
La escena se repite en casi todos los principales hospitales públicos de la Ciudad de Buenos Aires: familias, chicos, parejas y grupos de amigos se agolpan en las puertas de los vacunatorios o forman filas de cuadras y cuadras. Impacientes, pero ya resignados, todos esperan volver a casa con un papel que certifique que ellos también se vacunaron contra la fiebre amarilla, que están protegidos contra el virus y que pueden irse de vacaciones tranquilos.
Fue una reacción en cadena. Primero los casos se dispararon en Brasil, al igual que el año pasado, con cientos de personas afectadas y decenas de muertos. Después, ante ese panorama, la Organización Mundial de la Salud (OMS) instó a todas aquellas personas que viajen a las zonas de riesgo de Brasil a que reciban la vacuna para evitar que la enfermedad se propague. Finalmente, y a raíz de la difusión que tuvo esa alerta y las sucesivas campañas de salud al respecto, la demanda se multiplicó.
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En los últimos días los principales centros que ofrecen la vacuna se desbordaron y quedaron imposibilitados de atender a todos los que se acercaban. Debido a esto, el Ministerio de Salud porteño sumó nueve centros de vacunación, sin turnos previos y con cupos limitados, a los habilitados previamente.

Infobae recorrió desde la primera mañana algunos de los vacunatorios que funcionaban a partir de hoy (no todos lo hacen todos los días) donde el cansancio y el desorden se repetían, a pesar de que con el correr de las horas la situación se acomodaba y la mayoría se iba con certificado en mano.
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En el Hospital Argerich, en el barrio porteño de La Boca, la fila salía del interior del edificio y descendía por la escalera. En medio de la espera, además, se escuchaban algunas discusiones de los pacientes con los médicos que intentaban coordinar al grupo porque había quedado gente sin número para recibir la vacuna. Los médicos explicaban que a ellos esto también los tomó por sorpresa, que las planillas les llegaron ayer a la noche y que hacían lo que podían.

Federico, por ejemplo, llegó a las 7 de la mañana con su pequeña hija a hacer la fila para asegurarse de que no se iría con las manos vacías. En una semana estará viajando a Río de Janeiro, una de las zonas de riesgo, y el tiempo corre, porque la vacuna necesita al menos 10 días para inmunizar completamente al paciente.
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"Yo propuse bien temprano que dieran número y anoten la persona que estaba físicamente ahí, porque había gente que hacía la fila y después se les sumaban amigos, el marido, los hijos", cuenta mientras enfila ofuscado para la salida. "Yo hoy me quedo afuera por 10 personas, porque aunque vine temprano se me metieron 30 personas adelante. No podemos pagar nosotros los platos rotos de una mala organización".

Claudia y Andrea, que conversan en las escalinatas del edificio con los brazos cruzados y cara de hastío, están en la misma situación: llegaron temprano y quedaron afuera de las 100 dosis disponibles. "No había información, no sabíamos cuál era el cupo", dicen. "No había nadie organizando, entonces tuvimos que esperar hasta que a las 8 nos informaron que iban a ser 100 por día. Nos vamos a quedar a esperar a ver si las 20 personas que quedamos afuera podemos pasar o anotarnos para mañana".
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A 10 minutos de allí, en la Dirección de Sanidad de Fronteras, la escena es más masiva. En este centro no hay cupos limitados y la fila da vuelta a la manzana. En medio de los bocinazos de los camiones que van al puerto y en la oscuridad que reina en ese espacio bajo la autopista, proliferan los equipos de mate y la conversaciones de ocasión entre los que aguardan la vacuna. Sin embargo, todos ellos saben que sí o sí van a llegar en algún momento.

Sergio, que hace la fila reposera en mano, viaja a mediados de febrero a Brasil y decidió ir desde Monte Grande, donde vive, hacía La Boca a las 5 de la mañana para cumplir con esta medida de prevención y viajar sin preocupaciones. Junto a su mujer y su hija esperan que los pocos que tienen adelante pasen y llegue por fin su turno, alrededor de las 11 de la mañana. Sin embargo, aseguran que hoy todo estuvo mejor planificado. "Acá la organización estuvo bien, te explicaban y te daban un número, lo que pasa es que había mucha gente", dice.
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En Sanidad de Fronteras antes del mediodía ya habían sido vacunadas más de 1.300 personas. Además, a diferencia de otros puntos, el personal del Ministerio de Salud que trabaja allí atiende constantemente las dudas e inquietudes de todos los que llegan y los banners y carteles oficiales brindan información sobre la vacuna. "Vinimos directamente acá porque sabemos que funciona todos los días. Es seguro", dicen Facundo y Karin, que acamparon desde las 4 de la mañana equipados con frazadas para soportar la noche fresca.

Aunque hay muchas precauciones a tener en cuenta antes de ir a vacunarse, casi todas las personas que se acercan a los centros cuentan que se enteraron a través de los medios de comunicación y las redes sociales y muy pocos dicen haber consultado un médico antes de ir.
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En Flores, quienes asistieron desde temprano al Hospital Teodoro Álvarez tuvieron un poco más de suerte que en los otros centros. En las primeras horas de la mañana las filas ya colmaban los pasillos del hospital y, por el temor de quedarse sin un lugar, hubo algunas discusiones y momentos de tensión.

Sin embargo, el personal de hospital se organizó rápidamente para contener a todos los que se acercaron y cerca del mediodía habían vacunado ya a 200 personas. En orden, les entregaban una planilla donde se completa información del estado de salud y datos personales y, luego, cada paciente iba pasando para ser vacunado y recibir su certificado.
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En el Hospital Pirovano, en Coghlan, que se incorporó como centro de vacunación en enero y febrero, el caos fue mayúsculo en los últimos días.
Todas las personas que iban hacían cola desde la puerta del vacunatorio que se encuentra a la mitad del pasillo principal y obstaculizaban el paso de las camillas y sillas de ruedas. Ante ese descontrol, el dispensario de vacunas de fiebre amarilla se trasladó al destacamento policial que hay en la puerta, donde se entregan solamente 200 dosis.
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Por las escaleras del Hospital Fernández, en Palermo, bajan dos jóvenes y comentan entre risas que se sienten como si salieran de rendir un examen. Las dos volvieron de bailar, pasaron por sus casas a agarrar unas reposeras y esperaron desde las 4 de la mañana para asegurarse un lugar. Lo lograron: pasado el mediodía, las dos se retiran con el papel amarillo en sus manos.
Diego y Eliana cuentan que viajan a Sudáfrica y ya sabían que debían vacunar a sus dos pequeñas hijas desde diciembre, pero que tuvieron contratiempos y los sorprendió esta inesperada demanda masiva. "Llegamos a las 9 de la mañana y tuvimos mucha suerte porque nos tocaron los dos últimos números", dicen sonriendo. "Los chicos que están vacunando no dan abasto".
Ahí la situación fue otra vez la misma que en los demás centros, pero, con el correr del día y en presencia de los móviles televisivos, el personal acomodó la situación y pudo aplicar más de 100 dosis. Con la incorporación de nuevos lugares y ante la certeza del Ministerio de que el suministro alcanza, todos esperan que en el correr de los días sea un proceso más ordenado.

Fotos: Maximiliano Luna
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