Hace 25 años comenzaba la Convención Constituyente que reunió a dirigentes de todo el arco político

El justicialismo llevaba medio siglo de vida. El radicalismo cien años. Pocas veces o casi nunca habían logrado pactar algo. Los gestos habían sido pocos. Quizás cuando Antonio Cafiero le puso el hombro a Raúl Alfonsín durante el alzamiento carapintada de Semana Santa en 1987, aunque fue efímero: al año siguiente Cafiero perdía las internas con Carlos Menem y el riojano ganaba cómodo las elecciones de 1989. Si de gestos se habla, el más conocido fue el de Ricardo Balbín a poco de morir Juan Perón: "Este amigo despide a un viejo adversario".

Sin embargo, a las cuatro y media de la tarde del 25 de mayo de 1994 sucedía algo inédito en la ciudad de Paraná: empezaban las sesiones de la Asamblea Constituyente que eran el resultado del Pacto de Olivos firmado por Menem y Alfonsín el 14 de diciembre del año anterior.

Un dato curioso: el líder carapintada Aldo Rico fue convencional constituyente –era la cabeza de 21 convencionales- y convivió de saco y corbata con Alfonsín y Cafiero, también convencionales. Habían pasado nada más de siete años de aquel levantamiento que puso en riesgo la democracia.

Fueron 305 los convencionales que participaron
Fueron 305 los convencionales que participaron

Los 305 convencionales se pusieron de pie para el izamiento de la bandera y luego cantaron el himno nacional. Con el "Oh juremos con gloria morir" hubo gargantas tan desafinadas como entusiastas. Sentían que eran protagonistas de un hecho histórico aunque la cocina había sido hecha por un grupo minúsculo.

En efecto, se había llegado a esa instancia porque Menem no ocultaba que quería la reelección. Años antes, el propio Alfonsín en la presidencia había querido reformar la Carta Magna y le había encomendado al Consejo de Consolidación de la Democracia que elaborara una Constitución que incluyera la reelección por un período. El hombre de Chascomús mostraba cierta timidez: él se autoexcluiría de esa modificación en caso de surgir. Pero las turbulencias de la economía barrieron con la excentricidad de trasladar la Capital a Viedma y los borradores de reforma constitucional quedaban como material de consulta académica.

En cambio, Menem quería cambiar la Constitución para asegurarse unos años más en la Casa Rosada. El viernes 22 de octubre de 1993 sancionó el decreto 2181: una consulta popular "voluntaria" que se realizaría exactamente 30 días después. Para los radicales, divididos sobre si reforma sí reforma no, vivieron un terremoto. El propio Alfonsín, contrario a esa idea porque la veía oportunista, viró 180 grados y se puso al frente: de allí surgió el "núcleo de coincidencias básicas" firmado el 14 de diciembre de ese año, conocido como Pacto de Olivos. Menem puso la Ferrari a toda velocidad y antes de fin de año, el pacto era ley. El 10 de abril se eligieron los constituyentes y el peronismo sacó una primera minoría fuerte (134) mientras que los radicales lograron 74.

El entonces presidente Carlos Menem dio su discurso en el acto inaugural (Archivo RTA)

La escena estaba inspirada en la vieja y muchas veces vulnerada Constitución de 1853 que se había jurado un 25 de mayo en Santa Fe. Esta vez, 141 años después, daba comienzo en la fecha patria y las deliberaciones se llevarían a cabo tanto en Santa Fe como en Paraná.

Aquel fresco 25 de mayo todos lucían escarapelas, entre ellos el presidente Carlos Menem, el que presidía la asamblea (el hermano Eduardo) y los gobernadores también peronistas de Santa Fe y Entre Ríos, Carlos Reutemann y Mario Moine. Éste, que era el local, dio el primer discurso, que terminaba con palabras de Justo José de Urquiza, el que había derrotado a Juan Manuel de Rosas con apoyo brasileño y fue el facilitador de la primera ley de leyes en 1853: "Que la luz del cielo y el amor a la Patria los ilumine". La frutilla del postre era jurar la nueva constitución en el Palacio San José, la hermosísima casa de quien tuvo cantidad superlativa de hijos, 23 reconocidos con su apellido y una confusa cantidad de otros: Urquiza fue militar, presidente, estanciero y padrillo.

En la primera fila, algunos de los dirigentes más destacados de la convención, con Raúl Alfonsín a la cabeza
En la primera fila, algunos de los dirigentes más destacados de la convención, con Raúl Alfonsín a la cabeza

Luego de las palabras de Moine empezó el debate para elegir autoridades y punto para aquella sesión inaugural. Les esperaba una maratón de sesiones. Treinta y cinco en total, la última fue el lunes 22 de agosto. El juramento en el palacio San José se hizo dos días después.

En esos 90 días se resolvieron temas muy importantes, desde derechos humanos y medio ambiente, pasando por la coparticipación federal y la eliminación del colegio electoral para elegir presidente. Sin embargo, para la prensa, el jueves 25 de agosto, los titulares iban por la reelección: Menem podría presentarse a los comicios de 1995, esta vez con mandato de cuatro y no seis años, como inauguró el propio Urquiza en 1854.

Tras hablar, Moine le entregó una pluma de ñandú a Menem, no para firmar sino porque para los entrerrianos es un símbolo de libertad. El riojano leyó un breve discurso y después pasaron lista: los 305 convencionales cantaron presente.

En marcha

El lunes 30 de mayo, los taquígrafos ocupaban un lugar importante: tras cada disertación, debían entregar una versión textual a cada expositor para que corrigiera y quedara asentada con su nombre.

En cuanto a los bloques, peronistas y radicales sumaban los votos suficientes para garantizar el cumplimiento del Pacto de Olivos. Más de uno afirmaba que se trataba de la primera reforma que no era facciosa. La de 1949 había salido con fórceps: la constituyente fue citada con dos tercios de los presentes y no del total de los diputados y senadores. En 1956, el dictador Pedro Aramburu, acompañado de un racimo de partidos que le hacían de soporte, derogó la constitución del 49 y llamaron a Constituyente otra vez. Fue en agosto de 1957 en Santa Fe, pero arrancó con las gomas pinchadas: en las elecciones de constituyentes, el voto en blanco (peronistas, proscriptos) fue la primera minoría, más que los votos positivos de los radicales del pueblo. Sesionaron un tiempo a la deriva pero la maniobra permitió borrar del mapa los derechos sociales y de soberanía establecidos en la de 1949 (del trabajador, de la ancianidad, de la función social de la propiedad, la estatización del comercio exterior y la nacionalización de los recursos mineros y energéticos entre otros).

Raúl Alfonsín, durante una de sus intervenciones
Raúl Alfonsín, durante una de sus intervenciones

Esta vez, la política navegaba por aguas menos turbulentas aunque menos ambiciosas. Esta vez, por ejemplo, uno de los temas era la provincialización de los recursos mineros y energéticos. En eso, los estados federales con subsuelos ricos se alinearon más allá de diferencias de color político y finalmente así quedó el federalismo argentino: las compañías petroleras o mineras tratan con las provincias, y cada cual tiene sus normas.

Los convencionales llevaban asesores, funcionaban en diez comisiones (hay que destacar las de tratados internacionales que, finalmente, fueron de gran importancia para los derechos humanos y de la niñez).

Sobre los bloques, vale destacar que la tercera fuerza –detrás de peronistas y radicales- fue un espacio nuevo: el Frente Grande, con una mayoría de peronistas disidentes. Tenían a Carlos Chacho Álvarez, Graciela Fernández Meijide, Fernando Pino Solanas y a Eugenio Zaffaroni como figuras centrales. Nadie podía pensar por entonces que ese núcleo nuevo, aliado con las huestes de José Octavio Bordón, le sacaría el segundo lugar al radicalismo en las elecciones de 1995.

De la convención participaron dirigentes de todo el arco político
De la convención participaron dirigentes de todo el arco político

Aquel domingo se votaron los reglamentos y formas de funcionamiento, cuyos borradores ya venían barajados. Lo mismo, la sesión duró hasta las ocho de la noche. De ahí en más, se jugaba el partido.

Al día siguiente, Cafiero habló mucho, permitió interrupciones, hizo gala de ironías. Era una espada importante: había perdido las internas de 1988 con Menem y él se había comprometido a "acompañar" si pasaba lo que pasó. Al rato, le tocó el turno a Aldo Rico y no usó metáforas:

-Señor presidente: voy a comenzar por autodefinirme en esta Convención Constituyente, para que nadie tenga dudas: soy un soldado. No soy ni un constitucionalista ni un jurista.

Al rato alguien pidió la palabra y Rico también fue claro:

-Discúlpeme, señor presidente, pero no voy a conceder interrupciones.
Rico siguió hablando y otro convencional pidió la palabra. Era Horacio Rosatti, actual ministro de la Corte Suprema de Justicia. Rico, una vez más, no dio lugar a dudas:

-No concedo interrupciones.

Raúl Alfonsín durante su intervención

El alejamiento de Jaime de Nevares

En la sesión del día siguiente se produjo la primera baja de un convencional. Jaime De Nevares, obispo de Neuquén y reconocido luchador social y por los derechos humanos, había advertido al ser electo convencional que no votaría por una constitución surgida del Pacto de Olivos: "Manifiesto mi decisión de abandonar definitivamente esta Convención Constituyente. En cumplimiento del mandato con el que fui honrado por la mayoría del electorado de mi provincia Neuquén. Pero no debo dejar de expresar, sin embargo, mi alarma ante la desmesurada extensión de los poderes presidenciales, que hacen muy tenue la ya tenue división de poderes. Por eso digo, no quiero asistir a los funerales de la República. Alguien dijo que la historia será implacable al juzgar aciertos y errores. Yo agregaría, cuánto más implacable será con quienes han realizado una verdadera subversión en el orden constitucional. Yo no quiero, no querría caer bajo ese juicio implacable de mi Patria, aún más que de la historia".

El hermano de un vicepresidente

Entre las tantas figuras que integraron el cuerpo de convencionales, cabe recordar al veterano Pedro Perette, hermano del entrerriano que fue vice de Arturo Illia. Algunos párrafos de una intervención suya ponen de relieve ese radicalismo de Hipólito Irigoyen y Moisés Lebensohn.

"Entonces, a los radicales nos podrán decir cualquier cosa, que quizás tenemos debilidades. ¡Son 103 años! Con Alem, mártir de la democracia; con Yrigoyen, con otras tantas figuras. Quiero recordar que a Yrigoyen, en el año 30, le tiraron lo que tenía en su casa de la calle Brasil y se la quemaron. En 1955, a Perón lo echaron del país; debió exiliarse y estuvo proscripto, a lo mejor con la alegría de muchos de nosotros, que quizás no percibíamos la gravedad de lo que ocurría en la Nación. ¿Y qué ocurre cuando se va Illia? Solo —pobre Illia— tiene que decir que ha sido desplazado del gobierno. Y siempre ha ocurrido así. A Yrigoyen, una vez muerto, el pueblo le lleva en andas su féretro. Con Perón aparece la congoja, lo mismo que con Eva. Con Alfonsín… (risas y aplausos)…, perdón, con Illia, sucede lo mismo. Y viene bien este furcio, en el que no quise incurrir…", dijo.

Cristina Fernández, otra de las convencionales
Cristina Fernández, otra de las convencionales

¿Qué quedó medio siglo después?

El lunes 22 de agosto, en la ciudad de Santa Fe tuvo lugar la última sesión. Dos días después, todos los convencionales se movieron hasta Concepción del Uruguay para la jura en el Palacio San José. Argentina tenía nueva Carta Magna. La que está vigente hoy.

Infobae consultó a Emilio Ibarlucía, que enseña Derecho Constitucional en la UBA desde hace 35 años y es camarista Civil y Comercial en Dolores desde hace una década.

"El balance es muy positivo. Se logró romper el fantasma de constituciones donde la mitad de los argentinos no se sentían representados o las reformas estaban viciadas de nulidad. Esta constitución la votaron todos los convencionales, no solo los radicales y peronistas", dice Ibarlucía.

Emilio Ibarlucía, que enseña Derecho Constitucional en la UBA desde hace 35 años y es camarista Civil y Comercial, asegura que el balance de la reforma constitucional de 1994 “es muy positivo”
Emilio Ibarlucía, que enseña Derecho Constitucional en la UBA desde hace 35 años y es camarista Civil y Comercial, asegura que el balance de la reforma constitucional de 1994 “es muy positivo”

Tras repasar las debilidades de la Constitución del 49 –sancionada por la mayoría peronista en el Congreso-, Ibarlucía advierte que en 1955, tras derogarla, se vuelve a la de 1853, pero hecha por un gobierno de facto y por decreto. La convención de 1957 fue convocada por Pedro Aramburu y no por el Congreso como establece la Constitución. Entonces lo único que hizo fue agregar el artículo 14 bis de la del 49, el de los derechos sociales y de los trabajadores. Cuando llegó Alejandro Lanusse al gobierno también hizo una reforma para delinear al gobierno que saliera de las elecciones de marzo de 1973.

"El Congreso tendría que haber ratificado (o derogado) esa reforma de Lanusse" -agrega Ibarlucía-. Entonces, cuando gana Alfonsín el tema vuelve al tapete: "Estábamos terminando el siglo veinte con una constitución del diecinueve. Se empezaron los muy buenos estudios del Consejo para la Consolidación de la Democracia, bajo la mirada del gran jurista Carlos Nino. Pero el gobierno de Alfonsín terminó mal, con la hiperinflación, y todo eso quedó en proyectos".

"El gran motor de la nueva constitución fue Menem. El radicalismo se oponía porque la razón fundamental era la reelección. Pero el plebiscito llamado por Menem era nefasto: hubiera generado una nueva constitución facciosa. Por eso Alfonsín aceptó negociar con Menem. Para mí fue un gesto patriótico de su parte", afirma.

Y agrega: "De ahí surge el Pacto de Olivos, donde se redactan dos cosas: el núcleo de coincidencias básicas -que sí o sí debía votarse en la Constituyente como un paquete cerrado- y las cláusulas abiertas, que se redactaron pero para ser sujetas al debate. El núcleo de coincidencias le permitió al radicalismo agregar algunos temas que limitaban el poder presidencialista. Por ejemplo, creación del Consejo de la Magistratura para que fuera más participativa la designación de los jueces; que los miembros de la Corte Suprema sean votados dos tercios del Senado, antes se elegían por mayoría simple; se introdujo el tercer senador por provincia: antes los senadores eran dos y elegidos por las legislaturas provinciales, en cambio con la reforma se elegían por voto directo y el tercer senador representa a la segunda fuerza política de la provincia".

Cabe destacar que la primera parte de la Constitución se mantuvo tal cual la de 1853 porque no había nada que modificar. "A mi juicio lo más importante fue que se incorporó un capítulo de nuevos derechos: a la preservación del medio ambiente, al patrimonio histórico y cultural, de los usuarios y consumidores. Se agregó el plebiscito y el referéndum como figuras constitucionales de democracia directa. Se agregó el artículo 36 de equiparar a los infames traidores a la patria a quienes atentaran contra el orden constitucional. Se trataron los delitos de corrupción, y se puede interpretar que la nueva carta magna deja a esos delitos como imprescriptibles. Algunos jueces y cámaras lo entendieron así en sus fallos. Se constitucionalizaron el habeas corpus, el recurso de amparo, el habeas data (de ahí se desprende el secreto de la fuente periodística)", apunta el experto.

Y concluye: "En el capítulo de atribuciones del Congreso se incorporaron los pactos internacionales de derechos humanos con rango constitucional. A partir de allí, por la Convención Americana de Derechos Humanos, Argentina se somete a la jurisdicción de la Corte Interamericano de Derechos Humanos. Eso es muy de avanzada".

Seguí leyendo