
De la creencia de los faraones y su descendencia divina hasta la revelación del ADN de un artesano, la ciencia ha buscado conexiones genéticas que marquen la historia del antiguo Egipto. Un estudio internacional reveló una mezcla de linajes norteafricanos y mesopotámicos en un individuo de hace 4.500 años, aportando nueva luz sobre migraciones y diversidad genética en la región.
Durante la construcción de las primeras pirámides en Egipto, un hombre fue enterrado en una vasija de cerámica en la necrópolis de Nuwayrat, a 265 kilómetros al sur de El Cairo. Su esqueleto, conservado en el Museo Mundial de Liverpool, permitió a un equipo internacional de científicos secuenciar por primera vez el genoma completo de un individuo del antiguo Egipto.
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Según un informe publicado en la revista Nature, el análisis mostró que la mayor parte de la ascendencia genética del individuo era norteafricana, con un 22% procedente del Creciente Fértil, región que comprende la antigua Mesopotamia.
Se trata de la primera evidencia genética directa de migraciones humanas hacia Egipto en ese periodo, hasta ahora inferidas solo a partir de hallazgos arqueológicos.
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Contexto y procedencia: los detalles del hallazgo
El individuo vivió entre 2855 y 2570 a.C., durante la transición entre el Periodo Dinástico Temprano y el Imperio Antiguo, una fase clave en el desarrollo de la civilización egipcia. De acuerdo con el estudio, fue sepultado en una tumba excavada en la roca, dentro de una vasija de cerámica, un tipo de entierro reservado a personas de cierto estatus.
El esqueleto fue trasladado a Liverpool a principios del siglo XX, tras ser donado por el Servicio de Antigüedades Egipcias al equipo dirigido por John Garstang. Inicialmente, se almacenó en el Instituto de Arqueología de Liverpool y luego en el Museo Mundial, donde sobrevivió a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial que destruyeron buena parte de la colección de restos humanos.
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Ahora, el análisis osteológico identificó al individuo como un varón adulto de entre 44 y 64 años, con una estatura estimada entre 157 y 160 centímetros. En sus restos, presentaba signos de desgaste óseo, artritis y marcas musculares asociadas a largas horas sentado con las piernas extendidas, lo que apunta a una ocupación artesanal.
Joel Irish, profesor de Antropología en la Universidad John Moores de Liverpool, explicó: “Las marcas en el esqueleto son pistas sobre la vida del individuo... Apuntan a la cerámica, incluyendo el uso del torno, que llegó a Egipto aproximadamente en la misma época”.
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Extracción y secuenciación del ADN
El clima cálido y seco de Egipto dificultó históricamente la recuperación de ADN antiguo. El equipo del Instituto Francis Crick y la Universidad John Moores extrajo material genético de un diente, empleando técnicas avanzadas y rigurosos controles para evitar contaminación moderna.

El proceso incluyó la preparación de bibliotecas de ADN de cadena sencilla y secuenciación masiva en plataformas Illumina, logrando una cobertura suficiente para reconstruir el genoma completo. La autenticidad del ADN fue verificada mediante patrones de degradación y niveles bajos de contaminación nuclear y mitocondrial.
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Además, se realizaron análisis isotópicos en esmalte dental y colágeno para determinar el entorno de vida y la dieta del individuo. Los resultados indicaron que creció en el valle del Nilo, en un ambiente árido, y que consumía proteínas animales y vegetales como trigo y cebada.
Composición genética y evidencia de migraciones
El estudio reveló que el 78% de la ascendencia genética del individuo correspondía a poblaciones neolíticas del norte de África, en especial del actual Marruecos, y el 22% restante a grupos del Creciente Fértil. Este perfil constituye una evidencia directa de movimientos poblacionales desde Asia Occidental hacia Egipto durante las primeras dinastías.
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Hasta ahora, la presencia de objetos, tecnologías y escritura procedentes de Mesopotamia se atribuía a intercambios culturales, pero el genoma de Nuwayrat sugiere también mezcla genética.
Pontus Skoglund, líder del grupo de investigación en el Laboratorio de Genómica Antigua del Instituto Francis Crick, señaló: “Pasaron cuarenta años desde los primeros intentos de recuperar ADN de momias sin lograr una secuenciación exitosa... Este hallazgo ofrece la primera evidencia genética de posibles movimientos de personas en Egipto en ese momento”.
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Implicaciones históricas y antropológicas
La información genética refuerza décadas de investigaciones arqueológicas que documentan contactos entre Egipto y el Creciente Fértil desde el sexto milenio a.C., incluyendo la difusión de tecnologías como la cerámica y la escritura.
El hallazgo confirma que la civilización egipcia se desarrolló en interacción con poblaciones vecinas. Análisis morfológicos anteriores ya habían detectado similitudes entre egipcios antiguos y grupos del norte de África y Asia Occidental, aunque sin respaldo genómico directo.
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Según el estudio, la ascendencia mesopotámica identificada en Nuwayrat es comparable a la observada en poblaciones del Levante y Anatolia durante el Neolítico, lo que indica que los movimientos poblacionales y el mestizaje fueron frecuentes en la región.
Los autores aclaran que los resultados se basan en un único individuo, por lo que no deben extrapolarse a toda la población egipcia antigua. Adeline Morez Jacobs, primera autora del estudio, comentó: “Esperamos que futuras muestras de ADN del antiguo Egipto permitan determinar con mayor precisión cuándo comenzó este movimiento desde Asia Occidental”.
El equipo prevé ampliar la muestra en colaboración con investigadores egipcios, para secuenciar genomas de otras regiones y periodos. Esto permitiría trazar la evolución genética de Egipto en relación con los cambios documentados por la arqueología.
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