
En la Argentina hace décadas que hablamos de economía todos los días, y debemos entender que el conocimiento es el tema económico de nuestro tiempo y es vital para lograr el desarrollo sustentable y una prosperidad inclusiva en nuestro país. Por eso celebro que hoy estemos poniendo a consideración el valor que tiene la ciencia, la innovación y la tecnología.
Este miércoles, la Cámara de Diputados sancionó con fuerza de Ley la norma que establece el conjunto de políticas para el sistema de ciencia y técnica para la próxima década, traza 10 desafíos nacionales y las estrategias I+D+i para abordarlos.
Que exista un Plan de Ciencia aprobado por la mayoría de la dirigencia política, aunque sea imperfecto, es algo positivo. Es mejor tener un plan perfectible que no tener un plan. Lo pienso para la ciencia y lo pienso para la Argentina.
La política científica tecnológica y de innovación debe ser una política de Estado. La ciencia argentina no es de ningún partido político, ni de ninguna facción, es de la sociedad argentina y entre todos tenemos que planificarla ejercerla y aprovecharla. Para eso tenemos que terminar de una vez por todas con las mezquindades de cada uno de los sectores, porque si no lo hacemos, los que ganan son aquellos que vociferan discursos premodernos o fantasiosos, como cuando dicen sin ponerse colorados, que el Estado debe abandonar la investigación y el desarrollo científico porque consideran que son costos sin sentido.

La economía global hoy se organiza en la competencia y en la innovación. Los gobiernos de los países desarrollados o que quieren desarrollarse compiten por tener los mejores sistemas educativos científicos y de innovación, cómo vamos a renunciar a eso.
Para convertirnos en una nación próspera, necesitamos una política científica coherente, ambiciosa y sostenida. Esto requiere planificación, inversión pública y privada con un retorno adecuado, no solo con el Estado como un cajero.
En Argentina, la investigación científica es escasa y la cantidad de investigadores disponibles no sobra, sino más bien todo lo contrario: es insuficiente.
Además la participación del sector privado es muy baja y esto es por diversas causas, que van desde la naturaleza de nuestra estructura productiva y un enfoque exportador centrado en materias primas (como hace 100 años donde dependíamos del clima, como aún lo seguimos haciendo). Otra causa es la ausencia de incentivos económicos e institucionales, por eso celebro que estemos tratando el Plan de Ciencia 2030 ya que se aprobó por unanimidad en el Senado de la Nación.
Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación 2030
Este plan es un incentivo político e institucional y marca un camino para generar incentivos económicos que son estratégicos. Cuando el plan fue remitido a la Comisión que presido, lo analizamos detalladamente y convocamos a reuniones informativas que fueron hechas de cara a la sociedad y en las que participaron expertos de todo el país, para que sea la comunidad científica, la política y la comunidad en genera la que lo considere y lo evalúe.

En ese marco, solicitamos al Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación un mayor grado de especificidad de las misiones y asignación de responsabilidades del plan. También planteamos que se podía promover una conexión más robusta en la generación del conocimiento con los sistemas productivos, para no caer en una enumeración de buenas intenciones. Todas estas cuestiones no se han resuelto, pero hemos establecido un diálogo productivo entre las partes que deberá ir ajustándose.
El presente plan sirve, al menos en trazo grueso, como una hoja de ruta inicial, que deberá ir ajustándose y mejorándose paulatina y sostenidamente por el parlamento y la participación de todos los sectores que busquen un futuro mejor para la Argentina.
La ciencia avanza con el ensayo y el error, pero siempre hacia adelante, no bloqueando ni yendo hacia atrás, no haciéndose el distraído de la modernidad, como algunos que declaman el futuro y todavía quieren vivir del clima.
Esta Ley avanza en la dirección correcta y merece nuestro apoyo. Porque cuando hablamos de políticas científicas y tecnológicas, estamos hablando a favor del progreso, de la generación de riqueza, de la reducción de la pobreza, de un crecimiento económico sustentable, de una prosperidad inclusiva. La ciencia es indispensable para el desarrollo de la Argentina.
Dejar que otros países lideren la creación de conocimiento nos expone a depender de exportaciones sin valor agregado y a un modelo económico frágil. Por supuesto que es necesario consolidar una estrategia macroeconómica integral, pero la estabilidad per se nos lleva a ningún proceso de desarrollo inclusivo.

La clave para un crecimiento económico sostenido es la generación constante de actividades de mayor valor y esto se logra a la vez a través de la innovación, de la ciencia y la tecnología que deben impregnar en todos los sectores productivos de la Argentina. La única manera de reducir la pobreza, de lograr un desarrollo inclusivo, una prosperidad equidad salarios, crecientemente altos aumento de las exportaciones de alto valor sustituir las importaciones y todo un círculo virtuoso para la economía y el desarrollo de la Argentina es invirtiendo la verdadera riqueza de nuestro país: nuestra mente.
Poniendo este capital humano a la creatividad a la innovación a la ciencia y tecnología como motor del desarrollo argentino. Hace años que discutimos pavadas, probamos de todo, menos el camino real al desarrollo, que son las inversiones en ciencia en investigación y en tecnología.
Además este paradigma, va a cambiar la mentalidad de atraso que impera hoy en el país, necesitamos esta reforma cultural que deje de lado este cúmulo de costumbres que tenemos los argentinos, asentados en nuestra manera de ser, que permite la trampa la viveza criolla, la tolerancia a la corrupción y el foco en el corto plazo.
Existen áreas en nuestro país que tienen un potencial enorme de crecimiento: la energía -no solo fósil- sino renovable, la digitalización, la inteligencia artificial, la ciencia de la salud, la explotación sustentable del mar, la tecnología nuclear, la industria satelital, la industria del litio y otros minerales por necesario por la transición energética que necesita el mundo. Una apuesta mayor a la biotecnología y la bioeconomía permitiría agregar conocimiento y valor a la producción agrícola y agroindustrial de forma sostenible y con consciencia ecológica y distribuida por el territorio.
A veces en nuestro país, cuando a alguien se le ocurre el “pecado” de hablar de estos temas, existen críticos que plantean una falsa dicotomía: tenemos demasiadas urgencias como para pensar en el futuro. Lamento informarles a los fundamentalistas de la coyuntura que no es así.

A Nehru, que fue el arquitecto de la India moderna, cuando asumió como Primer Ministro y empezó a invertir en educación, en instituciones tecnológicas, en ciencia, en tecnología, los opositores lo criticaban diciendo que la India era demasiado pobre para invertir en conocimiento.
Nehru respondía “justamente, porque somos demasiado pobres no podemos darnos el lujo de no invertir en lo que nos va a sacar de la pobreza”.
Nuestro ritmo de avance tecnológico es mucho más lento que el de los países desarrollados. Esa brecha tecnológica que crece año a año es la causa más profunda de nuestro déficit permanente y de nuestra pobreza creciente.
No se trata de seguir con discusiones perimidas entre ser estatitas o antiestatistas. Se trata de contar con un Estado inteligente que invierta eficazmente y promueva a la vez inversiones privadas a través de alianzas con sectores productivos y el establecimiento de redes internacionales para el desarrollo y la inclusión.
Nuestro compromiso a partir de ahora debe ser el de evaluar la ejecución del Plan de Ciencia 2030 y sus efectos para mejorarlo, y no tener que comenzar de cero todas las veces, como lamentablemente nos hemos acostumbrado.
*Facundo Manes es neurocientífico y diputado nacional por la UCR. Preside la Comisión de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Cámara de Diputados de la Nación.
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