La vuelta de las fiestas electrónicas: viaje a lo profundo de una experiencia sensorial

Por primera vez, después de la tragedia de Time Warp, regresaron las raves masivas a Buenos Aires. Se presentó en Punta Carrasco el DJ israelí Guy J. Relato de una noche de baile y hedonismo

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El israelí Guy J fue
El israelí Guy J fue la estrella de la noche en Punta Carrasco

El secreto de la música electrónica se anida en la repetición. Hay una base rítmica que, con melodías escurridizas, sutiles desviaciones y distintas velocidades, no se detiene jamás. Si el DJ es talentoso, como es el caso del israelí Guy J, uno de los mejores de la escena global, el punto fuerte anoche en Mandarine Park, penetra en la química humana y moldea a la masa que baila, se mueve, se acaricia o viaja hasta los confines de su propio Yo.

Las fiestas electrónicas -como la que se realizó anoche en Punta Carrasco- son en esencia una replicación posmoderna de los rituales ancestrales: en las tribus milenarias, la percusión de tambores mantenía la repetición hasta conseguir un mantra sónico, y los hombres y mujeres, hechizados por la ingesta de alguna planta mágica, se sumergían en el trance de la danza sacramental hasta "dialogar" con los dioses. Aquellos eran ritos de purificación, mucho antes de la idea griega del fármaco (phármakon, como noción de remedio y veneno a la vez). Lo de ahora, en cambio, es hedonismo puro. La música y las drogas de diseño reemplazan a los tambores y a los vegetales psicoactivos, pero (no tan) en el fondo parece haber un mismo sentido ontológico: la experiencia sensorial colectiva, la búsqueda de algo más que lo tangible.

La fiesta duró hasta el
La fiesta duró hasta el amanecer

La discusión sobre si los buenos dj's "tocan" música podría ser eterna pero lo que es innegable es la capacidad hipersensible que hay al menos en Guy J para hacer navegar a su antojo al público a través de una paleta de estados de ánimo traducibles en ritmos y colores. Surrealista de la era post industrial, Guy J sabe llevar a la gente al éxtasis, como si en su consola tuviera una perilla para calibrar a cada una de las 8 mil personas en una misma frecuencia.

Cuando quiere, el israelí convierte la pista inmensa en un reservorio de besos y abrazos bajo una luz de azul terciopelo y de repente ¡pum! todos a saltar de nuevo mientras en la pantalla (él es apenas una silueta escondida en medio de la parafernalia visual) estallan los rojos y naranjas. "¡Enano, sos una bomba!", le grita al DJ Sabrina, una chica de 23 años, mientras le hace masajes en los hombros a Emilio, su novio. La sensación es que el productor israelí puede meterse en la psiquis de los danzarines. Él es la pastilla dentro de la pastilla.

Guy J calibra el ánimo
Guy J calibra el ánimo de los 8.000 espectadores

En ese trance estuvieron las más de 8000 personas que se reunieron a bailar (las entradas se agotaron rápidamente) sobre la orilla del río, en Punta Carrasco, en lo que fue el primer espectáculo de estas características después de la tragedia de Time Warp, ocurrida el 8 de abril del año pasado, cuando cinco chicos murieron por consumir drogas sintéticas adulteradas.

Equipos de Cruz Roja y
Equipos de Cruz Roja y paramédicos atendieron los pocos casos de descompensación

En esta doble jornada (la primera fue la noche del viernes) no hubo episodios como aquellos. Según contaron voluntarios de Cruz Roja a Infobae, se atendieron a 17 jóvenes con algún tipo de descompensación (el día anterior habían sido 25), en general hipotermia, vómitos, o baja de presión. La única persona derivada esta madrugada, según informaron en la carpa médica, fue una chica que sufrió una torcedura de tobillo. Lo que también hace volver a pensar qué ocurrió durante la Time Warp. "Todo es cuestión de dosis y de calidad. En el VIP nunca atendemos a alguien que se siente mal. Es como todo, el que puede comprar la mejor corre menos riesgos", comenta uno de los voluntarios de Cruz Roja, que tiene más de diez de estas fiestas encima y ha visto "de todo".

La atención médica dentro de Mandarine Park consistió en un servicio privado de paramédicos y ambulancias listas para una eventual emergencia que no ocurrió y el equipo de Cruz Roja, que funcionó dividido en cuatro: un grupo que recorría la zona del público, otro apostado delante del escenario, uno más en el VIP y otro detrás, en la base donde se ubicaba la carpa, y donde también -y por primera vez- se repartió agua gratis.

Según explicaron a este medio los trabajadores de la zona, había alrededor de 2.000 litros de agua para ofrecer en la zona de "hidratación". No rellenaban las botellitas, pero sí entregaban pequeños vasos plásticos "para casos de emergencia", aunque en realidad se los daban a quien lo pidiera.

Muchos grupos de amigos compraban
Muchos grupos de amigos compraban el pack de agua mineral

Igualmente, la mayoría del público, o no se enteró o prefirió comprar las botellitas de agua helada por 50 pesos en las dos barras instaladas en la periferia de la gigantesca pista de baile al aire libre. Con el correr de las horas, el suelo se fue alfombrando de botellas aplastadas y debajo del ritmo de Guy J se podía oír el crujir de las pisadas sobre el plástico reciclable.

Este no parece ser el lugar para el consumo exagerado de alcohol. Da la impresión de que por cada 9 que compran agua 1 se llevaba una cerveza o un vaso de vodka con energizante. Es que el consumo de drogas sintéticas no va con la bebida (y por eso quienes mezclan son los que sufren las peores consecuencias).

Sobre el final de la
Sobre el final de la fiesta, el suelo se “alfombró” de botellas vacías

El placer que les ofrece este tipo de espectáculos a sus fanáticos parece indivisible de los efectos psicoactivos. La música que sonó anoche bajo el cielo porteño de la zona de Aeroparque, con Guy J y su antecesor, el holandés Eelke Kleijn, es conocida como "progressive house". El argentino Hernán Cattáneo es considerado uno de los dos o tres máximos referentes a nivel mundial; eso explica la pasión que late en Buenos Aires por este estilo.

Guy J, ícono actual de
Guy J, ícono actual de la escena del “progressive house”

Emilio, DJ en formación, estudiante de producción musical y fanático de Guy J, explica que este subgénero acompaña a los náufragos en un viaje cadencioso. Mientras habla, su novia le pasa un pincel de maquillaje por los brazos. "Probá, esto se siente único, este es el viaje que a nosotros nos gusta", invita Sabrina, con una sonrisa que parece fundir sus comisuras con sus ojos negros.

En la entrada de Punta
En la entrada de Punta Carrasco hubo un fuerte control con Gendarmería (Gustavo Gavotti)

A pesar del antecedente de la Time Warp las autoridades eligieron evidentemente prevenir el ingreso de vendedores y no perseguir al consumidor. En las inmediaciones de Punta Carrasco la presencia policial (con agentes de la Policía de la Ciudad y de Prefectura Nacional), uniformados y, sobre todo, de civil, estuvo atenta a posibles desmanes que no existieron y a la detección de dealers.

Las pantallas escanean el DNI
Las pantallas escanean el DNI de cada uno de los asistentes a la fiesta (Gustavo Gavotti)

Para quienes entraron a bailar, los controles fueron laxos, apenas un cacheo respetuoso (muy distinto del que, por ejemplo, hizo la Bonaerense en los espectáculos en la Costa Altántica, donde creían ver en cada persona a un narcotraficante) y el escaneo del DNI en una máquina en la entrada del predio, donde además, cada asistente, debía mostrar su documento frente a una pantalla que lo registraba. Esta es una de las disposiciones de la nueva ley de eventos masivos de la Ciudad, que también implica obligaciones para los organizadores de las fiestas, como estar inscriptos en un registro público oficial, presentar planes de despliegue de seguridad y asistencia sanitaria; limitar el ingreso de personas, y disponer un conteo electrónico de asistentes en tiempo real que permita controlar la capacidad, uno de los puntos polémicos del antecedente trágico de Time Warp.

Es probable que 8 de cada diez personas (había hombres y mujeres de entre 18 y 50 años) hayan estado anoche bajo los efectos de alguna droga sintética. Salvo pocos casos donde se vio a algunos en un estado de excitación exagerada y preocupante, la mayoría llegó sin problemas al final de la celebración, un momento épico en el que Guy J fue amainando su marcha repetitiva hasta convertir la música en un latido tenue que parecía venir menos de los parlantes que del propio cuerpo de cada uno de los bailarines. Fue unos minutos antes de que por detrás del escenario apareciera el sol.

Después todos salieron en paz, esquivando las botellas de agua vacías que taparon el césped. Vaya a saberse cuándo se habrán dormido.