–Hablemos de tu segundo libro, Las bailarinas no hablan: ya de por sí el título explica un poco la deducción de lo que están hablando. ¿Querés contarlo?
–Apela un poco a la realidad de las bailarinas, que su cuerpo es un instrumento y su arte es ese instrumento de comunicación de otra persona, de un coreógrafo, de un maestro, o de una narrativa de otros siglos. Por definición, el rol de la bailarina en el escenario no es el de hablar sino de expresar las ideas o narrativas de terceros. También porque en ese entrenamiento, en ese sometimiento de su cuerpo, el habla está vedada, el cuerpo es el que transmite. Y, en esa preparación o entrenamiento, a una aspirante le enseñan que durante la clase no se habla, que la bailarina tiene que ser sumisa y que tiene obedecer. Entonces, la que habla es alguien que no está dispuesta a dar su cuerpo para esas otras expresiones.
–¿Vos te describís como una persona que sobrevivió a la bailarina clásica? ¿Que tuviste que sacrificar para estar en la carrera de bailarina?
–Sí. La carrera de bailarina es de renuncias, de sacrificios. Todas las chicas que quieren bailar tienen que estar dispuestas a dejar de lado buena parte de la vida de una persona normal pero al mismo tiempo, me interesaba en la novela no retratar solamente este aspecto de la bailarina sacrificada, que tiene los pies lastimados, y que lo deja todo por la danza sino un ámbito más amplio y más rico que hay en torno a esa carrera de bailarina. Lo que tuve la experiencia de vivir y me interesaba escribir. Aparecen muchos otros personajes en Las bailarinas no bailan además de la narradora. Por ejemplo de una maestra que finge un acento francés para hacerse más respetada, también hay un bailarín que está en el apogeo de su carrera y se cae del escenario y se le arruina la carrera; hay una pérdida de agua en un pasillo del Colón que no lo pueden arreglar nunca y está esa pérdida de agua ahí y la gente lo empieza a llamar el charco de los cisnes y los sindicalistas del teatro se juntan y tiran la colilla de los cigarrillos, lo que hace que se convierta en un punto de encuentro que las estudiantes tienen que saltar para ir de una clase a otra porque está el charco.
–Es interesante cuando contás que llegás a la Ciudad, que llegás a Buenos Aires. Vos vivías en Río Negro y después te viniste acá. Al principio decís que inauguraste la personalidad porteña. ¿Cómo sería eso?
–Lo que cuenta la narradora es que tiene que mudarse con su mamá a Buenos Aires, después de haber rendido el examen de ingreso al Colón y después de haber entrado, y en esa nueva vida que le toca tiene un proceso de adaptación muy fuerte y ese proceso implica una metamorfosis de la personalidad porque ahora vive en una gran Ciudad, porque está obligada a ponerse al día con un montón de situaciones como moverse entre la gente, ser más desenvuelta, aprender nombres de calles y nuevas cosas. Es en ese proceso de adaptación en el que la narradora y su madre desarrollan su propia personalidad porteña.
–Recién hablábamos de las exigencias que tiene una bailarina clásica. ¿Es una exigencia que uno se pone, que los profesores exigen o los padres exigen? ¿De dónde viene tanta exigencia?
–Es una carrera que no funciona sin exigencia. Entonces es un poco parte del entrenamiento. La bailarina que no estaba sobreexigida es una bailarina holgazana, tal vez tenga muchas condiciones pero el rigor hace que se construya la carrera, son todos los actores que están alrededor de esa aspirante a bailarina empujando hacia ese lugar de rigor. El sistema es muy riguroso porque tiene que entrenar todos los días muchas horas. Los horarios son muy rigurosos porque empieza desde muy temprano. También las dietas son rigurosas. En general, como son las madres las que acompañan a las nenas que bailan, esas mamás también entran dentro de esa dinámica del rigor y son las que facilitan que las nenas bailen y son las que exigen porque en general están toda la familia muy pendientes de lo que pasa. Cuando hay una nena bailarina en la casa no es sólo la nena la que baila sino que bailan todos.
–De hecho hay una frase que lo describe mejor que acabas de decir, las madres espectadoras que intercambian vitaminas para sus hijas que están mirando y a su vez tienen este rol.
–Todos los secretitos y los datos útiles circulan ahí como moneda de cambio. Siempre se tiene en cuenta hasta el último detalle pensando que alguna vitamina o algún peinado incluso, hay como un pensamiento muy místico alrededor de lo que puede funcionar para la nena. El objetivo es que la nena baile bien, que sea primera bailarina y entonces muchas veces como ese objetivo está tan presente en toda la familia y están dejando mucho pero a la vez tan difícil de lograr, las personas se vuelven un poco supersticiosas alrededor y entonces comienzan a tener un montón de estos tips de conducta donde cada pequeño detalle cuenta, las vitaminas, la mallita, el peinadito. Hay como un proceso de adoración a la carrera.
–Este entrenamiento donde hablás de sacrificio, de voluntad, de tolerancia, ¿te ayudó para tu vida, a que hoy tengas los valores y la determinación que tenés hoy por hoy?
–Sí, pero me ayudó de forma inversa, porque si bien yo hice todo el esfuerzo profesional que tenía que hacer a una edad muy temprana, todo mi recorrido y toda la energía que uno le pone a un proyecto por primera vez con todo el rigor, como toda esa cosa formativa rigurosa de trabajo a conciencia, la hice a los 12, 13 años porque a los 14 ya estaba bailando en el escenario y cobraba. Tuve una carrera de adulta muy temprano. En esa carrera no se puede fallar. En el escenario no te podés caer y menos equivocar. Ahora que ya fallé y me equivoqué tanto puedo vivir un poco más relajada. El ballet me aportó el rigor y la experiencia por haber pasado en situaciones tan exigentes y ahora puedo escribir al respecto y respirar.
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