
La salud en la adultez podría comenzar a definirse mucho antes del nacimiento. Cada vez más investigaciones sugieren que el riesgo de desarrollar determinadas enfermedades no depende únicamente de factores como la alimentación, el ejercicio o los hábitos adoptados con el paso de los años, sino también de procesos biológicos que ocurren durante la gestación.
Según explicaron Jorge López-Tello, investigador principal de la Universidad Autónoma de Madrid, y Rubén Bermejo Poza, profesor ayudante doctor del Departamento de Producción Animal de la Universidad Complutense de Madrid, en un artículo publicado en The Conversation, las señales que recibe el organismo dentro del útero pueden influir de forma duradera en su funcionamiento y condicionar aspectos clave de la salud futura.
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Esa influencia prenatal no se limitaría a una etapa temprana del desarrollo. Investigaciones sobre la hambruna de Holanda de 1944-1945 hallaron que quienes estuvieron expuestos a la desnutrición en el vientre materno presentaron décadas después más enfermedades metabólicas y cardiovasculares, y que los hijos de hombres que atravesaron esa experiencia fetal tendían a tener mayor peso e índice de masa corporal en la edad adulta, detalló el artículo.
La explicación es simple: una parte de lo que una persona será —incluido su riesgo de enfermar— se define durante la vida intrauterina, un período sin memoria consciente pero con efectos duraderos.
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El desarrollo fetal condensa en apenas nueve meses un proceso biológico de alta complejidad y fragilidad. En ese lapso un conjunto de células se convierte en un organismo organizado, y cada señal del entorno puede influir en ese recorrido.

Cómo la placenta regula el desarrollo fetal
El feto no crece aislado, sino dentro de un entorno concreto: el cuerpo materno. La salud de la madre, su alimentación, su nivel de estrés y sus condiciones de vida dejan huella desde el inicio del embarazo.
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En ese intercambio, la placenta cumple una función decisiva: no actúa solo como un puente entre madre y bebé, sino como un órgano activo que regula qué nutrientes, cuánto oxígeno y qué señales hormonales llegan al feto.
Ese papel incluye una tarea de interpretación biológica en la que la placenta traduce la realidad materna en señales para el organismo en desarrollo y, a partir de esa información, el feto ajusta su crecimiento y el funcionamiento de sus órganos.
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Cuando el entorno es favorable, el desarrollo sigue su curso; si aparecen cambios como diabetes gestacional, hipertensión o estrés, la placenta puede modificar su estructura, su tamaño o su funcionamiento para sostener la supervivencia. Esa adaptación puede ser eficaz a corto plazo, pero los ajustes que ayudan al feto a avanzar en un ambiente adverso no siempre coinciden con las condiciones que encontrará después del nacimiento.

Cómo el embarazo puede programar enfermedades
En la década de 1980, el epidemiólogo David Barker observó que las personas con bajo peso al nacer tenían más riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y metabólicas en la adultez, lo que empezó a consolidar la idea del origen prenatal de muchas enfermedades.
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Desde entonces, esa hipótesis se amplió, y hoy se sabe que la nutrición materna, el metabolismo y el estrés pueden “programar” el organismo en desarrollo y dejar una huella que persiste durante toda la vida.
Un estudio citado, realizado en Suiza y Dinamarca con casi 7 millones de mujeres, determinó que el estrés materno vinculado a la pérdida de un familiar cercano durante el tercer trimestre del embarazo se relacionaba con un mayor riesgo de cardiopatía isquémica en la descendencia a lo largo de la vida.
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Otras investigaciones sugieren que la programación prenatal también alcanzaría patologías más complejas: un estudio con más de un millón de personas encontró que nacer con un peso elevado para la edad gestacional o haber estado expuesto a diabetes materna se asociaba con un mayor riesgo de desarrollar esclerosis múltiple en la edad adulta.

Cómo la epigenética explica la herencia del entorno prenatal
El caso de la hambruna de Países Bajos planteó además un interrogante sobre la transmisión de esas huellas. La experiencia fetal de una generación podría influir en la siguiente.
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La explicación propuesta pasa por la epigenética, la disciplina que estudia cómo ciertos mecanismos regulan la expresión de los genes sin modificar el ADN: no alteran la secuencia genética, pero sí la manera en que esa secuencia se lee.
Bajo esa lógica, el entorno deja marcas biológicas y, en algunos casos, esas marcas podrían transmitirse. El embarazo no solo construye un cuerpo, sino que también puede transferir información sobre el mundo en el que ese cuerpo tendrá que vivir.
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Esa perspectiva cambia el modo de pensar la gestación. Para los investigadores, “cuidar el embarazo no es solo acompañar el inicio de una vida; es influir en su trayectoria futura y, quizá, en la de las siguientes generaciones”.
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