Un modelo matemático revela cómo se conectan las regiones cerebrales

Un trabajo publicado en Cell, liderado por científicos de la Universidad de Montreal, indica que la arquitectura cerebral obedece a límites impuestos por la geometría, más allá de la genética o el ahorro energético

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Cerebro humano translúcido con líneas de energía roja y naranja en su interior, rodeado de una red de neuronas y puntos de luz.
Un equipo internacional comprobó que la forma y curvatura del cerebro determinan los patrones de conexión entre neuronas, un principio que se mantiene en humanos y animales desde hace 90 millones de años (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hay preguntas en neurociencia que persisten a pesar de décadas de investigación: ¿por qué el conectoma cortical –la red de fibras que enlaza las regiones del cerebro– presenta esa arquitectura compleja y a la vez robusta? ¿Y por qué, a través de millones de años, especies tan distintas como el ratón y el ser humano muestran patrones similares en sus conexiones cerebrales a pesar de sus diferencias de tamaño y morfología? Un estudio dirigido por Francis Normand y un equipo internacional, publicado en Cell propone una respuesta inesperada: la propia geometría del cerebro impone restricciones físicas que determinan estos modelos de conectividad, y lo hace desde hace 90 millones de años.

El cerebro humano alberga más de 16 mil millones de neuronas, conectadas a través de unos 150.000 km de axones y promediando 164 billones de sinapsis. Esta red, conocida como conectoma cortical, no es un simple entramado aleatorio, ni tampoco una red regular como una cuadrícula o una telaraña: sus conexiones exhiben una organización compleja y una topografía particular, donde ciertas regiones funcionan como “hubs”, concentrando la comunicación entre áreas distantes y especializadas.

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Hasta ahora se creía que este patrón era consecuencia de reglas biológicas para economizar energía y espacio: por ejemplo, el principio de la regla de distancia exponencial (EDR), que dice que la probabilidad de conexión entre dos regiones disminuye rápidamente a medida que aumenta la distancia física entre ellas.

Modelo de cerebro dividido en hemisferios de luz azul y púrpura, con ondas luminosas, electrodos y un monitor con gráfico de ondas.
El modelo matemático GEM permite anticipar cómo se conectan las regiones cerebrales usando solo dos parámetros geométricos y datos de resonancia magnética, logrando una precisión del 81% respecto a las conexiones reales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sin embargo, la EDR y modelos similares, aunque capturan bien la tendencia general, ignoran la diversidad de conexiones de diferentes intensidades y obvian por completo la dependencia de las conexiones respecto del contexto espacial y funcional de cada región.

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Normand y su equipo introducen un cambio de perspectiva: utilizan un modelo matemático simple —el Modelo de Modo Geométrico Eigenmodo (GEM por sus siglas en inglés)— derivado de la teoría de campos neuronales, que traduce la geometría de la corteza (su forma y curvatura) en modos resonantes, es decir, patrones espaciales preferidos por las ondas neuronales. Según su hipótesis, la conectividad real entre dos regiones corticales tiende a acentuarse cuando ambas se encuentran en sitios de máxima “vibración” de estos modos geométricos, como ocurre en los puntos de máxima amplitud de una cuerda vibrando.

El modelo GEM: cómo la naturaleza moldea la red cerebral

El GEM es conceptualmente sencillo pero sorprendentemente potente. Utiliza apenas dos parámetros: el número de modos geométricos considerados y la escala espacial de propagación de las ondas en la corteza, designada como rs. Alimentando al modelo la estructura real de la corteza (obtenida de imágenes de resonancia magnética en humanos y de técnicas invasivas de trazado viral en animales) y ajustando esos dos parámetros, GEM puede recrear la topografía y la topología de los conectomas empíricos con una precisión sin precedentes.

Por ejemplo, al estudiar la conectividad de 4.386 puntos de la corteza cerebral humana a partir de datos de 339 adultos sanos, el modelo logró una correspondencia de 81% respecto del orden de los pesos de conexión reales, y una precisión notable no sólo en la cantidad y localización de los hubs, sino también en la disposición de los módulos funcionales –es decir, comunidades de regiones y vías circuitales especializadas.

Cabeza humana translúcida de perfil con cerebro visible. Imágenes de paisajes, rostros y objetos ingresan por la izquierda, ondas sonoras por la derecha.
El estudio revela que los grandes “centros de comunicación” del cerebro, conocidos como hubs, aparecen en sitios de máxima vibración según la geometría de la corteza, y no solo por necesidades de ahorro energético (Imagen Ilustrativa Infobae)

El modelo supera claramente a referencias clásicas como el modelo EDR, el modelo de “índice de coincidencia” (MI) y diversas variantes basadas en la aleatorización, la mezcla de reglas topológicas o la parcellización atlas-dependiente. El GEM funciona tanto en resoluciones altísimas como en mapeos regionales simplificados, y resiste cambios en el preprocesamiento de los datos, el umbral de densidad de las conexiones consideradas e incluso errores o ruidos estadísticos propios de la obtención de imágenes de difusión.

Una ley universal que trasciende la especie y la escala

¿Hasta dónde llega este mecanismo? El equipo ajustó el GEM a conectomas de cuatro especies no humanas muy distintas: ratón, marmoseta, macaco y chimpancé, empleando tanto imágenes no invasivas como mapeo viral directo de los axones. Lo más llamativo es que la misma regla geométrica ajustada únicamente a la morfología y el tamaño cerebral de cada especie reproduce con elevada precisión la distribución de conexiones (fortalezas, hubs, longitud promedio de los enlaces y su organización modular) en todos los casos.

Este resultado, destacan los autores, implica que la influencia de la geometría cortical se conserva robustamente a lo largo de la evolución mamífera. De hecho, al comparar el parámetro rs (la escala espacial de propagación) entre especies, encontraron que este crece como una ley de potencias en función del área de superficie cortical, reflejando la adaptación de la organización de redes neuronales a la escala física del cerebro.

La consistencia se mantiene no sólo entre especies, sino también entre individuos dentro de una misma población: los parámetros óptimos del GEM al modelar conectomas individuales humanos muestran correlación positiva con el volumen cerebral total y negativa con la curvatura media de la superficie cortical, subrayando que diferencias anatómicas sutiles se traducen en patrones de cableado igualmente específicos.

Aula de escuela primaria vacía con filas de pupitres de madera y sillas; una pizarra verde al fondo muestra un cerebro y símbolos matemáticos en tiza blanca.
La investigación cuestiona teorías previas basadas en la distancia o la eficiencia, mostrando que la geometría cerebral se impone como principal organizadora de las conexiones neuronales. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El mecanismo físico detrás del cableado cerebral

En la raíz del GEM está la derivación rigurosa desde la teoría de campos neuronales: la propagación de la actividad eléctrica en la corteza se modela como ondas sobre una superficie continua, con patrones resonantes (los eigenmodos de la geometría cortical) análogos a las “ondas estacionarias” en un instrumento musical. El modelo privilegia conexiones entre antinodos (puntos de máxima amplitud en un modo concreto), siempre que ambos tengan la misma fase en ese modo (es decir, vibran “al unísono”). Las conexiones reales que no cumplen estos criterios tienden a contribuir poco, o incluso a interferir, con la resonancia global de la red.

Una de las implicancias fundamentales es que las conexiones que más facilitan la activación coordinada de estos modos requieren menos energía para excitarse y son, por tanto, seleccionadas y reforzadas durante el desarrollo cerebral. Es un puente conceptual entre la dinámica de la señal eléctrica y la carpintería anatómica de los circuitos cerebrales. Este principio no sólo puede explicar la prevalencia y posición de los hubs y módulos dentro del conectoma, sino también la persistencia de ciertas arquitecturas a pesar de la diversidad evolutiva y funcional.

Los hallazgos abren una nueva perspectiva para el diagnóstico y el estudio de patologías neurológicas y psiquiátricas. Al establecer límites físicos al patrón normal de conectividad, el GEM puede utilizarse para identificar desviaciones de esa regularidad universal en individuos con trastornos del neurodesarrollo, lesiones estructurales, o enfermedades neurodegenerativas. “Nuestro modelo –escriben los autores– podría ser empleado para investigar cómo las malformaciones corticales alteran la conectividad y para cuantificar hasta qué punto el conectoma de una persona está o no restringido por la geometría”.

En palabras del artículo: “Nuestros hallazgos indican un papel fundamental de la geometría en la configuración de la arquitectura del conectoma cortical a múltiples escalas, conservado a lo largo de 90 millones de años de evolución”. La geometría, y no sólo la biología molecular, es la arquitecta de nuestro cableado neuronal.

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