
Durante décadas, la investigación en enfermedades neurodegenerativas se centró principalmente en la sustancia gris del cerebro, donde se procesan funciones como la memoria, el pensamiento y la toma de decisiones. Sin embargo, un nuevo estudio propone un cambio de perspectiva: las conexiones entre esas áreas también podrían ser decisivas en el origen y evolución del daño cerebral.
Un equipo de la University of Cambridge encontró que las lesiones en la sustancia blanca —la red que conecta distintas regiones del cerebro— no solo afectan localmente, sino que desencadenan cambios en áreas distantes. Este hallazgo, publicado en la revista Nature, redefine cómo se entiende la neurodegeneración y abre nuevas posibilidades para intervenir de manera más efectiva.
Qué es la sustancia blanca y por qué es clave
El cerebro está compuesto por distintos tipos de tejido con funciones complementarias. La sustancia gris contiene los cuerpos de las neuronas y actúa como centro de procesamiento de la información. En cambio, la sustancia blanca funciona como una red de comunicación, está formada por fibras que conectan distintas regiones cerebrales.

Una forma simple de entenderlo es pensar en una ciudad. La sustancia gris sería como los edificios donde ocurre la actividad —oficinas, escuelas, centros de decisión—, mientras que la sustancia blanca serían las rutas y autopistas que permiten que todo esté conectado. Si esas vías se dañan, la información no circula correctamente, aunque los “centros” sigan intactos.
Estas fibras están recubiertas por mielina, una sustancia que actúa como aislante y permite que las señales eléctricas se transmitan de forma rápida y eficiente. Cuando este recubrimiento se deteriora, la comunicación entre neuronas se vuelve más lenta o se interrumpe.
Cómo una lesión localizada puede afectar todo el cerebro
El trabajo de la University of Cambridge muestra que una lesión puntual en la sustancia blanca puede desencadenar una reacción en regiones de sustancia gris que están conectadas, incluso si están alejadas del daño inicial.
Siguiendo la analogía, sería como un corte en una autopista principal: aunque el problema esté en un punto específico, el impacto se siente en distintos sectores de la ciudad. Algo similar ocurre en el cerebro, donde las distintas áreas dependen de esas conexiones para funcionar de manera coordinada.

Los investigadores observaron que este tipo de lesión provoca una disminución en la actividad neuronal, la activación de células inmunitarias del cerebro —conocidas como microglía— y una pérdida de conexiones entre neuronas. El experimento se realizó en modelos animales con lesiones controladas en circuitos cerebrales relevantes, lo que permitió seguir en detalle el proceso desde el daño inicial hasta la recuperación.
Tras la regeneración de la mielina en la zona dañada, tanto la actividad como las conexiones neuronales y la inflamación regresaron a sus niveles normales.
El papel de la inflamación en la reparación cerebral
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es la reinterpretación del rol de la inflamación. Tradicionalmente, se la consideraba un proceso perjudicial en el cerebro. Sin embargo, los resultados muestran que, en ciertas condiciones, cumple una función clave en la reparación.
El equipo liderado por Ragnhildur Thóra Káradóttir identificó que una activación temporal de la microglía forma parte de un mecanismo de defensa. Es una especie de respuesta de “emergencia” del cerebro para intentar reparar el daño.
Cuando los investigadores bloquearon esta reacción, la regeneración de la mielina fue incompleta. En cambio, cuando se impidió esa reparación, la inflamación se volvió persistente, algo que se asocia con la progresión de enfermedades como el alzhéimer, el párkinson o la esclerosis múltiple.

Este equilibrio entre daño, respuesta inmune y reparación aparece como un factor central para mantener la funcionalidad del cerebro.
El estudio también mostró que, una vez que la mielina se regenera en la zona afectada, la actividad neuronal, la conectividad y la inflamación vuelven a niveles normales. Este dato es clave porque sugiere que el cerebro tiene cierta capacidad de recuperación si se dan las condiciones adecuadas.
Hasta ahora, muchas terapias se enfocaban en reducir la inflamación. Sin embargo, estos hallazgos indican que promover la reparación de la mielina podría ser igual o incluso más importante. En términos simples, no se trataría solo de “apagar el incendio”, sino también de reconstruir la infraestructura dañada para que el sistema vuelva a funcionar.
Implicancias para enfermedades como alzhéimer y esclerosis múltiple
Las conclusiones del estudio tienen especial relevancia en enfermedades donde la mielina está comprometida. En la esclerosis múltiple, por ejemplo, el sistema inmunológico ataca este recubrimiento, lo que interrumpe la comunicación entre neuronas.
Según los investigadores, cuando la reparación falla, la inflamación se mantiene activa y el deterioro continúa. Por el contrario, favorecer ese proceso podría ayudar a frenar la progresión de la enfermedad.

Además, el hecho de que una lesión localizada pueda generar efectos en distintas áreas del cerebro refuerza la necesidad de tratamientos integrales, que tengan en cuenta la red completa y no solo el sitio del daño inicial.
El profesor Alasdair Coles destacó que estos hallazgos sugieren que las terapias orientadas a mejorar la regeneración de mielina podrían tener un impacto amplio en distintos trastornos cerebrales.
En la misma línea, Káradóttir señaló que una lesión en la sustancia blanca no es simplemente un daño localizado, sino el inicio de una respuesta coordinada del cerebro que busca repararse.
Este enfoque propone un cambio conceptual: en lugar de entender la neurodegeneración solo como un proceso de deterioro, plantea que también depende de la capacidad del cerebro para repararse y mantener el equilibrio.

El estudio aporta una nueva forma de entender cómo se desarrollan las enfermedades del cerebro. Al demostrar que las conexiones neuronales tienen un papel central, amplía el campo de investigación y abre nuevas estrategias terapéuticas.
En lugar de centrarse únicamente en frenar el deterioro, el desafío ahora es potenciar los mecanismos naturales de reparación del cerebro. En ese camino, mejorar la capacidad de reconstruir sus propias conexiones aparece como una de las claves más prometedoras para enfrentar enfermedades que, hasta ahora, son difíciles de tratar.
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