
La salud en los primeros años responde a factores de difícil percepción para padres y cuidadores. Entre estos, el microbioma infantil —el conjunto de billones de bacterias, virus y hongos presentes en el cuerpo— cumple una función esencial en el desarrollo físico, mental y cognitivo.
Según especialistas citados por New Scientist, la correcta formación de este ecosistema microbiano en los primeros 1.000 días —desde la gestación hasta los dos años— puede definir la salud futura, y existen medidas accesibles para favorecer su equilibrio.
Desarrollo cerebral y enfermedades: el rol del microbioma
La relevancia del microbioma en la niñez se ha fortalecido en la investigación médica actual. Federica Amati, experta en nutrición del Imperial College School of Medicine, afirmó: “Los primeros 1.000 días de vida son increíblemente importantes para sembrar el microbioma. Una vez establecido, resulta difícil modificarlo”. Esta colonización inicial influye tanto en la salud física como en el desarrollo cerebral, la salud mental en la adolescencia y la aparición de enfermedades cognitivas en la adultez.
New Scientist destaca que los productos generados por la actividad microbiana intervienen en la formación y eliminación de conexiones cerebrales, proceso crítico para el desarrollo neurológico. Cuando el equilibrio microbiano se altera, pueden surgir inflamaciones intestinales crónicas, asociadas con depresión y enfermedades neurodegenerativas.
Además, investigaciones recientes vinculan los desequilibrios en el microbioma con trastornos como el autismo y el Parkinson, e indican que intervenciones como los trasplantes fecales pueden mejorar síntomas intestinales y conductuales en niños con autismo.

Factores determinantes del microbioma en la infancia
Diversos elementos inciden en la composición del microbioma en los primeros años. La lactancia materna —gracias a compuestos que estimulan bacterias como Bifidobacterium— actúa como factor protector que las fórmulas artificiales no igualan, ya que estas bacterias funcionan como barrera frente a microorganismos perjudiciales.
El uso de antibióticos en la infancia tiene impacto, porque elimina tanto bacterias beneficiosas como dañinas. James Kinross, cirujano colorrectal del Imperial College London, explicó en New Scientist que la prescripción de antibióticos debe considerarse cuidadosamente para no afectar el desarrollo intestinal.
Al pasar el primer año, la alimentación se convierte en el principal modulador del microbioma, y la variedad resulta fundamental. Amati subraya que esta variedad debe basarse en alimentos integrales, en lugar de productos ultraprocesados dirigidos a la infancia.
Prácticas cotidianas para fortalecer el microbioma
Padres y cuidadores cuentan con medidas eficaces para favorecer un microbioma saludable. Nancy Bostock, pediatra en The Croft Child and Family Unit de Cambridge, recordó que “la comida antes del primer año es solo para divertirse”, ya que los niños pequeños no requieren grandes cantidades de alimento.
Y la persistencia es clave: “Ofrézcalo veinte veces”, agregó Bostock, en alusión a la importancia de presentar repetidamente nuevos alimentos hasta que sean aceptados.
Amati sugiere alternativas asequibles y saludables como lentejas enlatadas o frambuesas congeladas. El contacto con la naturaleza y el suelo potencia la diversidad microbiana. “Somos completamente codependientes de la salud del suelo. El microbioma del suelo determina los alimentos que consumimos, y estos, a su vez, nuestra salud diaria”, advierte Kinross. Incluso acciones cotidianas como pasar tiempo al aire libre o cultivar plantas en casa ofrecen beneficios significativos.

Hipótesis de la higiene y “viejos amigos”: enfoques sobre la exposición microbiana
En este escenario, es esencial diferenciar la “hipótesis de la higiene” de la “hipótesis de los viejos amigos”. La primera, hoy descartada, asociaba el incremento de enfermedades inflamatorias con el exceso de limpieza doméstica. La segunda sostiene que la disminución de la exposición a microbios aliados —habituales en el suelo, animales o personas— por cambios en los hábitos, como menos tiempo al aire libre, ha favorecido el aumento de enfermedades crónicas.
Lo determinante es la exposición a microorganismos que han acompañado a la humanidad durante su evolución, no a agentes infecciosos.
Educación alimentaria y formación de hábitos
Especialistas citados por New Scientist insisten en la importancia de educar a los niños sobre el valor de su microbioma y evitar restricciones alimentarias extremas.
Bostock advirtió que prohibir o etiquetar alimentos como “buenos” o “malos” aumenta el riesgo de alteraciones alimentarias y obesidad. La recomendación es brindar variedad, compartir las comidas en familia y valorar cada alimento por su aporte nutricional y su papel en el crecimiento.
Cuando los niños comprenden la función de su microbioma y reciben motivación para cuidar a sus “buenos microbios”, establecen una relación positiva con la alimentación, lo que les permite consolidar hábitos saludables para toda la vida.
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