
Un estudio a gran escala sugiere que mantener una edad biológica menor que la cronológica podría asociarse con un menor riesgo de accidente cerebrovascular (ACV) y con mejores indicadores de salud cerebral.
Los ACV constituyen uno de los principales problemas de salud pública. Cada año se registran alrededor de 12 millones de casos en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo que convierte a esta enfermedad en una de las principales causas de muerte y discapacidad.
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En este contexto, los resultados, basados en datos de más de 250.000 personas, serán presentados en la conferencia anual de la American Academy of Neurology y aportan nuevas pistas sobre cómo el envejecimiento del organismo influye en el cerebro.
La investigación indica que reducir la diferencia entre la edad biológica y la cronológica se relaciona con una menor probabilidad de sufrir un ictus y con menos signos de daño cerebral detectados en resonancias magnéticas. Estas asociaciones se mantuvieron incluso después de considerar factores como la salud cardiovascular o el contexto socioeconómico.
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La llamada edad biológica intenta estimar cómo envejece realmente el organismo, a diferencia de la edad cronológica, que simplemente indica los años transcurridos desde el nacimiento. Para calcularla, los científicos utilizan biomarcadores presentes en la sangre que reflejan distintos procesos fisiológicos del cuerpo.
En términos simples, dos personas que tienen la misma edad en el calendario pueden presentar organismos que envejecen a ritmos distintos. Ese envejecimiento acelerado o más lento puede influir en el riesgo de desarrollar diversas enfermedades, incluidas las que afectan al cerebro.
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Cyprien Rivier, profesor de la Universidad de Yale y autor principal del trabajo, destacó el potencial de este enfoque para la prevención. “Modificar nuestra edad biológica podría representar una vía para preservar la salud cerebral”, afirmó.
Los hallazgos fueron difundidos en forma de resumen científico en la revista Stroke. El trabajo será presentado de manera completa en la reunión científica, que se celebrará en Chicago entre el 18 y el 22 de abril de 2026
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Cómo se analizó la diferencia entre edad biológica y cronológica

Para investigar esta relación, el equipo utilizó datos del UK Biobank, una de las bases de información biomédica más grandes del mundo. En total, 258.169 participantes fueron evaluados inicialmente mediante el análisis de 18 biomarcadores sanguíneos, entre ellos colesterol, volumen promedio de glóbulos rojos y recuento de glóbulos blancos.
Estos indicadores permiten estimar el estado fisiológico del organismo y calcular una aproximación del envejecimiento biológico.
Un subgrupo de 6.085 personas fue examinado nuevamente 6 años después. Para estimar este proceso, los investigadores aplicaron un modelo estadístico que integra resultados de laboratorio con variables como edad y sexo.
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Durante un seguimiento promedio de 10 años, los científicos registraron la aparición de accidentes cerebrovasculares y evaluaron distintos aspectos de la salud cerebral. También se realizaron pruebas cognitivas centradas en memoria y fluidez mental, además de resonancias magnéticas destinadas a identificar posibles alteraciones estructurales.

Al comienzo del estudio, la edad biológica promedio era de 54 años, mientras que la edad cronológica media alcanzaba los 56 años. Seis años después, esas cifras habían aumentado a 58 y 62 años, respectivamente.
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El análisis mostró que una aceleración del envejecimiento biológico al inicio del estudio se asociaba con peores resultados en las pruebas cognitivas y con mayores señales de daño cerebral en las imágenes.
Relación entre envejecimiento biológico y salud cerebral
Los resultados indicaron que las personas cuyo organismo parecía más “envejecido” que su edad real presentaban peores indicadores de salud cerebral al final del período de observación.
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En este grupo, las resonancias magnéticas revelaron una mayor presencia de hiperintensidades de la sustancia blanca, un tipo de lesión asociada con deterioro del tejido cerebral. También obtuvieron puntuaciones más bajas en pruebas de memoria y fluidez mental.
El riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular fue 41% más alto entre quienes mostraban un envejecimiento biológico acelerado.

En contraste, los participantes que lograron reducir la diferencia entre su edad biológica y cronológica durante el seguimiento presentaron resultados más favorables. En este grupo, la probabilidad de ictus fue 23% menor.
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Además, los estudios de resonancia indicaron un volumen de daño cerebral 13% inferior por cada mejora registrada en esa brecha, en comparación con quienes no mostraron cambios.
Las asociaciones con el rendimiento cognitivo fueron menos consistentes una vez que se ajustaron variables como las enfermedades cardiovasculares, lo que sugiere que otros factores también influyen en la evolución de las funciones mentales.
El análisis estadístico incluyó tanto accidentes cerebrovasculares totales como los de origen isquémico (aquellos que ocurren cuando un coágulo bloquea el flujo de sangre hacia el cerebro) y en ambos casos se observaron efectos favorables cuando la diferencia entre ambas edades disminuía.
Estos hallazgos respaldan la idea de que el envejecimiento biológico podría convertirse en un objetivo importante para las estrategias de prevención en neurología.
Perspectivas y límites del estudio

A pesar de la magnitud de los datos analizados, los investigadores advierten que los resultados muestran asociaciones, pero no demuestran una relación causal directa entre la mejora de la edad biológica y la reducción del daño cerebral.
El diseño observacional del trabajo, sumado a que solo una parte de los participantes repitió las mediciones de biomarcadores, limita las conclusiones sobre los cambios a largo plazo, especialmente en lo relativo a la función cognitiva.
Sin embargo, los científicos señalan que diversos hábitos vinculados con la salud cardiovascular podrían influir en este proceso. Entre ellos mencionan una alimentación equilibrada, la actividad física regular, el descanso adecuado y el control de la presión arterial.
Aunque estos factores no fueron evaluados directamente en la investigación, forman parte de las estrategias que los especialistas consideran clave para mantener un envejecimiento saludable.
Los autores subrayan que serán necesarios nuevos estudios para determinar si intervenir sobre estos hábitos puede traducirse en una reducción efectiva del riesgo de accidente cerebrovascular y del daño cerebral asociado al envejecimiento.
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