La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Barnes de Carlotto, junto a su nieto (NA)
La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Barnes de Carlotto, junto a su nieto (NA)

Las palabras causaron sorpresa: pocos habían sabido de él una vez que las cámaras se alejaron de su vida. Y entonces, cumplidos cinco años de que el mundo lo conociera como el nieto recuperado 114, tal vez el más famoso de Argentina por ser el nieto de Estela de Carlotto, Ignacio Montoya de Carlotto habló ante un medio mexicano -la Revista Gatopardo- en un largo reportaje, y contó la compleja realidad emocional en la que vive, sin nunca haber renunciado a la tranquilidad de su vida pueblerina y a su apasionada dedicación de pianista.

“No soy el pibe de campo inocente que era hace cinco años atrás. Pero tengo que recuperar algo de mi esencia”; “Me encerré y enfermé mucho en este último tiempo”, dijo.

“Empecé a estar más callado. Me siento otra persona. Y no lo digo con orgullo. Lo digo con asombro”.

“Mis viejos me ocultaron que fui adoptado pero les creo que no sabían nada más, siempre fueron sumisos con el patrón para el que trabajaron 50 años”, fueron algunas de las frases que Ignacio Montoya Carlotto reveló en el reportaje, a la vez que reivindicó la lucha “por los nietos que aún faltan recuperar”.


Ignacio Montoya Carlotto recuperó su identidad hace cinco años (NA)
Ignacio Montoya Carlotto recuperó su identidad hace cinco años (NA)

Tan contundentes como de una profunda sensibilidad, el músico hizo públicas palabras que, aunque había deslizado en anteriores entrevistas, jamás le había dado esta dimensión pública.

Así, otros fragmentos como:

El precio de saber la verdad es muy costoso. Y quizás no me cuidaron demasiado. Pero, bueno, me dejé llevar por ese momento. Cuando me vuelvo a leer o a escuchar es como si hubiera alguien dictándome un guion”.

“Al principio acepté que me llamaran Guido porque creí que iba a sumar. Pero estaba haciéndoles un favor a los demás, quería quedar bien con todos. Fue un error. Y me di cuenta de que la carga simbólica del nombre Guido tapaba a Ignacio”.

“Yo no siento que haya recuperado mi identidad. En tal caso, se me completó el cuadro identitario. Antes de aparecer como el nieto de Estela tenía una vida de 36 años. Eso no había sido una mentira”.

“Todo esto fue como si yo hubiera venido por la ruta, hubiera chocado contra un camión y sobreviví. Y la gente, en vez de preguntarme cómo me siento, me sigue mirando y se pone contenta. Pero por ellos, no por mí. ¿Y qué les voy a decir?”.


La identificación del nieto de Estela de Carlotto llegó a las portadas de los medios del mundo
La identificación del nieto de Estela de Carlotto llegó a las portadas de los medios del mundo

Las frases resonaron con una potencia reflexiva que ocasionó asombro en propios y extraños.

Pero en el perfil no sólo está su voz: también están los de su entorno más cercano y los de sus familiares. Y, entre ellas, aparecen Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, y Claudia Carlotto, directora nacional de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI).

Ellas hablando del bebé que buscaron incansablemente durante décadas, desde el atroz momento en que los militares se lo apropiaron y asesinaron a su mamá, Laura Carlotto; hablando, también como nunca lo habían hecho antes, de lo que sintieron una vez que lo encontraron, en un retrato íntimo y visceral.

Estela con su hija Laura
Estela con su hija Laura

Aquí, reproducimos esas partes:

Es un lunes otoñal en la sede principal de Abuelas de Plaza de Mayo y Estela de Carlotto camina desde su despacho hacia una pequeña sala con piso de madera.

—¿Qué es eso? ¿Quién lo dejó acá? —pregunta a una secretaria mientras señala un mueble en un rincón.

Son tiempos agitados. Sus agentes de prensa dicen que los organismos de derechos humanos, desde que el presidente Mauricio Macri tomó el poder, están en permanente estado de alerta. En noviembre de 2018, la justicia argentina liberó a Rufino Batalla, uno de los represores condenados por el asesinato de Laura Carlotto, su hija.

—Me canso rápido, mi agenda está completa. Cuando vengo a Abuelas es como si estuviera con mi familia. Es cierto que mi ritmo es lento, una pierna me molesta pero no pienso operarme —dice y entrelaza las manos en su rodilla derecha, hasta donde llega el ruedo de su pollera negra.

Huele a crema y a perfume, tiene un collar blanco, pulseras, anillos, aros, un maquillaje sobrio. Habla de su nieto Ignacio. No hace mucho lo fue a ver a un concierto que dio en Café Vinilo, en Buenos Aires.

—En un momento agarró el micrófono y me saludó especialmente. Me vibró el cuerpo.


Estela de Carlotto anunció con mucha alegría la aparición de la nieta 129 en abril de este año (Patricio Murphy)
Estela de Carlotto anunció con mucha alegría la aparición de la nieta 129 en abril de este año (Patricio Murphy)

Cuando lo vio por primera vez, sin embargo, se desilusionó.

—¡Me indigné porque no se parece en nada a Laura! —dice, abriendo la boca y dejando ver unos dientes blanquísimos—. Se parece físicamente al padre, a Puño Montoya. Y la vocación artística también la sacó de él, que era baterista. Ojo, mi marido era un gran aficionado a la música y está mi vocación docente que él tiene también, eh. Y en carácter es parecido a Laura. Una personalidad fuerte, decidida, frontal.

Abre la palma derecha de su mano y cuenta con los dedos.

—Faltan recuperar más de 300 nietos. El tiempo apremia. Por eso me apuro con el mío y le exijo más comunicación.

—¿Cómo se llevan?

—Bien, puedo decir que nos conocemos más o menos —hace un ademán con la mano—. Me encontré con un hombre ya formado. Al principio lo vi entusiasmado, los primeros tiempos fueron de unidad. Viajamos por el mundo, conoció lugares que le abrieron las puertas a su música. Creo que se desconcertó porque vio que éramos muchos. Los Carlotto somos bochincheros y pesados, tengo otros 13 nietos, imaginate.

Su pestañeo es lento, apenas mueve los ojos. De pronto, mira a su alrededor: en una mesa hay una estatuilla a las Abuelas de Plaza de Mayo por su trayectoria y, en la pared, cuelga un cartel con fotos de militantes políticos desaparecidos por la dictadura militar.

—Él hizo un impasse. Sé lo difícil que es descubrir el engaño, saber que tus padres no son los que decían que eran —la voz suena severa—. Pero mi verdad es otra. A mi nieto se lo robaron, no fue que otros lo habían abandonado y éstos lo adoptaron después. Él dice que los perdonó, yo no soy quién para perdonar ni para juzgar, en toda caso sería Laura. Y Laura no está. Ella lo había esperado con mucho amor. Laura es una mártir, había perdido dos bebés antes y en cambio a él lo tuvo sano y en condiciones inhumanas. Esa herida no cicatriza.

(NA)
(NA)

Todo el cuerpo se sostiene, recto y firme, en el respaldo del sillón. Cuando habla parece tener una sonrisa permanente, casi como un reflejo de los músculos de la cara.

—Su hija, Lola, tiene una conexión especial conmigo —dice, cambiando bruscamente de tema—. Me ve y se pone contenta. En el último cumpleaños de Pacho (así llama a Ignacio) con mi hija Claudia le compramos una bandeja carísima, de las que pasan música vieja. Y le llevé cositas que eran de Laura. Le trato de meter familia con regalos —dice y ríe.

Laura Carlotto trabajaba en la fábrica de su padre y en sus ratos libres pintaba objetos. Como unos platos que su madre guardó por décadas hasta que en el último tiempo se los llevó a su nieto a Olavarría. El último obsequio fue para su bisnieta Lola: un anillo con perla que le regaló a Laura cuando había cumplido 15 años.

Me dolió mucho que no se haya puesto Guido como nombre, en su documento. Pero lo respeté, me llamó para comunicármelo.

—¿Y qué le dijo?

—Me explicó que Guido estaba borrando a Ignacio y le respondí que su mamá quiso llamarlo Guido, como su abuelo. Contestó que yo podía llamarlo Guido cuando quisiera. Pero a partir de ahí no puedo decirle Guido. Como tampoco le puedo decir Ignacio, porque no sé de dónde salió ese nombre. Entonces le digo Pacho. Me enteré que así le habían puesto en el secundario sus amigos porque era pachorra y me dio ternura. Como es ahora, una personalidad lenta.

En los pasillos de Abuelas de Plaza de Mayo suena un teléfono y se escuchan conversaciones de oficina.

—Él está en otra etapa, más distante, pero no sin cariño —continúa, como si sólo hablara consigo misma—. No es demostrativo, no te abraza, no te besuquea. Nunca me dijo: “Te quiero, abuela”. Trato que él sea feliz, no ser un impedimento de nada. Para mí, ellos no son sus padres adoptivos, son apropiadores. Para él son sus padres, que lo criaron bien y con amor. Entonces trato de que no sufra por cómo pienso. Me invita a su cumpleaños y voy sabiendo que ellos están en el mismo salón, pero no voy a tener ninguna conversación con esa gente porque hay algo que me trasciende y es el dolor. Es mi hija la que está ahí.

"No me quería morir sin encontrarlo, lo busqué por el mundo, y ahora le pido que me deje vivir bastante para seguir conociéndolo. Si lo hubiera encontrado a sus cinco años, habría sido distinto", dice la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo sobre su nieto (Télam)

Habla de comidas. Cuenta que le encantan los fideos que amasa su nieto cada vez que viaja a visitarlo. Dice que Pacho se lleva “muy bien” con su hija Claudia, que tiene un buen trato con el resto de sus hijos y que “es compinche” con sus primos.

—Y yo siempre quiero más, y más, y más. Mis hijos me critican que estoy pendiente de él, pero le rogué tanto a Dios… No me quería morir sin encontrarlo, lo busqué por el mundo, y ahora le pido que me deje vivir bastante para seguir conociéndolo. Si lo hubiera encontrado a sus cinco años, habría sido distinto.

—¿Cómo ve la causa judicial por la apropiación de su nieto?

—La justicia está actuando y no podemos detenerla. Fue caratulada como delitos de lesa humanidad y eso complica la situación. Entiendo que los que hicieron de padres adoptivos fueron víctimas de un patrón autoritario. Pero son responsables del robo de un bebé. Y deben pagar por ese delito. La ignorancia más el temor a perder el trabajo pienso que fueron determinantes para que se mantuviera el secreto. Ahora… me cuesta entenderlo.

—¿Por qué?

—Porque la gente de campo tiene códigos. Si viene un ternero con la marca de nacimiento de una hacienda vecina, ¿qué hace un peón? ¿Se lo carnea y se lo come? ¿O busca devolverlo a los dueños? Me cuesta pensar que no hayan buscado a los verdaderos padres. ¿De dónde venía ese bebé? Ésa es una pregunta naturalmente humana, es difícil pensar que no se la hayan hecho.

Se detiene como si buscara las palabras justas.

—Hay otros nietos que me dicen “Estela, tuviste suerte. Yo para querer a mi abuela tardé seis o siete años. Y la odiaba”. Mi nieto no. Vino, se integró y ahora está haciendo un proceso. A mí me da pena que esté sufriendo en algo que no tiene por qué. Y… tiene su personalidad, vamos. Los músicos piensan mucho en ellos. Les juega el ego.

“Ya no soy el pibe de campo que era
“Ya no soy el pibe de campo que era", dijo Ignacio Montoya Carlotto en una entrevista

Hace pocas semanas, buscando una partida de nacimiento de su hija Laura, halló un “muñequito” que guarda como un amuleto desde los ochenta, cuando se lo encontró en un parque de Bruselas, Bélgica, antes de una entrevista en la OEA. Es otro de los presentes que desea dar a su nieto.

—Con mi nieto ya nos habíamos cruzado sin saber quiénes éramos —dice mientras mira un punto de la pared y, de pronto, parece orgullosa—. Nos habíamos visto en la Universidad Nacional de Quilmes y en los juegos bonaerenses de Mar del Plata, él había ido a tocar con su piano. Te voy a contar un secreto.

La familia Carlotto suele festejar la Nochebuena en la casa de Claudia, su hija, en las afueras de La Plata. Allí arman un árbol navideño y cada uno deja un mensaje, como si pidiera un deseo. “Puedo dar fe que el 99.9 se han cumplido”, dice ahora Estela, que la única vez que se animó a dejarlo fue en 2013 cuando escribió en un papel: “Encontrar a mi nieto Guido”.

—Quedamos poquitas abuelas, pero hay muchos nietos que nos ayudan y van a tomar la posta.

—¿Y su nieto participa de las actividades de las Abuelas de Plaza de Mayo?

—No, él ha tomado distancia de los organismos. Por supuesto me gustaría que estuviera más acá. Pero él está en su música, y si lo quiere así, lo respeto. Hace poco me llamó por teléfono. Decidió que esas personas —por Juana y Clemente— sean también los abuelos de Lola. Mi temor es que haya gente que le esté dando malos consejos. Por ejemplo, vos podés tener un psicólogo que en vez de hacerte bien, te haga mal.

Antes de cortar el teléfono, en esa charla, Estela le dijo: “¡Vos tenés la sangre de Laura! ¡Laura te tuvo nueves meses en la panza. Ella es la abuela!”.

Luce desconcertada. Menea la cabeza en señal de negación.

—El año pasado en España un periodista quiso hacernos una entrevista y él se negó. Fue una puñalada. He leído cosas de él que me han molestado, como lo que escribió en su Facebook cuando se cumplieron cuatro años de que lo encontramos. No entiendo por qué escribe esas cosas.

Una secretaria llama a la puerta con un par de golpes rápidos. Le avisa que el remisse para llevarla de regreso a La Plata, donde vive, está esperando en la puerta.

—Por favor, resaltá que lo amo mucho. Lo único que quiero es que esté bien y pueda ser feliz.

"Lo amo mucho. Lo único que quiero es que esté bien y pueda ser feliz", asegura Carlotto sobre su nieto (Télam)

Claudia

Claudia Carlotto se sienta en un largo sillón en su casa del barrio de Gonnet, en La Plata. Tiene el pelo corto, con mechones de color remolacha.

Encontrarlo vivo me hizo la mujer más feliz del planeta. Pacho tuvo un país en su espalda y se plantó. Sabe lo que quiere.

Claudia era directora de la CONADI cuando el 5 de agosto de 2014 tomó el teléfono y marcó un número de Olavarría. No era algo extraordinario: en su rol ya había llamado a más de cien nietos para darles la noticia de la recuperación de sus identidades. Aquella mañana las manos le transpiraban. Como estaba agitada, habló rápido, trató de usar un tono neutro.

—Al principio estaba seria, pero a los pocos minutos se me fue el protocolo a la mierda. Cuando le dije que el adn había dado positivo y que por ende era mi sobrino, sentí que él reaccionaba como si le confirmara un trámite menor. Los nietos suelen responder con desconcierto, pero parecía como si estuviera desconectado.

Ignacio Montoya Carlotto es músico (NA)
Ignacio Montoya Carlotto es músico (NA)

Desde aquel momento, Claudia Carlotto, que tiene seis hijos, dice que prefiere viajar sola a Olavarría a encontrarse con él.

—Quería un vínculo personal, de tía a sobrino. Y se dio una relación de amor, casi incondicional. Lo voy a defender a muerte. Si me pide que me corte un brazo, lo hago.

Cuando se reencuentran no suelen hablar demasiado. Miran películas, cocinan. Pacho le abre la puerta diciéndole: “Bienvenida al spa”. Claudia se pasa largas horas tirada en el sillón de la casa, descansando, haciendo zapping. Es la madrina de Lola, la hija de Ignacio, y hace poco viajaron juntos por Europa, de vacaciones.

—Cuando Pacho apareció, colapsé del estrés. Los Carlotto lo avasallábamos y él retrocedía.

Ceba un mate y dice que respeta el amor mutuo entre Ignacio, Juana y Clemente.

—Ellos tuvieron responsabilidad, pero no les guardo rencor. Es una lástima que Pancho Aguilar -el patrón de estancia donde trabajaban Juana y Clemente- se haya muerto justo antes de que encontráramos a Ignacio. La justicia llega tarde.

A su madre, Estela de Carlotto, le muestra en persona los videos de Lola que su sobrino le envía con frecuencia desde su WhatsApp.

—Discuto con ella porque dice que lo idealizo. Nosotros dejamos la vida para buscarlo, pero Pacho es la víctima, él no eligió nada.

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