
Durante años se asumió que para estudiar bien es necesario el silencio. Bibliotecas, auriculares con cancelación de ruido y espacios aislados se convirtieron en símbolos de concentración. Sin embargo, un estudio de la Universidad Bar-Ilan, en Israel, desafía esa idea: el verdadero factor que determina la atención no es el nivel de ruido, sino el interés que despierta el contenido.
La investigación, publicada en npj Science of Learning, sugiere que el aburrimiento puede generar más estrés fisiológico que el ruido ambiental. Es decir, intentar concentrarse en algo que no resulta interesante puede ser más desgastante para el cerebro que estudiar en medio de sonidos molestos.
Cómo se hizo el estudio
El trabajo fue liderado por la Dra. Elana Zion Golumbic, especialista en neurociencia cognitiva, en colaboración con la Universidad Carl von Ossietzky de Alemania.

Participaron 32 voluntarios que debían mirar una videolección de 35 minutos en distintos contextos acústicos. En algunas condiciones, el entorno era silencioso. En otras, se reproducían sonidos de construcción, como taladros y martillos neumáticos, para simular un ambiente urbano o doméstico con distracciones intensas.
Mientras los participantes seguían la clase, los investigadores registraron su actividad cerebral mediante electroencefalogramas (EEG). También midieron indicadores fisiológicos de estrés a través de la conductancia de la piel, un parámetro que aumenta cuando el cuerpo experimenta activación o tensión.
Además, los voluntarios calificaban en tiempo real qué tan interesante les resultaba cada segmento del contenido y luego respondían preguntas para evaluar su comprensión.
Lo que descubrieron

Los resultados fueron claros. Cuando el contenido era percibido como interesante, el cerebro de los participantes mostraba una sincronización más fuerte con la voz del docente. Esa conexión permitió que filtraran mejor los ruidos externos y mantuvieran la atención.
En cambio, cuando los tramos eran considerados aburridos, la actividad cerebral indicaba mayor divagación mental y menor enfoque, incluso cuando el entorno estaba en silencio.
Lo más llamativo fue la respuesta fisiológica. Los niveles de activación asociados al estrés fueron más altos durante los segmentos poco interesantes que durante los momentos con ruido intenso.
El esfuerzo mental por intentar concentrarse en algo que no genera interés produce una carga fisiológica mayor que la presencia de distracciones sonoras.
Por qué ocurre esto

El cerebro no es un receptor pasivo de información. Funciona más como un filtro dinámico que decide qué señales priorizar.
Cuando el contenido despierta interés, el sistema atencional se activa de forma más eficiente. Es como si el cerebro subiera el volumen de la información relevante y bajara el del entorno. En cambio, cuando la motivación es baja, esa capacidad de filtrado disminuye y la mente tiende a dispersarse.
Intentar obligarse a prestar atención sin motivación implica un esfuerzo adicional. Eso se traduce en mayor activación fisiológica y, por lo tanto, mayor sensación de estrés.
En términos simples, el cerebro prefiere trabajar con algo que le importa. Cuando no lo logra, se “cansa” más.
Implicancias para la educación

Los hallazgos cuestionan la idea de que el ruido es siempre el principal enemigo del aprendizaje. Si bien sonidos impredecibles pueden resultar molestos, el grado de interés del estudiante parece tener un impacto más profundo en la comprensión y retención de la información.
La Dra. Golumbic señaló que diseñar materiales educativos más atractivos podría ser más efectivo que centrarse exclusivamente en controlar el ambiente acústico.
El estudio también ayuda a explicar por qué algunas personas logran estudiar en una cafetería ruidosa mientras otras se distraen incluso en espacios silenciosos. Si el contenido resulta significativo, el cerebro puede crear una “barrera” natural frente al ruido. Sin interés, incluso el silencio puede volverse insuficiente.
El equipo planea ampliar el trabajo para evaluar cómo evoluciona la atención en entornos reales, tanto en aulas presenciales como virtuales. El objetivo es desarrollar herramientas que permitan monitorear el compromiso cognitivo en tiempo real y comprender mejor cómo gestionar la sobrecarga sensorial.
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