
La respiración disfuncional, un patrón respiratorio alterado que afecta la forma y la frecuencia con la que se inhala y exhala, es más frecuente de lo que se supone: hasta el 12% de los adultos presentan algún nivel de este trastorno. Puede manifestarse como agotamiento crónico, insomnio o agravamiento de asma y ansiedad, y suele pasar inadvertida, lo que repercute en la calidad de vida diaria, según informó el diario británico The Guardian.
Estas manifestaciones pueden presentarse incluso en reposo y en personas sin enfermedades pulmonares, lo que dificulta su identificación temprana. No obstante, en casos donde coexisten con enfermedades como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) o el asma, la gravedad del trastorno puede incrementarse.
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Según la doctora Juanita Mora, portavoz de la organización estadounidense American Lung Association, la respiración disfuncional es especialmente frecuente en adultos con asma, donde la prevalencia alcanza hasta un 30%.
Síntomas y efectos
Entre los síntomas más frecuentes de la respiración disfuncional se encuentran la sensación persistente de falta de aire, episodios de hiperventilación, respiración superficial y el uso predominante de la boca en lugar de la nariz.
El ciclo propio de la respiración disfuncional suele perpetuarse. El profesor Stephen Fowler de la Universidad de Manchester afirmó que las personas pueden verse envueltas en un “círculo vicioso”, donde la ansiedad y el malestar respiratorio se intensifican mutuamente: “Puede causar hiperventilación, aumentando la sensación de falta de aire”.
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El especialista en psicología Robert Cuyler, cuya investigación explora la relación entre función respiratoria y salud mental, puntualizó la reacción inmediata del cuerpo ante patrones inadecuados: “Si uno contiene la respiración, el malestar llega en 15 a 30 segundos”.
Según Fowler, cuando el equilibrio entre oxígeno y dióxido de carbono se altera, el cerebro puede enviar señales para aumentar la frecuencia respiratoria aunque no sea necesario, lo que hace que personas en reposo respiren tan intensamente como si realizaran actividad física ligera.

El abanico de consecuencias va desde fatiga persistente, insomnio, depresión, tensión muscular en cuello y hombros, hasta el agravamiento de enfermedades como asma, síndrome del intestino irritable y afecciones cardiovasculares. Mora agrega que pueden aparecer mareos o la llamada “hambre de aire”, producto de la alteración en los gases sanguíneos y el esfuerzo muscular inusual.
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Diagnóstico y abordaje multidisciplinario
La evaluación de las alteraciones respiratorias puede ser realizada por médicos de atención primaria, neumólogos, fisioterapeutas o expertos en ejercicio físico. La doctora Dena Garner, con más de 15 años en el estudio de la mecánica respiratoria en deportistas, advirtió que no existe un estándar universal para valorar a personas sanas; el diagnóstico se apoya principalmente en la observación clínica y la pericia del equipo médico.
El abordaje del trastorno depende de la causa, pero suele incluir entrenamiento en técnicas respiratorias y cambios de hábitos. Hay dispositivos para medir el dióxido de carbono espirado y para auxiliar en la readaptación del ritmo de inhalación y exhalación, así como en la postura bucal y lingual.
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Ante cuadros complejos, el profesor Fowler dirige un equipo multidisciplinario en el que médicos, logopedas, psicólogos y fisioterapeutas colaboran estrechamente, aunque reconoce que hay pocos equipos de este tipo y suelen enfocarse en casos de disnea de origen pulmonar severo. Sin embargo, hay muchas personas con problemas menos graves que igualmente ven su vida diaria afectada.

Herramientas y recomendaciones
La doctora Mora sugirió un procedimiento simple de autoevaluación: “Coloque una mano en el pecho y otra en el abdomen, en reposo o sentado; la mano del abdomen debe elevarse al inhalar, lo que indica respiración diafragmática, y no la del pecho”, explicó. Una respiración correcta es lenta, silenciosa y por la nariz; la problemática, en cambio, es superficial, rápida, realizada por la boca o involucra movimientos de hombros.
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Garner coincidió en la importancia de tomar conciencia sobre el ritmo respiratorio y que los pacientes lo reduzcan voluntariamente para disminuir la reacción física ante el estrés. La mejora en el control de la respiración puede traducirse en un rítmo cardiaco más estable y mayor bienestar. “Aconsejo a la gente observar su frecuencia respiratoria. Disminuirla conscientemente ayuda a regular la reacción al estrés”, señaló.
Para la mayoría de los pacientes, la educación y el aprendizaje conductual funcionan bien para interrumpir el ciclo de hiperventilación y ansiedad. Fowler señaló que prestar demasiada atención al hecho de respirar puede aumentar la sensación de falta de aire: “Una vez que uno lo nota, también puede sentirse más sin aire”.
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Por esta razón, los médicos recomiendan redirigir la atención a actividades placenteras y ralentizar la respiración de forma intuitiva, sin contar los segundos, con el fin de evitar la hiperconsciencia y su efecto contraproducente.
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