un siglo atrás. Si se compara la actual con la ciencia médica de hace 30 años se descubrirán diferencias abismales. Tal vez ese constante progreso haya ocasionado que, en un inicio, se haya subestimado esta nueva pandemia (y hasta la posibilidad de su aparición) y, al mismo tiempo, haya sobreestimado las posibilidades de la medicina moderna. Y muy especialmente de los sistemas sanitarios. Pese a que la experiencia indicaba que en cualquier momento podía llegar a ocurrir. De hecho es la cuarta vez en 18 años que una pandemia se pone en marcha. Lo que sucede es que el volumen y las consecuencias de esta son muchísimo mayores y están más expandidas.

Ante este panorama, las medidas más repetidas por todos los gobiernos del mundo son las mismas que se utilizaron más de 100 años atrás. Armas descubiertas a fines del siglo XIX fueron las más eficaces en pleno Siglo XXI.

El distanciamiento social y el aislamiento fueron los métodos que se mostraron de mayor utilidad en esta etapa de la pelea. Cuarentena obligatoria y el estudio de los contactos de los infectados hasta ahora fueron las herramientas más eficaces. Aquellos países que, al principio, decidieron seguir con su vida normal y en los que los gobernantes se vanagloriaron de ello, debieron rever su actitud al poco tiempo al comprobar la virulencia del contagio y el aumento exponencial del número de muertes.

Personal médico vistiendo equipo de protección trasladan a un paciente en una camilla en medio de la propagación de la enfermedad por coronavirus en Italia (REUTERS)
Personal médico vistiendo equipo de protección trasladan a un paciente en una camilla en medio de la propagación de la enfermedad por coronavirus en Italia (REUTERS)

Esas medidas (o herramientas) demostraron su pertinencia. No por ser antiguas deben dejar de ser puestas en práctica. Su eficacia es evidente.

Naturalmente nadie puede negar que los avances médicos han conseguido evitar que todo fuera peor. La prueba con distintos medicamentos, los respiradores, el desarrollo de las terapias intensivas, la complejización de la medicina de emergencia, la secuenciación genética del virus. Pero la ciencia del siglo XXI no ha podido, todavía, derrotar al virus, ni siquiera contenerlo.

Los doctores John Hick y Paul Biddinger publicaron en la prestigiosa revista científica The New England Journal of Medicine un artículo titulado: “El nuevo Coronavirus y las viejas lecciones”. Sostienen que “el tratamiento ofrecido a pacientes en las áreas en que el COVID-19 ha explotado es similar al que podrían haber recibido durante la pandemia de gripe de 1968: cuarentena, aislamiento, distancia social posiblemente sean lo que nos salve”.

Luego del paso del SARS, la Organización Mundial de la Salud lo hizo explícito en sus conclusiones. “Esta vez el mundo tuvo suerte”. Todo podría haber sido peor. El SARS debió habernos servido de aviso suficiente. Pero la humanidad decidió proseguir como si no hubiese sucedido. Las alarmas fueron ignoradas.

La OMS en 2019 lanzó un alerta poco (o nada) escuchado: “El mundo no está preparado para una pandemia provocado por un virus que afecte las vías respiratorias de rápida difusión. La gripe de 1918 enfermó a un tercio de los habitantes y mató alrededor de 50 millones de personas. Si una pandemia similar ocurriese hoy, con una población cuatro veces mayor que la de entonces y con unos tiempos de viaje a cualquier punto del globo de menos de 36 horas, podrían morir hasta 80 millones de personas”, concluía el informe.

Las células infectadas conSARS-COV-2 (REUTERS)
Las células infectadas conSARS-COV-2 (REUTERS)

El SARS tenía otras características. Contagiaba una vez que los síntomas se manifestaban, su capacidad de propagación era menor y se identificó con velocidad qué animal que originó la zoonosis. El Coronavirus puede contagiar durante un largo tiempo y los síntomas pueden demorar hasta 14 días en manifestarse. Otro inconveniente que presenta es el de los contagiados asintomáticos y oligosintomáticos (aquellos que manifiestan síntomas muy leves) que propagan la enfermedad sin notarlo.

Los tests parecen necesarios pero son insuficientes. Esa insuficiencia se da desde el punto de vista de la cantidad (su escasez es un problema: otro tema derivado de la imprevisión) y desde que no bastan por sí solos. Ello no implica que no sean imprescindibles como instrumentos para conocer el estado de situación, evitar contagios y para el combate de la enfermedad.

Las características del mundo actual empeoraron el cuadro. La posibilidad de trasladarse con facilidad de un extremo al otro del planeta hizo que el virus se dispersara con una celeridad inconcebible. La ventaja de la globalización: las comunicaciones también son rápidas (inmediatas) y se pudieron tomar medidas preventivas y copiar modelos que funcionaron en otros países.

Luego del SARS y el MERS los países que parecieron haber aprendido la lección fueron los que los sufrieron. O al menos algunos de ellos como Singapur y Corea del Sur. La respuesta coreana al MERS fue pobre e insuficiente. Parece -en esta crisis sanitaria nada es definitivo- que sus métodos contra el coronavirus funcionaron. Tomó decisiones polémicas y discutibles, aplicó tecnología de avanzada y presupuesto y además contó con un elemento más: el tiempo. Corea del Sur estaba preparada porque tomó nota del fracaso ante el SARS.

El arma ultramoderna que algunos países utilizaron es el rastreo y seguimiento de todos aquellos que estuvieron en contacto con un caso positivo. Así, con tests masivos y con aislamiento selectivo y obligatorio, Corea logró contener los contagios y, en particular, las muertes. Sin embargo, este método de rastreo se riñe con las libertades individuales. El gobierno actúa compulsivamente. Nadie contagiado o con contacto con él puede circular libremente. Apenas estas noticias se conocieron en los países europeos provocaron rechazo y fuertes criticas. Sin embargo, ante el aumento cotidiano de muertes en Italia y en España, algunos en esos países ven con otros ojos las aplicaciones que permiten estos seguimientos. El gobierno italiano tendría desarrollada una de ellas. Este tipo de herramientas (disponer de los datos de localización de las personas y poder decidir internarlas compulsivamente) utilizadas fuera de una crisis sanitaria de estas características implican un riesgo enorme.

Imagen del céntrico Paseo de Colón desierto en Barcelona, España. durante el aislamiento social (REUTERS)
Imagen del céntrico Paseo de Colón desierto en Barcelona, España. durante el aislamiento social (REUTERS)

El infectólogo español Adolfo García Sastre hace pocos días dijo en una entrevista en El País de España: “El principal problema no es tanto si las medidas de contención se han tomado antes o después. Esto viene de mucho antes. Se sabía que estas pandemias podían ocurrir. Sabemos que con la gripe suceden cada 20 o 30 años y que tienen una severidad parecida a la actual, pero no nos preparamos para ellas. No es un problema de un gobierno o de un país en particular. Nadie luchó para financiar esto”.

Se ha establecido muchas veces una dicotomía entre salud y economía. Sin embargo las pérdidas que ocasionará esta enfermedad, aunque todavía no se conoce cuál será exactamente la cifra, serán enormes. Se sabe que la magnitud del daño económico será colosal. Las pérdidas serán muy superiores a la cantidad de dinero que se podría haber invertido en conseguir que la aparición de este flagelo no encontrara a las sociedades sin mayores defensas.

Los especialistas que están preocupados buscando una salida al coronavirus -desarrollando vacunas, buscando medicamentos que sean eficaces, indagando en conocer más del funcionamiento del virus- saben que vendrá otra pandemia luego de que esta sea superada. Pretenden ser escuchados y poder contar con presupuestos y armas científicas y sanitarias del Siglo XXI para enfrentarla.

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