
Dos personas pueden pronunciar la misma vocal y lograr que se escuche parecida, aunque su lengua, paladar y garganta se muevan de maneras muy diferentes. Ahora, una investigación plantea que esas diferencias anatómicas dejan una huella en la voz y podrían contribuir a que las lenguas desarrollen sonidos propios con el paso del tiempo.
La idea cuestiona una premisa habitual en lingüística: que las variaciones físicas entre quienes hablan un mismo idioma son apenas un detalle individual, sin consecuencias para la evolución del habla. El nuevo trabajo sostiene que esas particularidades aportan una base sobre la que después actúan la transmisión cultural, el contacto entre comunidades y las necesidades de comunicación.
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El trabajo, publicado el 13 de octubre en PLOS Biology, fue realizado por Steven Moran y Tiena Danner, de la Universidad de Neuchâtel, junto con Marcia S. Ponce de León y Christoph P. E. Zollikofer, de la Universidad de Zúrich. Los autores analizaron imágenes de resonancia magnética y registros sonoros para estudiar el vínculo entre la forma del tracto vocal y las vocales que emite cada persona.
El tracto vocal comprende el recorrido del aire desde la laringe hasta los labios. En ese espacio intervienen estructuras como la lengua, el paladar, la mandíbula, los labios y la faringe. Ninguna de ellas tiene exactamente el mismo tamaño o forma en dos individuos.
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Pese a esas diferencias, la mayoría de las personas logra producir vocales reconocibles para los demás. Quien tiene una boca más pequeña o un paladar de otra forma modifica sin advertirlo la posición de la lengua y la apertura de la mandíbula. Esa adaptación permite que una “a” siga siendo una “a”, aunque el camino físico para llegar a ese sonido cambie de una persona a otra.
Para comprobar hasta dónde llega esa compensación, el equipo examinó a 32 hablantes de inglés estadounidense mientras pronunciaban las cinco vocales básicas: i, e, a, o y u. Las grabaciones procedían de una base pública de resonancias magnéticas en tiempo real, que permite observar los movimientos dentro de la boca durante el habla.
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Los investigadores revisaron 3.210 imágenes y marcaron 95 puntos anatómicos en cada una. Así pudieron comparar la postura de la lengua, los labios y otras partes móviles con el sonido registrado en el mismo momento.
El resultado mostró que existe una diversidad mucho mayor en los movimientos articulatorios que en el sonido final. En otras palabras, las personas usan estrategias físicas distintas para llegar a vocales que, para el oído, resultan similares.
El paladar deja una marca que la compensación no borra por completo
La adaptación, sin embargo, tiene límites. El análisis detectó que la forma del paladar se relaciona de manera sistemática con la postura de la lengua. Los paladares más cortos y redondeados se asociaron con movimientos linguales más arqueados, mientras que los más largos y poco profundos se vincularon con configuraciones más planas.
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Esa diferencia física no desaparece por completo en la pronunciación. De acuerdo con el estudio, cerca de la mitad de la variación conjunta entre la manera de articular y las características acústicas de las vocales puede relacionarse con la morfología del tracto vocal.
“Alguien con un paladar largo y plano usa la lengua de forma distinta a alguien con un paladar corto y redondeado”, explicó Moran. “Compensamos estas diferencias muy bien al hablar, pero la compensación no siempre es perfecta y deja pequeñas diferencias medibles en cómo sonamos”.
Esas pequeñas variaciones afectan la posición, el tamaño y la forma del llamado polígono vocálico, una representación que permite ubicar las vocales según sus frecuencias de resonancia. En términos sencillos, el cuerpo aporta matices al timbre y a los contrastes entre unos sonidos y otros.
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La variación entre personas se parece a la que separa a los idiomas
La segunda parte de la investigación buscó determinar si aquel patrón individual tenía alguna relación con las diferencias entre lenguas. Para ello, el grupo recurrió al corpus VoxCommunis, construido a partir de grabaciones del proyecto Mozilla Common Voice.

La muestra reunió 19.335 registros de vocales de 3.867 hablantes de diez idiomas, entre ellos euskera, búlgaro, italiano, portugués, rumano, ruso, tamil, turco y vietnamita. Las lenguas pertenecen a varias familias lingüísticas, mientras que el euskera se considera una lengua aislada.
Al comparar los datos, los autores observaron que la variación acústica entre idiomas guarda una proporción semejante a la variación entre hablantes de una misma lengua. El patrón no prueba que la anatomía determine cómo debe sonar un idioma, pero apunta a que las diferencias corporales pueden aportar una parte de la variación que, con el tiempo, se conserva, se modifica o desaparece.
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Los investigadores describen ese proceso mediante un modelo biocultural. La anatomía genera diferencias iniciales entre los sonidos de los hablantes; después, el aprendizaje, la comunicación cotidiana y la historia de cada comunidad influyen en cuáles de esas diferencias se afianzan. “Los investigadores suelen tratar las diferencias individuales como ruido, pero ese ‘ruido’ puede contribuir a la evolución de las lenguas”, señaló Moran
La historia compartida puede pesar más que la anatomía
El estudio no propone que una población tenga una anatomía particular que defina de forma directa su idioma. La evolución lingüística sigue dependiendo de factores culturales y sociales, como la convivencia entre hablantes, el bilingüismo, las migraciones y los cambios generacionales.
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Ese punto se aprecia en el caso del euskera. Aunque no tiene parentesco conocido con las lenguas romances, análisis anteriores de Danner encontraron que, en algunas muestras, sus vocales se agrupan con las del español y otras lenguas romances. La explicación más probable no sería biológica, sino histórica: siglos de contacto entre comunidades y uso de más de una lengua.
Ander Egurtzegi, fonólogo vasco del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, indicó que ese acercamiento depende de la región y del período histórico. El euskera del norte de los Pirineos, señaló, presenta mayor cercanía con el francés y el gascón, mientras que las variedades del sur se relacionan más con el ámbito hispánico.
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El especialista también advirtió límites en la investigación. Seis de las diez lenguas comparadas pertenecen a la familia indoeuropea y las resonancias se realizaron con participantes acostados dentro de un escáner, una posición que puede afectar la naturalidad de la pronunciación.
Los autores reconocen que sus datos anatómicos proceden de hablantes de una sola variedad de inglés y que hacen falta más muestras para comprobar si el mismo patrón aparece en otras comunidades lingüísticas. También planean incorporar imágenes tridimensionales del tracto vocal y extender el análisis a otros fonemas, más allá de las vocales.
La línea de trabajo continúa investigaciones anteriores sobre la relación entre cuerpo y habla. En 2019, un estudio en Science vinculó la expansión de sonidos como la f y la v con cambios en la mordida humana asociados a dietas más blandas tras el Neolítico. El nuevo trabajo añade otra posibilidad: la diversidad anatómica cotidiana entre individuos también podría dejar rastros en la historia sonora de las lenguas.
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