
Un grito en la noche, el llanto de un bebé o el sonido de una alarma pueden interrumpir el sueño más profundo, pero ¿qué ocurre en el cerebro cuando estos sonidos irrumpen en la tranquilidad nocturna?
Un reciente estudio realizado por científicos de la Universidad de Ginebra (UNIGE) y el Instituto Pasteur reveló que, incluso durante el sueño, el cerebro humano permanece en estado de alerta ante sonidos bruscos y urgentes, procesándolos de manera especial y desencadenando respuestas cerebrales específicas.
Según un comunicado de la universidad, estos hallazgos, publicados en la revista Scientific Reports, abren nuevas perspectivas sobre cómo el entorno sonoro nocturno puede influir en la salud mental y física, así como en la comprensión de diversos trastornos auditivos.
Un sonido áspero que activa la alerta
La clave del estudio está en una propiedad acústica conocida como aspereza sonora, que consiste en variaciones muy rápidas en la intensidad del sonido, entre 40 y 100 veces por segundo. Esta característica es la que distingue a los gritos humanos, el llanto infantil y muchas alarmas, que se perciben como molestos, penetrantes e imposibles de ignorar.
De acuerdo con la Universidad de Ginebra, este tipo de sonido activa una respuesta automática en el cerebro, incluso mientras dormimos. A diferencia del habla, que ocurre a frecuencias más lentas (entre 4 y 8 Hz), la aspereza estimula de inmediato el sistema auditivo y llega directamente a la amígdala, una zona del cerebro involucrada en las emociones y la vigilancia.

A su vez, Luc Arnal, investigador del Instituto Pasteur y codirector del estudio, explicó que estos sonidos provocan una sensación de urgencia, ya que el cerebro los reconoce como señales potenciales de peligro. Esta respuesta rápida y automática es parte de un mecanismo evolutivo que ayudó a sobrevivir como especie.
Cómo se estudia el cerebro dormido
Para investigar la reacción cerebral ante estos sonidos, los científicos trabajaron con 17 voluntarios que pasaron una noche en habitaciones controladas. Durante el experimento, se utilizaron electroencefalogramas (EEG) para registrar la actividad cerebral mientras los participantes dormían.
Guillaume Legendre, primer autor del estudio e integrante del equipo de la profesora Sophie Schwartz, explicó que se reprodujeron distintos tipos de llantos humanos, así como sonidos modificados artificialmente con diferentes niveles de aspereza y tono. Todo fue hecho a bajo volumen, lo suficiente para activar el cerebro sin despertar a los participantes.

Según el reporte de la Universidad de Ginebra, los resultados demostraron que no era el tono del sonido lo que disparaba la reacción cerebral, sino su aspereza. Este hallazgo sugiere que el cerebro prioriza ciertos tipos de señales auditivas, incluso en un estado de reposo aparente, como medida de protección.
Activación cerebral sin despertar
El análisis de los datos recogidos reveló dos respuestas principales. Por un lado, los sonidos ásperos generaron una respuesta cerebral sostenida, a diferencia de los sonidos más suaves o menos intensos. Por otro, se observó un incremento en la actividad conocida como husos del sueño, que son ráfagas breves de actividad cerebral que protegen a la persona de los estímulos externos cuando está dormida.
En la misma línea, Legendre indicó que estos husos actúan como un filtro: permiten al cerebro captar información potencialmente relevante sin llegar a interrumpir el sueño por completo. La Universidad de Ginebra destacó que este fenómeno podría explicar por qué algunas personas logran dormir en ambientes ruidosos mientras que otras se despiertan ante cualquier sonido.
Salud, trastornos y ruido urbano
Más allá de los descubrimientos neurológicos, el estudio tiene implicancias para la salud pública. Sophie Schwartz, catedrática del Departamento de Neurociencias Básicas de la Facultad de Medicina de la UNIGE, subrayó que entender cómo el cerebro responde a la aspereza sonora permite avanzar en el tratamiento de trastornos como la hiperacusia, que provoca sensibilidad extrema a los sonidos.

Asimismo, los hallazgos podrían ser útiles para analizar condiciones como el tinnitus (percepción constante o intermitente de zumbidos o pitidos en los oídos), la epilepsia o la enfermedad de Alzheimer, donde el procesamiento auditivo está alterado. Según explicaron los investigadores, la exposición prolongada a sonidos ásperos puede generar respuestas emocionales intensas e incluso agresivas, dependiendo de la persona.
Además, los investigadores advierten sobre el impacto del ruido nocturno urbano, que a menudo incluye sonidos ásperos no asociados a peligros reales, pero que el cerebro interpreta como tales. Esta exposición constante puede afectar el descanso y la salud mental a largo plazo, especialmente en ciudades densamente pobladas.
Dormir en un mundo ruidoso
Luc Arnal explicó que, tanto en humanos como en animales, la aspereza sonora está asociada a señales de alarma y peligro. En entornos naturales, su aparición es poco frecuente y siempre significativa. Pero en las ciudades, el cerebro está sometido a estos sonidos con una frecuencia muy superior a la normal.

“Como vivimos en entornos cada vez más ruidosos, especialmente en las ciudades, es vital comprender cómo los sonidos afectan nuestro cerebro durante el sueño y, por extensión, nuestra salud física y mental”, concluyó Schwartz, en declaraciones recogidas por la Universidad de Ginebra.
Este equilibrio entre el descanso profundo y la alerta frente al peligro es, según los investigadores, una función básica de supervivencia. La comprensión de estos mecanismos abre nuevas líneas de investigación para diseñar espacios más saludables, que permitan un sueño reparador sin comprometer nuestra capacidad de respuesta ante amenazas reales.
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