La dramática confesión de Víctor Laplace sobre los abusos que vivió en un colegio de curas: "Hacían cosas espantosas"

"Fui muy maltratado por los sacerdotes y no lo he dicho nunca", confiesa el prestigioso actor en esta conmovedora charla con Infobae. Y recuerda las vejaciones que sufrió y que no pudo contarle ni siquiera a sus padres

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"Ahora voy a llorar un rato al baño y después me voy a ensayar", dice Víctor Laplace cuando termina la charla. Y se entiende: acaba de sumergirse en lo más profundo de un pasado doloroso.

Nació hace 74 años en Tandil -papá joyero relojero, mamá ama de casa-, creció entre las sierras, y convirtió a su ciudad en el lugar donde siempre elige volver. Sin embargo, su infancia allí no fue fácil. Los recuerdos lindos se mezclan con los atropellos y abusos que sufrió en manos de quienes más tenían que protegerlo: los sacerdotes de su colegio.

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Su primer trabajo fue a los 14 años como obrero en una metalúrgica, ahí les recitaba poemas de Shakespeare a las máquinas de la fábrica. Empezaban a surgir sus dos grandes pasiones: el arte y la militancia. Y, más allá de la trayectoria y el éxito que logró en su vida, fue ese amor por lo artístico y por el voluntariado social lo que lo salvó del abismo.

La primera visita a Buenos Aires fue a los 18 y sorprendió a su familia: "A las 12 les anuncié a mis viejos que viajaba a Buenos Aires y a las 13 salía el tren. Fue una de las decisiones más importantes de mi vida". Ahí comenzó la apuesta al teatro y la autogestión. En 1971, en pareja con Renata Schussheim, fue padre de Damián, su único hijo. Más tarde formaría pareja con Nélida Lobato, quien lo acompañó en el exilio al que partió luego de ser amenazado por la Triple A.

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Con 53 años de carrera, el amor por la profesión lo vuelca principalmente entre el cine y el teatro. La televisión le gusta, pero no esconde sus críticas a las propuestas actuales. Actuó en más de ochenta películas y dirigió seis: ama la cámara. Hoy encabeza en teatro La herencia de Eszter, la obra que el año pasado tuvieron que suspender por la fractura de cadera de Thelma Biral, su compañera de elenco.

La pieza teatral de Sándor Márai cuenta el reencuentro de los protagonistas veinte años después pese a las traiciones sufridas. Lajos (interpretado por Laplace) no sólo traicionó a Eszter (Thelma Biral), sino que también destruyó a su familia y les quitó todo lo que poseían. Ahora, tras una prolongada ausencia, él regresa y ella se prepara para recibirlo, conmovida por una mezcla de sentimientos encontrados.

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Víctor comienza la charla leyendo un fragmento de su compañera en la obra: "No puedo saber qué más tiene Dios previsto para mí. Sin embargo, antes de morir quisiera poner por escrito el relato del día en que Lajos vino a verme por última vez para despojarme de todos mis bienes".

Es difícil evitar el paralelismo y pensar que, sin saber qué más tiene Dios previsto para él, hoy eligió relatar y dejar constancia de cómo en su infancia fue despojado de la inocencia por los curas del colegio al que iba semipupilo.

—En la obra se juega algo de las lealtades, y lo mismo pasó en ese equipo de trabajo que el año pasado esperó a Thelma con su accidente.

—Es verdad, no fue un año fácil, pero estuvimos todos ahí haciendo un scrum, como se dice en rugby. Es una obra bella, porque hace pensar. Es una obra de lealtades, también de algunas traiciones y de algunas resignaciones.

—¿Es tu lugar en el mundo el teatro?

—Sin duda.

—¿Más que el cine?

—Van paralelos, porque he hecho de las dos cosas mucho.

—¿Y la tele?

—He hecho cosas maravillosas en televisión. Situación límite, que era un programa extraordinario. Hice Mis noches sin ti y Fábricas también, dos series importantes sobre distintos momentos de la realidad argentina. Ahora se van a largar cosas interesantes en la Televisión Pública.

—Pero fue cada vez un poquito menos. ¿Tiene que ver con un tema de tiempos? ¿Con falta de calidad?

—¿Sabés lo que falta? Esto (marca la comunicación que estamos manteniendo): un encuentro entre una persona y otra. Y se agradece tanto. Los paneles de diez personas discutiendo entre sí no me interesan para nada, no me parece que esa sea la manera. Si a la gente le gusta el teatro, va a seguir viniendo, porque uno ha tratado de darle a través del tiempo cosas nobles.

—¿Qué quedó de la infancia en Tandil?

—Todo, porque tengo ahí mi corazón. Mi madre, mi padre están enterrados allí y mi hermana vive allá. Fui muy feliz siendo obrero metalúrgico a los 14 años mientras recitaba poemas de Shakespeare al torno y a la fresadora. Y la alegría de tener mi espacio, mi casa en las sierras e ir a jugar al tenis y a jugar un poquito al golf, que estoy empezando. Soy de ahí y voy a terminar allí.

—¿Y el colegio de curas?

—No tengo buenos recuerdos. Yo soy un hombre de mucha Fe y voy a hacer una película donde voy a rozar levemente el tema de la pedofilia. Fue duro para mí porque fui muy maltratado por los curas y no lo he dicho nunca. Éramos muy chicos -9, 10 años-, y había mucho maltrato físico. Es un caso que se sigue dando.

—Ahora se habla más del tema.

—Antes no se podía hablar. Yo a mi madre no le podía decir. Mi madre me llevaba a la iglesia, a la misa de 7 de la tarde. ¿Cómo le iba a decir? Uno sentía entre vergüenza, pudor y desazón de estar en manos de tipos que, lejos de hacernos creer que había un Dios o un Jesús, eran una cosa espantosa. Vos me preguntás esto y yo te contesto. Es la primera vez que lo digo en un medio.

—No te quiero llevar a un lugar que te haga mal.

—No, me he analizado durante muchos años para salir de esa situación.

—¿Estamos hablando de maltrato físico o estamos hablando de cuestiones sexuales?

—El maltrato físico incluye la sexualidad mala.

—¿Cómo se sale de eso?

—Muchos años de análisis, con muchísima penuria y sin saber qué hacer muy bien con la Fe que uno tiene. Yo creo que hay un ser superior, que existió Jesús. Creo que la mejor frase de la historia es: "Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen". Se trata de elaborarlo, de perdonar y de seguir adelante.

“La herencia de Eszter” junto a Thelma Biral, la gran obra de Sándor Márai
“La herencia de Eszter” junto a Thelma Biral, la gran obra de Sándor Márai

—¿Eran cosas que te pasaban a vos o eran cosas que les pasaban a tus amigos?

—No, a muchos compañeros. Yo además tuve por contagio un principio de tuberculosis, porque estábamos medio pupilos con los curas y nos contagiaron muy feo.

—O sea, te contagiaste en lo físico y te enfermaste psíquicamente al ver compañeros abusados.

—Sí, claro. Hacían cosas espantosas y trabajaban con la buena fe de un niño. Eso es imperdonable.

—¿Qué te pasa hoy como adulto cuando ves eso?

—Pienso: "Pobre gente". Trato de perdonar. Como he tratado de perdonar otras cosas que me pasaron en la vida. Y de perdonarme a mí también. Yo no era cómplice.

—Uno a los 9 años no puede ser cómplice.

—En ese sentido creo que el teatro y la fábrica me salvaron, me hizo bien.

—¿La militancia?

—También. Éramos muy jóvenes y con tantos otros compañeros íbamos a los barrios a hacer teatro en las villas y a hablar sobre la problemática del barrio.

—¿Te mantuviste dentro del catolicismo o la Fe quedó en Dios y te alejaste de la Iglesia?

—No, Dios quedó en la profesión, a favor de la Fe. Yo no me siento ningún elegido, pero trato de hacer muy bien mi trabajo y ser útil en lo que hago porque es mi manera de que la Fe se expanda.

—¿Cuando ves, por ejemplo, a un Grassi condenado por la Corte Suprema y a un Papa argentino que no se manifiesta al respecto, te pasa algo?

—Estamos prisioneros de estas torpes cadenas que somos los seres humanos. El Papa también está prisionero -de una manera u otra- de gente que lo condiciona, que no lo deja ser libre. Estudio mucho y trato de analizar las cosas. No soy quién para juzgar, pero sí ver y darme cuenta de que los seres humanos estamos en problemas.

—Pero yo espero que, si alguien se mete con los chicos, tenga una condena mayor. A mí me duele lo que me contás.

—Y… es que no se puede creer. Además, es interminable. Imaginate lo que me ha dolido. Ahora lo puedo contar con cierta tranquilidad, pero sufrí mucho con ese tema.

—¿Tus padres lo supieron después?

—No, no lo supieron. Mi madre fue una vez al colegio y se negó todo. Éramos burlados por los otros compañeros que veían eso. ¿Entendés la vejación adónde llega? En ese sentido creo que el teatro, la literatura, la poesía, el amor, me han ido salvando.

—El arte.

—El arte es absolutamente sanador. Y por supuesto voy a hacer una película sobre el tema, se va a llamar Los niños expósitos. Calculo que estaré filmando en diciembre, si Dios quiere. En Tandil.

Agenda: "La herencia de Eszter" se presenta jueves, viernes y sábados en el teatro Lude a las 20 horas.

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