
A la vera de la Ruta Nacional 12, frente al barrio Itaembé Guazú, en Posadas, Misiones, camino a la provincia de Corrientes, se erige el Buda más grande de Sudamérica en el ingreso del templo Rattanaransyaram. El monumento, construido a base de cemento, mide 13 metros de alto por 10 de ancho. Lo diseñó y levantó el ingeniero Won Synalay en colaboración los monjes Sivone Khankham y Somsak Inthavilai. Lo pintaron de amarillo porque, según la tradición, “debe ser dorado para iluminar el camino de los fieles”. Una ceremonia de ofrenda culminará con el bautismo y bendición de la imponente obra. Es un homenaje a los 40 años de la llegada de la comunidad laosiana al país.
La estatua del Buda es el corolario de una travesía que atañe a dos procesos sociopolíticos de trascendencia mundial en la historia del siglo XX: la Guerra de Vietnam y la última dictadura cívico militar de la Argentina. “Hacia mediados de los años 70 el sudeste asiático se encontraba al final de la segunda Guerra de Indochina o Guerra de Vietnam, conflicto que surge de la intervención armada de los Estados Unidos en los países del sudeste asiático con el objetivo estratégico de establecer Estados aliados frente al avance de los Estados comunistas”, reza la descripción de un artículo de noviembre de 2012 firmado por la Dirección Nacional de Población a cargo del Ministerio del Interior.
El movimiento de filosofía marxista Vietminh lideraba los procesos de liberación nacional en Vietnam. El Pathet Lao hacía lo mismo en Laos. Ambos compartían la región del sudeste asiático, embanderaban la misma ideología política y pregonaban la misma causa: dejar de ser colonia francesa. El Vietminh ayudó al Pathet Lao en alcanzar un tratado de independencia. Laos, ya como país independiente, empezó a padecer conflictos internos. El partido comunista asumió el liderazgo y la oposición de derecha, apoyada por los Estados Unidos, tomó el poder en 1958. Fueron años de guerra civil.

Los enfrentamientos, los movimientos de guerrillas, las coaliciones continuaron hacia mediados de la década del 70. Las esquirlas de la Guerra de Vietnam, las dos décadas de conflictos armados entre el régimen comunista y los partidos de derecha apoyados por las políticas y las fuerzas bélicas estadounidenses, afectaron a los países limítrofes: Laos y Camboya. En 1975, el Frente Patriótico Laosiano, hijo del Pathet Lao, conquista el poder y funda la República Democrática Popular Lao. Los triunfos comunistas en Vietnam y Camboya establecen un régimen socialista integral en la región de Indochina. Las conversiones políticas y los nuevos modos de producción provocaron una marcha masiva.
“El éxodo de población en las antiguas colonias francesas de Indochina fue masivo, estimando en más de 3 millones de emigrantes que dejaron sus hogares por miedo a represalias o persecución por parte de los nuevos regímenes en el poder”, consigna el documento de la Dirección Nacional de Población.
El fenómeno demográfico instó a las Naciones Unidas a llamar a la Conferencia Internacional en Ginebra en procura de resolver la situación de los refugiados. 65 gobiernos participaron de la cumbre de 1979: firmaron compromisos con la promesa de recibir a las comunidades desplazadas del sudeste asiático. Aquí, la conexión con el gobierno de facto de Argentina.
En 1976, un Golpe de Estado establece el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. A efectos de promocionar una falsa imagen de respeto con los derechos humanos y de empatía con los dramas humanitarios, el gobierno militar -que había implementado un plan sistemático de tortura, represión y desaparición de personas- decidió darle la bienvenida a la población desplazada de sus raíces. La maniobra diplomática se consolidó en el decreto Nº 2073 del 31 de agosto de 1979.

De las mil familias que la Junta Militar ofreció recibir, desembarcaron 293, según registros oficiales del Programa para Refugiados Indochinos en la República Argentina del ACNUR. 266 familias provenían de Laos, 21 de Camboya y 6 de Vietnam. Los expedientes de los archivos de la Comisión Nacional de Refugiados estima que 1.270 personas provenientes de la región Indochina llegaron al país. Entre ellas, Somboon Hemsouvanh.
Somboon es la segunda presidenta de la Asociación Wat Lao Rattanaranysaram Keosawang, un templo que congrega a los laosianos que profesan el budismo en el país. Llegó a la Argentina como refugiada de guerra cuando tenía 7 años. “El gobierno nos dio asiento en Salta. Fueron años muy difíciles, mis padres extrañaban mucho a sus parientes, les costó mucho aprender el idioma, adaptarse a otro ambiente y otras costumbres. No se hallaban. Sufrimos escasez en comida y ropa. Nos dejaron con un patrón, en una estancia lejísima del pueblo. El sueldo era bajo. Pasamos mucha hambre”, recordó.
Según testimonios recogidos por el Ministerio del Interior, a los refugiados les habían dicho que Argentina era un país rico, del primer mundo. También les habían asegurado que ellos iban a elegir sus destinos. Ni una cosa, ni la otra. En agosto del ’79, se lanzó una convocatoria pública destinada a los interesados en darle trabajo y alojamiento a los refugiados. Los contingentes cayeron en ciudades aleatorias de Córdoba, San Juan, Mendoza, La Pampa, Río Negro, Misiones. Muchos no sabían a dónde iban, solo que tenían que trabajar. Habían escapado de la guerra para incursionar en un país ajeno, convulsionado y hostil.

Cuando los convenios laborales terminaron, sobretodo los empleos estacionales relativos a las cosechas, los refugiados ganaron autonomía para desplazarse por el territorio nacional. Somboon y otros laosianos se reencontraron en Posadas, donde se estaba estableciendo una gran parte de la comunidad. “Mis padres no se hallaban. Por el idioma, por el clima, por la comida pero sobretodo por la contención. Extrañaban mucho a su país. Pero eso, cuando pudimos, nos fuimos a Misiones, donde había más paisanos. Y en Posadas, el clima y la comida son más parecidos a Laos. Acá nos sentíamos como en casa”, relató.
“Ahora, 40 años después, estamos muy bien, ya no nos sentimos excluidos. Los jóvenes de ahora se sienten integrados a la sociedad. Cuando me preguntan si me gustaría volver a Laos, les respondo que no, que mi país está acá. Nos sentimos parte de la Argentina”, resaltó la presidenta de la comunidad que recibió directivos municipales y provinciales, coterráneos distribuidos en todo el país y 14 monjes budistas oriundos de Estados Unidos y Canadá.
El motivo: asistir a la ceremonia de bautismo del Buda más grande de Sudamérica. “El monumento representa un legado cultural para nuestras futuras generaciones. Para que no se pierdan la religión, las tradiciones y las costumbres”. Una celebración de cuatro décadas peleando contra el desamparo y la exclusión.
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