
Todos los fines de semana el señorial Palacio Piccaluga, en el corazón del barrio porteño de Recoleta, abre sus puertas para recibir visitas guiadas diurnas y nocturnas, una manera de viajar al siglo pasado para entender cómo vivían las familias de la alta alcurnia en la Argentina.
Parte del patrimonio porteño, este edificio, ubicado en Marcelo T. de Alvear 1560, esconde una curiosa historia con detalles en sus paredes que hablan de la familia que la habitó.
"Esta era una vivienda familiar de Francisco Piccaluga, un empresario textil italiano que se viene a vivir a la Argentina a finales de 1800. Le encarga a Domingo Donati, arquitecto formado en la Academia de Brera (Milán, Italia)- una vivienda urbana, cerca de la actividad financiera y la alta sociedad porteña", detalló a Infobae el arquitecto Alfonso Piantini.
De tipología residencial, este petit hotel de casi 2.000 metros cuadrados engloba detalles suntuosos que le otorgan la categoría palaciega.
"A su propietario le gustaba vivir como nombre como un noble, aunque no lo era. Se trata de una casa hecha muy a pedido. Esto se ve reflejado en la disposición de los espacios, en la características arquitectónicas y los materiales implementados", destacó el especialista.

El punto de inicio del recorrido es una majestuosa escalera de mármol que se ve desde el ingreso por la calle Marcelo T. de Alvear, por donde se accede al la residencia.
"La estructura de la casa es sencilla. En la planta baja el área de servicio con el equipamiento original, lugar para los empleados, cochera, el primera nivel, o piano nobile se desarrollan ambientes sociales -sala de estar, comedor, espacio para fumar. El último nivel fue dispuesto para las habitaciones", describió el Piantini, que estuvo a cargo de la reciente puesta en valor del edificio.

"La colección de vitrales de la casa es bastante rara, en su cantidad y calidad para una vivienda", resaltó el especialista. Imposible que éstos pasen desapercibidos, dado que pintan de color los espacios generando un contraste con el parquet de madera y las columnas en estuco.
Según los expertos, el palacio era la perfecta carta de presentación de esta familia frente a la sociedad.
Pero el lugar guarda tesoros menos conocidos. Uno de ellos, por ejemplo, es que el responsable de la edificación perteneció en la Logia Masónica de Buenos Aires.
El comedor, decorado con boiserie casi hasta el techo, es uno de los ambientes más solemnes de la casa. "Aquí Francisco recibía a sus invitados por lo que este lugar tenía que demostrar cierto carácter. En la madera se ven reflejados dibujos de fantasía (un toro con cuernos diabólicos), escudos, y diseños muy particulares", describió el arquitecto.
Grandes banquetes eran parte de la cotidianidad de la familia. En ese mismo salón se esconde la puerta secreta que conectaba la residencia con todo el área del servicio. Aquella falsa puerta para que los empleados no circularan por el hogar fue uno de los pedidos de los Piccaluga al arquitecto a la hora de definir la dinámica de los espacios.
Finalizada la cena, hombres y mujeres se separaban a los distintos ambientes. Ellos iban al fumoir -dispuesto para fumar y tratar los negocios- mientras que ellas se dirigían a otro salón para tomar el té.
Los expertos señalan que la suntuosidad de los espacios de la construcción es acompañada por los patios que brindan luz natural a los salones.

En cuanto al último nivel, designado para los dormitorios, según se pudo reconstruir, giraba en torno a un balcón de hierro que permitía contemplar lo que sucedía en el piano nobile. Con 5 habitaciones para sus hijos y dos suites -una para Francisco y otra para su mujer- que se conectaban a partir de un pequeño hall la pareja podía contemplar desde la altura el área de descanso.
Con la muerte del empresario textil, Pedro, el único hijo varón del matrimonio, les compró a sus seis hermanas sus partes para vivir junto a su hija y mujer en Piccaluga. Más tarde, la residencia pasó a ser una casa de subastas -dirigida por Sotheby's- y luego se convirtió en la sede de posgrados de la Universidad de Belgrano.
"En ese tiempo deberieron realizar modificaciones para que el edificio cumpliese con las normas de seguridad y fuera habilitado por el gobierno de la ciudad", explicó Piantini.
Actualmente, además de las visitas guiadas que atraen a curiosos semanalmente, el petit hotel es la locación elegida para producciones de fotos, eventos empresariales y agasajos sociales. Una carta de presentación refinada, un legado que Piccaluga logró mantener a lo largo del tiempo.
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