
¿Por qué algunas personas parecen resistirse sin esfuerzo a los dulces mientras otras no pueden dejar de comerlos? La respuesta podría estar, al menos en parte, escrita en el ADN. Hallazgos preliminares de un nuevo estudio sugieren que ciertas variantes genéticas vinculadas a la preferencia por sabores dulces y grasos no solo condicionan lo que se come, sino que también elevan el riesgo de obesidad y diabetes tipo 2 precisamente a través de ese comportamiento alimentario.
La investigación, presentada el 27 de julio de 2026 en NUTRITION 2026, la reunión anual insignia de la Sociedad Americana de Nutrición, se apoya en datos del UK Biobank, una base de datos con información genética y dietética de aproximadamente medio millón de personas en el Reino Unido. Es uno de los estudios de asociación del genoma completo (análisis que rastrean el ADN de grandes poblaciones en busca de variantes ligadas a rasgos, conductas o enfermedades específicas) más amplios realizados hasta la fecha en materia de preferencias gustativas.
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Julie Gervis, doctora en ciencias e investigadora posdoctoral en el Centro de Medicina Genómica del Massachusetts General Hospital, encabezó el trabajo junto a un equipo de colaboradores de esa misma institución, la Universidad de Colorado en el Campus Médico Anschutz y la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos. Vale destacar que se trata de resultados preliminares presentados en un congreso científico y aún no cuentan con revisión por pares.

Genes, sabor y hábito: una cadena con consecuencias metabólicas
El punto de partida fue una pregunta que hasta entonces no había recibido respuesta a gran escala: ¿existe una base genética que explique por qué algunas personas consumen más alimentos hiperpalatables, es decir, productos formulados para maximizar la respuesta al sabor y la recompensa mediante combinaciones intensas de azúcar, sal y grasa? Para responderla, el equipo desarrolló un método que combinó cuestionarios de preferencias alimentarias con bases de datos sensoriales que describían las características gustativas de cada alimento, como su dulzura, salinidad o contenido graso.
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Con esa información, construyeron perfiles de preferencia de sabor para más de 160.000 participantes del UK Biobank, identificaron variantes genéticas asociadas a cada perfil y generaron una puntuación poligénica, un valor que captura la propensión heredada de una persona a preferir un sabor determinado.
Esa puntuación fue validada en un grupo independiente de alrededor de 330.000 participantes. “Este enfoque mejora considerablemente nuestra capacidad de estudiar las bases genéticas de las preferencias gustativas en grandes grupos de personas y de entender el rol de estas inclinaciones en comportamientos humanos complejos y en enfermedades metabólicas”, afirmó Gervis, según el comunicado de prensa de la Sociedad Americana de Nutrición.
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Los resultados mostraron una asociación sólida y estadísticamente significativa: quienes obtenían puntuaciones más altas para la predisposición genética a preferir lo dulce consumían, en promedio, 7 gramos más por día de alimentos dulces —como postres, golosinas y bebidas azucaradas— que quienes registraban puntuaciones más bajas.
En la preferencia genética por lo graso y lo salado, la diferencia respecto del consumo de alimentos como carnes procesadas o aderezos grasos fue de 0,9 gramos diarios adicionales. Aunque las cifras parecen modestas en términos absolutos, el comunicado advierte que su acumulación a lo largo del tiempo puede derivar en consecuencias clínicas concretas.
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Del gusto heredado al riesgo de enfermedad
La parte más novedosa del estudio exploró si esas predisposiciones genéticas al gusto también se traducen en mayor riesgo de enfermedades metabólicas. Los análisis mostraron que una puntuación genética más alta para la apetencia por lo dulce se asoció con un índice de masa corporal —medida que relaciona el peso con la talla para estimar la adiposidad corporal— más elevado y con un riesgo modestamente mayor de desarrollar diabetes tipo 2. La carga genética hacia los sabores grasos también se vinculó de forma independiente con un mayor riesgo de esa enfermedad.

La interpretación causal se refuerza al observar que, al incorporar el consumo de ese tipo de alimentos como variable en los modelos estadísticos, las asociaciones entre genética y enfermedad se atenuaron o desaparecieron por completo. Dicho de otro modo: el vínculo entre los genes del gusto y la enfermedad metabólica parece operar, al menos en parte, a través de lo que se come.
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“Nuestros hallazgos sugieren que los genes que subyacen a las preferencias gustativas pueden desempeñar un papel relevante en el riesgo de enfermedad metabólica al influir en los hábitos dietarios”, afirmó Gervis, según el mismo comunicado.
El equipo aisló el efecto específico de la genética gustativa al ajustar todos los modelos por edad, sexo, ascendencia genética e ingesta calórica total, con el fin de reducir el peso de factores que podrían confundir los resultados.
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Hacia intervenciones dietarias más personalizadas

Los investigadores señalan que estos hallazgos abren una vía concreta hacia la medicina de precisión aplicada a la nutrición. Si alguien tiene una fuerte predisposición genética a preferir los sabores dulces, estrategias orientadas específicamente a ese perfil —como el uso de especias o herramientas conductuales dirigidas a esa inclinación sensorial— podrían resultar más efectivas que los planes alimentarios estándar.
“Estos hallazgos sugieren que la susceptibilidad a comer en exceso alimentos de alta palatabilidad, como bebidas azucaradas, frituras y papas fritas, está parcialmente enraizada en nuestros genes”, afirmó Gervis, según el comunicado de prensa de la Sociedad Americana de Nutrición.
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“Esto podría ayudar a explicar por qué algunas personas tienen más dificultades que otras para tomar decisiones alimentarias saludables y podría abrir la puerta a enfoques más personalizados para prevenir el riesgo de enfermedades crónicas relacionadas con la dieta”, agregó. El equipo trabaja ahora en la replicación de los resultados en otras poblaciones y en la extensión del análisis a otras dimensiones del gusto —amargo, ácido y umami— para evaluar su influencia sobre la calidad dietaria y otros factores de riesgo metabólico.
En un proyecto paralelo, los investigadores exploran si la predisposición génica al gusto incide en la respuesta a los agonistas del GLP-1, fármacos que actúan sobre receptores del sistema digestivo y cerebral para regular el apetito y el azúcar en sangre, a partir de la evidencia emergente de que algunos pacientes que toman esos medicamentos experimentan cambios notables en su percepción del sabor.
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