Fue el 6 de abril de 1987, exactamente a las 16 horas, en el aeropuerto Jorge Newbery. Ahí estaba, era él, el Papa polaco, Karol Wojtyla. Cumplido casi como un ritual, y como había hecho una y otra vez durante sus innumerables recorridas por todo el mundo, saludó con su amplia sonrisa -se lo veía feliz-, y descendiendo ágilmente del avión se inclinó de inmediato a besar con unción y cariño la "fecunda y noble tierra argentina".
Miles de personas sintieron en ese preciso momento que se les hacía un nudo en la garganta, porque recordaron que en ese gesto de amor estaba presente un don precioso al que el Papa enseguida hubo de rendir tributo. En su discurso de saludo al presidente Alfonsín, Juan Pablo II se apresuró a delinear el motivo de su viaje, que era un "sentido peculiar de gratitud al Señor por el don de la paz".
Es que los argentinos recordaban muy bien al escuchar estas palabras que en la Nochebuena de 1980 los ejércitos de dos países hermanos velaban las armas, aprestándose al inminente conflicto. El papa, que transitaba los comienzos de su largo pontificado de más de un cuarto de siglo, actuó prestamente. El cardenal Antonio Samoré, en una brillante mediación de pocos días, pudo conjurar con una inigualable pericia el fantasma de la guerra fratricida, que poco tiempo después culminaría con el tratado pacificador entre ambas naciones.

Era la segunda vez que el pontífice pisaba el suelo patrio. Había estado cinco años antes, en una visita relámpago durante los aciagos días de la guerra suratlántica y ahora, pasado el tiempo, volvía a visitarnos. Poco tiempo atrás de ésta protagonizó cumplidamente otra similar, programada anticipadamente a la declaración del conflicto, nada menos que a Gran Bretaña. Por eso sintió el deber de volar al lado de sus hijos en un momento de dolor y zozobra, también como peregrino de la paz. Ya era tarde, porque las cartas estaban echadas, pero precisamente por esto mismo le urgía su amor de padre espiritual de la grey sufriente.
Recuerdo muy bien cuando, durante su viaje en tren al santuario de Luján, y en medio de una abigarrada e interminable multitud, pude saltar los resguardos de la custodia y estar unos instantes ante él en una brevísima e inolvidable conversación personal para expresarle el cariño del pueblo argentino, que visiblemente desbordaba con generosidad a cada paso, a lo largo de las varias décadas de kilómetros del recorrido y culminaba en la propia basílica de la virgen gaucha.
Durante los escasos seis días en los que transcurrió su segundo viaje, el Papa mantuvo multitudinarios encuentros en diez ciudades. En una reunión el mismo día de su llegada en la Casa Rosada con dirigentes políticos, no dejó de subrayar el carácter moral de las intervenciones magisteriales junto a la legítima libertad de los fieles cristianos en las cuestiones temporales.
Sin mencionar directamente los proyectos divorcistas que ya estaban tramitando legislativamente, exhortó a la dirigencia a un diálogo en procura del bien común. También recordó la mutua autonomía y la cooperación entre el poder político y la comunidad espiritual. Sin embargo, en una extensa homilía pronunciada en Córdoba no dejó de señalar "signos de preocupante degradación, respecto de algunos valores fundamentales del matrimonio y la familia", mientras expresaba la necesidad de oponerse resueltamente a cualquier intento de "menoscabar el genuino amor matrimonial y familiar". Pero todo ello sin un ánimo negativo y en todo caso en el espíritu de "ahogar el mal en abundancia de bien".
No podían faltar como rasgos característicos de su pontificado reuniones en el ámbito ecuménico e interreligioso y otra océanica convocatoria de trabajadores en el mercado central. Juan Pablo II había escrito seis años antes "Laborem exercens", la primera encíclica íntegramente dedicada a exponer una verdadera teología del trabajo humano, cuyas líneas fundamentales el Papa desarrolló con impecable claridad ante la mirada afirmativa del secretario general de la Confederación General del Trabajo, el cervecero Saúl Ubaldini.
En esos mismos años se estaba desarrollando un proceso de resistencia contra el régimen imperialista y totalitario instalado en varios países de Europa central. En su propio país, Polonia, el sindicato Solidarnosc (Solidaridad) fue un protagonista decisivo de ese proceso bajo la guía de un amigo personal del papa, Lech Walesa, quien diez años después visitaría también la Argentina.
Al acto asistió el peronista Carlos Alderete, ministro de la cartera laboral del gobierno radical. Por cierto, a pocos le pareció en ese entonces desacertada y menos aún cuestionable, mas bien al contrario, la ostensible relación del papa Wojtyla con el mundo del trabajo, ni su estrecha amistad personal con el sindicalista opositor. En el mensaje del Santo Padre no faltaron referencias al concepto de solidaridad. "Hoy es el Papa quien viene a vosotros para honrar en vuestras personas a los servidores de la gran labor, a la que todos estamos llamados, a transformar el mundo según los designios divinos" exhortó Juan Pablo al despedirse.

Inmediatamente antes de abordar el avión que le llevaría de regreso a Roma, el pontífice mantuvo una última reunión con relevantes personalidades de la ciencia y la cultura en el Teatro Colón, un símbolo emblemático de la cultura argentina. Algunas de sus expresiones llamaron mi atención como un gesto de grandeza y honestidad intelectual, cuando se refirió positivamente a lo que llamó "una decisión clarividente, tomada por las autoridades desde épocas tempranas, la de empeñarse por hacer llegar la educación a todos los sectores de la población". Se trataba de un inequívoco elogio a la ley de educación laica, gratuita y obligatoria sancionada por la generación del ochenta. Imaginé que más de uno habría pegado un respingo al escucharle.
También y sobre todo me vi gratamente sorprendido cuando exhortó a los asistentes a "resolver los problemas reales y los conflictos, de tal manera que los sectores rivales puedan reconocer su propia parte en un proyecto más íntegro y armónico, que abrace e incluya a todos en un esfuerzo común de civilización" y que "no se trata de llegar a entendimientos ocasionales, mas o menos superficiales, sino que es necesario ir a las raíces de los conflictos para descubrir y rescatar las diversas partes de verdad y recomponerlas en su unidad indivisible para que puedan expresar toda su profundidad".
Leído más de tres décadas después, más actual no puede ser el llamado. En una trasposición histórica, y salvando las naturales diferencias de personalidad y estilo, me parecen escuchar resonancias actuales del Papa polaco nacido en la pequeña aldea de Wadowice, a unas leguas de Cracovia, en el mensaje esencial que hoy también, con idéntica intensidad, reverbera en mis oídos, de un Papa argentino nacido en el porteño barrio de Flores, a pocos kilómetros del obelisco.
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