
Un paciente con esclerosis lateral amiotrófica (ELA) logró mejorar la forma de hablar y comunicarse de forma independiente y fluida desde su casa luego de tres años de haber recibido un implante cerebral conectado a una computadora, marcando un hito en la historia de las tecnologías asistivas y la neuroingeniería.
Casey Harrell, el hombre de de 48 años diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA) hace seis, logró comunicarse a una velocidad promedio de 56 palabras por minuto gracias a una nueva interfaz que traduce la actividad neuronal en texto, que aparece en la pantalla de una computadora y le permite usarla, enviar mensajes de texto y correos electrónicos, y continuar con su trabajo en defensa del medio ambiente.
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El estudio, publicado en Nature Medicine y liderado por un equipo internacional de científicos de la Universidad de California en Davis, la Universidad de Utrecht y la Universidad de Brown, mostró que el sistema permitió a Harrell mantener conversaciones, controlar su ordenador y sostener un empleo a tiempo completo, sin asistencia técnica diaria.

La enfermedad neurodegenerativa había debilitado las conexiones entre su córtex motor y los músculos que controlan su lengua, labios, y laringe, lo que le llevó a perder la capacidad de pronunciar palabras de forma comprensible.
La pérdida del habla y de la función motora, común en personas con ELA o lesiones cerebrales graves, suele condenar a los pacientes al aislamiento y a la dependencia de cuidadores. Las alternativas existentes como los dispositivos de rastreo ocular o los sistemas de comunicación asistida son lentas, cansadoras y requieren apoyo frecuente.
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El desafío científico fue crear una solución robusta y autónoma que devolviera la capacidad de hablar y manipular el mundo digital a quienes pierden el control sobre su cuerpo.
Las interfaces cerebro-computadora (BCI, por sus siglas en inglés) representan la frontera más prometedora de esta transformación. Capturan la actividad cerebral relacionada con el habla o el movimiento imaginado y la traducen en palabras o acciones digitales. Así, los algoritmos asignan palabras a corrientes eléctricas concretasque se producen en el cerebro cuando el paciente las dice.
Las BCI intracorticales, que reciben señales directamente de la corteza cerebral a través de microelectrodos implantados, demostraron los mayores niveles de precisión en laboratorios, pero nunca antes se había validado su uso prolongado y sin supervisión en el hogar.
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El caso que cambió la visión sobre la autonomía y el habla
Antes del estudio, la comunicación de Harrell dependía de intérpretes expertos o de un mouse giroscópico controlado con la cabeza, con velocidades limitadas a 6-7 palabras por minuto.
Como detalló Infobae, en 2023, Harrell recibió cuatro matrices de microelectrodos de 64 canales cada una en la zona motora del habla de su cerebro, conectadas a un sistema instalado en su hogar.
A diferencia de los experimentos previos, la BCI se diseñó para el uso independiente y cotidiano, con un carrito móvil de computadoras y software inteligente, y cuidadores familiares entrenados para activar el dispositivo sin ayuda de los investigadores.
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El sistema empleó tres decodificadores en paralelo: uno de habla basado en redes neuronales, uno de cursor para controlar el mouse y uno de gestos para simular clics, combinados con seguimiento ocular para facilitar la selección de opciones en pantalla.
La clave del éxito residió en la estabilidad y precisión del software. Los decodificadores, especialmente el de habla, fueron capaces de transformar las señales neuronales en texto con un promedio de 56 palabras por minuto, una cifra cercana a la conversación natural.
Harrell pudo comunicarse durante más de 3.800 horas a lo largo de casi dos años, generando 183.060 frases (1.960.163 palabras) sin supervisión técnica diaria.
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El sistema permitió alternar entre control ocular y control neuronal del cursor, dependiendo de la preferencia o el cansancio, y ofreció una experiencia de usuario flexible y adaptable. La calibración diaria del cursor pasó de tomar 17 minutos a solo 9 minutos gracias a la mejora de los algoritmos de decodificación, lo que facilitó la autonomía del paciente.
La precisión en la decodificación de frases fue asombrosa: el 92% de las oraciones cotidianas fueron “al menos mayormente correctas”, según el propio usuario, y en pruebas estructuradas la precisión superó el 99% con un vocabulario de 125.000 palabras. El participante podía corregir la salida tras cada oración y calificar su exactitud, lo que permitió ajustar el desempeño de manera continua.
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Implicancias técnicas y humanas del avance
El estudio documentó que la independencia y el uso prolongado fueron posibles gracias a la estabilidad de las señales neuronales y a un software con autoajuste, corrección en pantalla y automatización integrada. Más del 90% de los electrodos detectaron actividad durante los 19 meses del ensayo, y los patrones neuronales asociados al habla y gestos imaginados se mantuvieron estables pese a las posibles fluctuaciones naturales del implante.
El paciente usó la BCI para navegar en internet, enviar emails, mantener un empleo y comunicarse en el hogar sin depender de intérpretes ni de sistemas convencionales. La velocidad y la precisión superaron ampliamente a los métodos disponibles, marcando un salto cualitativo en la calidad de vida y la integración social de personas con parálisis severa.
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Los científicos liderados por Nicholas Card, de California en Davis, reconocen que el ensayo se realizó en un solo paciente y con un sistema aún poco portátil. El siguiente reto será probar versiones miniaturizadas, inalámbricas y más fáciles de implantar, para evaluar su viabilidad en usuarios diversos y en contextos menos controlados. El objetivo final es lograr precisiones equiparables al habla natural conversacional y sistemas tan sencillos que cualquier cuidador pueda activarlos sin capacitación técnica avanzada.
El éxito de este caso pionero se apoyó en avances de ingeniería, algoritmos de decodificación más robustos, menor necesidad de recalibración y una interfaz de usuario capaz de adaptarse a las limitaciones físicas del paciente. La preferencia del paciente por la BCI frente a los dispositivos asistidos convencionales, y su adopción en diferentes contextos personales y profesionales, refuerza la idea de que las interfaces cerebro-computadora pueden dejar de ser experimentos de laboratorio para pasar a ser herramientas esenciales en la vida real.
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El estudio también deja abierta la discusión sobre la escalabilidad, la portabilidad y la consistencia del uso cotidiano de estas tecnologías. Los autores destacan que el futuro de las BCI intracorticales pasa por resolver estos desafíos y por ampliar la muestra de usuarios, para garantizar que los beneficios comprobados en este ensayo se traduzcan en un impacto social mayor.
La investigación publicada en Nature Medicine marca un antes y un después en la integración práctica de neurotecnologías asistivas. Por primera vez, una persona con parálisis severa fue capaz de comunicarse y gestionar el entorno digital de forma autónoma, prolongada y eficiente, abriendo la puerta a un futuro en el que la pérdida del habla y la conexión digital ya no sean una condena inevitable para quienes sufren trastornos neuromotores devastadores.
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