
El crimen de Roberto Gerardo Chwat (67), gerente de una reconocida editorial de libros infantiles que fue asesinado por delincuentes frente a su casa de Vicente López, al norte del Gran Buenos Aires, generó gran conmoción y despertó una ola de muestras de afecto, sobre todo en el ámbito en el que se desenvolvía: la literatura.
Por caso, uno de los escritores que publica sus obras en la editorial Sigmar, José Montero, escribió unas emotivas palabras sobre Chwat, en las que destacó su trabajo al frente de la editorial y lo consideró un "promotor de la lectura".

En un texto publicado en la revista digital cultural La Agenda BA, del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Montero señaló la "crueldad" de las noticias policiales que "no les hacen honor" a las personas.
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El escritor remarca que Chwat no era solo el gerente de la editorial Sigmar. "Roberto era Sigmar", sostuvo y añadió que la editorial que dirigía la víctima "es sinónimo de libros para chicos".
En la extensa y dolorosa carta, Montero señaló además que el día del asesinato no tuvo oportunidad de cruzarse con "Roberto", pero sí con su hija Verónica, Directora de la editorial, quien está embarazada y a "punto de dar a luz".
José Montero es escritor y autor de teatro, cine y TV. Algunos de los libros que publicó dentro de la literatura infantil, género que transita desde 1995, son "La trampa", "Veinte pisos de terror", "Misterios urbanos", "El miedo viaja en colectivo" o "Los pulentas de Boedo, una historia de fútbol y amor".
A continuación, un fragmento del texto dedicado por Montero en honor a Roberto Chwat:
Las noticias policiales son crueles. Imprecisas. Deforman los nombres, los cargos de las personas, no les hacen honor. Ayer, alrededor de la medianoche, se conoció la trágica muerte de Roberto Chwat. Lo presentaron como el gerente o presidente de la editorial Sigmar, cosa que seguramente es cierta en los papeles, pero resulta inexacta. Roberto era el dueño. Roberto era Sigmar. Roberto era el empresario que atendía personalmente a los autores e ilustradores. El que devolvía los llamados. El que contestaba los mails. El promotor de la lectura. La cabeza de una compañía familiar que, con 75 años de historia, es la mayor editorial argentina dedicada íntegramente a la literatura infantil y juvenil.
Para varias generaciones, Sigmar es sinónimo de libros para chicos. Atraviesa a hijos, padres, abuelos y bisabuelos. Si no en todos, en la mayoría de los hogares de Argentina hay al menos un título de Sigmar. Quizás no lo veas. Quizás sea un tomo atesorado en un cajón, en un baúl o en la memoria, pero está. Como estaba Roberto.
Lo conocí en 1994, cuando firmé con él el contrato de edición de mi primer libro, "La trampa", que salió publicado al año siguiente dentro de la colección "Sueños de papel", reservada a autores nacionales. A partir de entonces tuvimos infinidad de encuentros, charlas telefónicas e intercambios de correo a propósito de éste y otros títulos. Las conversaciones fueron siempre formales y cordiales. Nos tratábamos de usted.
Roberto era un dueño a la vieja usanza. Ingeniero de profesión, siempre lo vi vestido de camisa y corbata. En invierno, usaba suéters o chalecos con cuello en V. Pulcro, discreto, metódico. Tenía su agenda de viajes a las ferias de Frankfurt, Guadalajara y Bologna. Obviamente también estaba presente en las ferias del libro de Buenos Aires (la grande y la chica; la general y la infantil). Participaba, además, en las reuniones de las cámaras empresarias del sector.
Pero, fuera de las fechas en que se trasladaba al exterior, siempre estaba en la editorial de la avenida Belgrano al 1500. En ocasiones, a deshoras, después de las cinco o seis de la tarde. Recuerdo que una vez tuve un contratiempo para ir a firmar un contrato, lo llamé y él me esperó. Ya casi era de noche. Tenía otra cosa antigua y es que te mandaba a tu casa una tarjeta para las fiestas de fin de año. Con ilustraciones infantiles, obvio.
Roberto era reservado dentro de su amabilidad. Afectuoso dentro de la medida que imponía porque, al fin y al cabo, era un hombre de negocios. Tuvimos cierta rispidez en algún momento. Pero Roberto siempre dio la cara. Pidió disculpas, comprendió. Me adelantó guita de derechos de autor cuando se lo pedí ante una emergencia. Siempre fue buena leche.
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