
El 5 de julio de 1996, un veterinario convocado de urgencia asistió el parto de una oveja en una granja en las afueras de Edimburgo, Escocia. Cuatro científicos del Instituto Roslin miraban con ansiedad. Lo que estaban a punto de ver no era un nacimiento ordinario: era el primero de su clase en la historia de los mamíferos.
La cría pesó 6,6 kilogramos y se puso de pie en la primera media hora. Quienes estaban presentes recordaron después que “era un cordero muy viable”, una señal de que el proceso había funcionado. Nadie en la granja podía hablar de eso en público. El secreto duraría siete meses más.
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Dolly fue la primera hembra de mamífero clonada a partir de una célula adulta. No fue el primer animal clonado de la historia —ese lugar lo ocupa una rana clonada en 1958— ni siquiera el primer mamífero clonado: en 1984 había nacido en Cambridge una oveja clonada a partir de una célula embrionaria, y en 1995 el propio equipo del Roslin había producido dos ovejas, Megan y Morag, también desde células embrionarias cultivadas en laboratorio.

Lo que hizo de Dolly un caso sin precedentes fue la fuente de su ADN: una célula de la glándula mamaria de una oveja adulta de seis años. Hasta ese momento, la comunidad científica daba por sentado que una célula ya especializada —una célula de piel, de músculo, de glándula— no podía revertir su estado y volver a generar un organismo completo. Dolly demostró que sí era posible.
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El genetista Jorge Dotto explicó en qué consiste la técnica utilizada hace 30 años: “Se extrae el núcleo, lugar donde está el ADN, de una célula adulta de una oveja. Luego, ese núcleo se transfiere —mediante un pulso de electricidad— a un óvulo al cual se le ha sacado su propio núcleo”. El óvulo resultante, con su nuevo núcleo, se comporta como si acabara de ser fertilizado, se desarrolla en embrión y se implanta en el útero de una tercera oveja. Dotto lo describió como “un ejemplo de maternidad subrogada”: Dolly tuvo tres madres, una que aportó el ADN, otra que donó el óvulo y una tercera que la gestó.
El 8 de febrero de 1996, cinco meses antes del nacimiento, los embriólogos Karen Walker y Bill Ritchie se preparaban para la enucleación y la fusión celular en un pequeño cuarto del laboratorio que se usaba como depósito. Entonces descubrieron que las células que iban a utilizar estaban contaminadas.
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“Recuerdo estar corriendo para todos lados, pensando ‘¿qué vamos a poner?’, porque las células que íbamos a usar no estaban allí”, relató Walker a la revista Scientific American. “La última cosa que quieres hacer es perder los ovocitos que tenés. Por lo menos queríamos probar algo”.
Consiguieron células epiteliales mamarias de otra oveja de la raza Finn Dorset adulta de seis años. Las expectativas eran bajas. El equipo, liderado por el embriólogo Ian Wilmut y el biólogo celular Keith Campbell, construyó 277 embriones con núcleos de células adultas. Los implantaron en trece ovejas sustitutas. Solo una quedó preñada. De esa única gestación nació Dolly.
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Los cuatro científicos que esperaban en la granja —el investigador Douglas McGavin, la técnica en cultivo celular Angela Scott, el especialista agrícola John Bracken y el embriólogo Ritchie— no estaban solos. Otros curiosos se acercaron al lugar mientras el veterinario asistía el parto.

Fue Bracken quien propuso el nombre ese mismo día. La cría había sido producida a partir de una célula mamaria, y él relacionó ese detalle con la cantante y actriz estadounidense Dolly Parton. Hasta entonces, el animal figuraba en los registros del laboratorio como 6LL3. Wilmut confirmó años después la lógica detrás del nombre: “Dolly proviene de una célula de glándula mamaria y no podíamos pensar en un par de glándulas más impresionantes que las de Dolly Parton”.
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La historia tiene un apéndice. Alguien contactó al representante de Parton para anticiparse a una posible reacción negativa. El agente habría respondido que “no existe la mala publicidad”. Ninguno de los investigadores pudo corroborar esa versión.
El Instituto Roslin mantuvo el nacimiento en reserva hasta que el equipo científico terminó de redactar el artículo con los resultados. El 22 de febrero de 1997, Wilmut, Campbell y sus colegas publicaron el paper en la revista Nature y anunciaron simultáneamente la existencia de Dolly al mundo.
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La reacción fue inmediata. En la semana siguiente al anuncio, el Instituto Roslin recibió 3.000 llamadas telefónicas de distintas partes del planeta. La revista Science eligió a Dolly como el descubrimiento del año. La revista Time le dedicó un informe especial. La oveja de cara blanca —su cara blanca era, de hecho, una de las primeras pruebas visibles de que era un clon, ya que su madre sustituta era una oveja de cara negra— se convirtió en un animal conocido en el mundo entero.
El propio Wilmut reconoció en 2006 que su colega Keith Campbell merecía “el 66 por ciento” del crédito por el logro que hizo posible el nacimiento de Dolly, y afirmó que la frase “yo no creé a Dolly” era técnicamente exacta. Wilmut falleció el 10 de septiembre de 2023, a los 79 años, por complicaciones derivadas del mal de Parkinson.
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Dolly vivió toda su vida dentro del Instituto Roslin, en Midlothian, Escocia. Allí se reprodujo con un carnero de raza Welsh Mountain llamado David y tuvo seis crías en total: primero Bonnie, en abril de 1998; luego las mellizas Sally y Rosie en 1999; y finalmente las trillizas Lucy, Darcy y Cotton en 2000.
En 2001, el personal de la granja notó que caminaba con rigidez. Le diagnosticaron artritis, que fue tratada con medicación antiinflamatoria. Poco después se descubrió que había contraído el virus JSRV —un retrovirus que provoca cáncer de pulmón en ovejas— junto con otros animales del instituto que habían sido afectados durante el mismo brote.
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En febrero de 2003 desarrolló tos. Una tomografía computada reveló tumores en los pulmones. El 14 de febrero de 2003, con seis años de edad, fue sacrificada para evitarle sufrimiento. Una oveja Finn Dorset tiene una expectativa de vida de entre 11 y 12 años.
El genetista Dotto había dicho que las complicaciones de salud de Dolly no fueron ajenas a los riesgos propios de la clonación: “Solo el 4% de los clones se desarrolla en fetos vivos, y existe un alto porcentaje de muertes fetales, perinatales y neonatales. Muchos clones mueren a las 24 horas de su nacimiento por alteraciones pulmonares, cardiovasculares o aumento del peso”.
La vinculación entre sus enfermedades y su origen como clon nunca fue probada. En 2016, un equipo de investigadores publicó un estudio sobre trece ovejas clonadas —entre ellas cuatro producidas con la misma línea celular que Dolly— y no encontró evidencia de enfermedades no transmisibles de aparición tardía más allá de algunos casos leves de osteoartritis. Las cuatro hijas de Dolly —Debbie, Denise, Dianna y Daisy, nacidas en 2007— envejecieron sin signos de enfermedades metabólicas.
El cuerpo de Dolly fue donado por el Instituto Roslin al Museo Nacional de Escocia, en Edimburgo, donde permanece como una de las piezas más visitadas de la colección.
La transferencia nuclear de células somáticas —el método que produjo a Dolly— fue aplicada después en cerdos, ciervos, ratones, conejos, monos y bovinos. La Argentina se sumó a esa práctica en 2002, cuando una empresa clonó una ternera de la especie Jersey a partir de una célula embrionaria, y se convirtió en el noveno país del mundo en clonar vacunos. En 2010 nació en el país el primer caballo clonado, de raza criolla. En diciembre de 2013 llegó la primera yegua de polo clonada en América Latina.

En abril de 2013, un grupo de investigadores logró clonar las primeras células madre embrionarias humanas a partir de una célula de piel de un adulto. Esas células, capaces de dar origen a tejidos del corazón, el hígado, el riñón y el sistema nervioso, abrieron una línea de investigación orientada a tratar enfermedades mediante materiales biológicos compatibles con el sistema inmunitario de cada paciente.
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