
El duelo es una experiencia tan universal como profundamente personal, que fue objeto de mitos, malentendidos y silencios a lo largo de la historia. Sin embargo, la ciencia contemporánea arroja nueva luz sobre este proceso, revelando que no solo es una reacción emocional, sino también un fenómeno fisiológico con raíces en la neurobiología del apego.
Sobre esto expuso la doctora Mary-Frances O’Connor, profesora de Psicología Clínica y Psiquiatría en la Universidad de Arizona y una de las principales expertas mundiales en la neurociencia del duelo, en una entrevista con el neurocientífico Andrew Huberman, difundida por el podcast Huberman Lab.
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De acuerdo con O’Connor, comprender el duelo desde la ciencia permite desmitificarlo y ofrece herramientas concretas para transitarlo e integrarlo en la vida cotidiana.

El duelo: entre la emoción y el aprendizaje
Según la especialista, el duelo es la respuesta natural a la pérdida de un ser querido, una mascota, una relación o incluso un rol vital. “El duelo es la respuesta natural a la pérdida”, afirmó. Además distinguió entre “duelo” y “duelar”: el primero refiere a la emoción puntual que puede surgir incluso décadas después de una pérdida; el segundo, al proceso de adaptación que se desarrolla con el tiempo.
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Asimismo, la experta en salud mental comparó este proceso con el comportamiento del mercado de valores: hay subidas y bajadas, pero con una tendencia general hacia la adaptación. “El duelo nunca desaparece, porque es una emoción humana. Pero el proceso de duelar implica aprender a vivir con la ausencia”, explicó.
Neurociencia del duelo y otros factores
Uno de los hallazgos destacados en la investigación de O’Connor es la relación entre el apego, la dopamina y el dolor del duelo. Aunque tradicionalmente asociada al placer y la motivación, la dopamina cumple un rol central en el anhelo (“yearning”), una característica distintiva del duelo. Sobre esto, afirmó: “El anhelo es el sello distintivo del duelo, y está mediado por la dopamina”.
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La neurociencia demostró que el núcleo accumbens, una región del sistema de recompensa, se activa intensamente cuando una persona en duelo observa una imagen de su ser querido. Este circuito, que impulsa la búsqueda de lo esencial para sobrevivir, se activa frente a la pérdida de la figura de apego, generando una necesidad de “buscar” a quien ya no está, pese a saber racionalmente que no regresará.
También se aclaró que este impulso no constituye una adicción, sino una función básica de supervivencia. “Necesitamos a nuestros seres queridos como necesitamos agua o comida. El duelo es la reacción del cerebro y el cuerpo ante la pérdida de esa fuente fundamental de seguridad”, señaló la doctora en el capítulo.
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Impacto físico del duelo y riesgos para la salud
El duelo no se limita al ámbito emocional; también afecta al cuerpo. Según la información divulgada por Huberman Lab, el periodo de duelo representa un riesgo físico elevado, especialmente en los primeros días y meses tras la pérdida. Es por ello que se advirtió: “El duelo no es una enfermedad, pero es un periodo de alto riesgo físico”.
Las manifestaciones físicas del duelo incluyen aumento de la presión arterial, alteraciones hormonales, inflamación y dolor físico real, como opresión en el pecho o nudos en la garganta. O’Connor comparó este impacto con el del embarazo: ambos son procesos naturales, pero con riesgos que requieren atención y acompañamiento profesional.
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Herramientas para afrontar el duelo
Frente a la intensidad del proceso, la doctora O’Connor destacó la importancia de contar con un “kit de herramientas” para gestionar las oleadas de dolor. Según se detalló en el episodio, el apoyo social es esencial: la compañía de familiares, amigos o grupos de contención contribuye a regular la fisiología y brinda sostenimiento emocional.
Entre las estrategias más eficaces, se encuentra la relajación muscular progresiva, que demostró mejores resultados que el mindfulness para aliviar el dolor del duelo en viudos y viudas. La clave, según la entrevistada, es reconocer el estado emocional y físico. Luego se debe aplicar la herramienta adecuada; desde caminar o hablar, hasta buscar compañía.
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Otra práctica relevante es la integración del recuerdo. En lugar de “dejar ir”, O’Connor propuso reconfigurar la relación interna con la persona fallecida. Esto puede incluir hablarle en la intimidad, rememorar momentos compartidos o resignificar el vínculo. “No se trata de dejar ir, sino de integrar la relación con el ser perdido”, afirma la experta.

Duelo por suicidio y tipos de pérdida
El duelo varía según el tipo de pérdida. La muerte por suicidio suele implicar un duelo más complejo, marcado por la culpa, la búsqueda de explicaciones y el estigma social. En estos casos, es común caer en pensamientos como “si tan solo hubiera…”, que intentan encontrar sentido a lo inexplicable. “El cerebro puede inventar infinitas historias sobre por qué la pérdida es culpa nuestra”, señaló O’Connor.
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Pérdidas significativas como las de un hijo, una pareja o una relación central implican desafíos específicos. La experta introduce el concepto de “oscilación” entre dolor y restauración: la salud mental no se define por la ausencia de dolor, sino por la capacidad de alternar entre el sufrimiento y la reconstrucción.

Resiliencia como un camino posible
A pesar del dolor, O’Connor enfatizó sobre la resiliencia humana. “La resiliencia permite que, con el tiempo, el dolor se transforme y se pueda seguir adelante”, aseguró. El duelo enseña que es posible integrar la pérdida y encontrar nuevos significados o formas de vivir.
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Según los especialistas en Huberman Lab, evitar el duelo mediante la supresión emocional o el aislamiento puede prolongar el sufrimiento. En cambio, permitirse sentir, buscar apoyo y usar herramientas adecuadas favorece la recuperación del bienestar.
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