
El fin de semana vi Moria, la serie sobre la vida de Moria Casán, y algo me produjo un revoltijo. En realidad, fueron algunas escenas, pero me gustaría detenerme en una: “El secreto”, en la que devela haber sufrido violencia sexual cuando era una niña, por parte de su abuelo.
Moria relata: “Mi abuelo abusaba de mí. Era una rutina muy sucia pero erotizante. ¿Sería algo normal? ¿Le pasaría a otras nenas también? Lo vivía con una mezcla de asco... y placer... secreto...”.
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Y sostiene que aquello no le dejó “ningún trauma”. Habla de desdramatizar las experiencias, de seguir adelante, de no quedar atrapada en lo vivido.
Es cierto que cada sobreviviente nombra su propia historia, le otorga un determinado sentido, la aloja. Y cuando no la recuerda, la padece de la manera que puede soportar.
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En una de las escenas, una interlocutora la interpela y se nota que fue medido por los guionistas por lo políticamente incorrecto de sus dichos. Ella vuelve a decir, señalando su cuerpo, “acá no hay trauma”.
Mientras la escuchaba, pensaba en qué podía sentir alguien que todavía no alzó su voz. Ese momento es tan complejo y esencial. El mundo entero parece estar encima y no se sabe ni cómo ni a quién contárselo. Muchas veces hasta cuesta inteligir qué es lo que realmente ha pasado.
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También, como una ráfaga de Babel, vinieron a mi memoria miles de palabras, escenas de sobrevivientes, niños y adultos que durante años se han sentado frente a mí intentando comprender qué les pasó y por qué les cuesta tanto la recuperación.
Algunos, muy pequeños, padecen síntomas que no les permiten quedarse en una pijamada. Otros ni siquiera pueden probar bocado o conciliar el sueño.

Algunas adolescentes se visten con una blusa tras otra, como en capas, para taparse el cuerpo profanado, para que nadie les mire lo que ellas creen abyecto y abominable. Otras salen a la calle casi desnudas para intentar capturar las miradas y, por fin, comprender esa, la lasciva, que las horadó sin piedad.
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Incluso los estragos aparecen décadas después, en sus cuerpos, en sus vínculos, en la forma en la que temen, en la que aman, en su sexualidad y sus desbordes.
Todo esto ocurre cuando un adulto dirige su deseo sexual hacia un niño, actuando desde una posición que instrumentaliza la asimetría y utiliza la vulnerabilidad. El niño o la niña pueden experimentar curiosidad, excitación corporal o sensaciones confusas —precisamente porque la sexualidad infantil existe y el cuerpo responde a estímulos—, pero eso no implica deseo equivalente ni consentimiento posible.
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Frente a una escena sexual adulta, niñas y niños suelen experimentar, al mismo tiempo, algo de lo que cuenta la protagonista con desparpajo: miedo, angustia, terror, asco, desconcierto o paralización psíquica. No disponen de la misma capacidad simbólica que un adulto. En la serie se ve de manera clara el cuerpo de la niña, como congelado ante la escena depredatoria de su inocencia.

El trauma es una experiencia individual. Por eso, aunque los especialistas hablemos de lo traumático y suene universal, nos referimos a la peculiar manera en que cada persona lidia con él.
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Hay experiencias, como la violencia sexual en la infancia, que son traumáticas porque producen una irrupción de la sexualidad adulta allí donde el psiquismo infantil no dispone todavía de los recursos para significarla y elaborarla. Pero decir que una experiencia es traumática no significa afirmar que todas las personas quedarán traumatizadas de la misma manera, ni para siempre, que desarrollarán síntomas, síndromes o una enfermedad mental, ni siquiera que reconocerán esa experiencia como traumática en su propia historia.
El trauma puede ser común a la experiencia; sus destinos nunca son iguales. Los traumas son experiencias que rompen el equilibrio psíquico, lo desbordan, y nuestra mente no tiene manera de metabolizar esa enorme cantidad de energía. Se produce un hundimiento, y lo que se hunde es el sujeto. Si se pudiera figurar, habría que pensar en un taladro que agujerea el cráneo. Se puede enmendar. Sí, con mucho trabajo y arcilla que el propio paciente, acompañado del analista, logra modelar.
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Cuando la violencia sexual es narrada y, de algún modo, banalizada por una figura de enorme alcance popular y reproducida en una serie masiva, excede a quien la cuenta. Este relato de “no pasa nada” o “no hubo trauma” puede comenzar a funcionar socialmente como una representación.
La idea de que es posible desdramatizar lo vivido resulta, además, especialmente seductora para nuestra época. Vivimos en una cultura que ha convertido buena parte del sufrimiento humano en un problema de gestión individual. Hay que ser resiliente, aprender a regular las emociones, resignificar las experiencias, transformar el dolor en aprendizaje, soltar, perdonar, seguir adelante. Como si la voluntad pudiera gobernarlo todo. El trauma no es una decisión consciente.
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El psicoanálisis introdujo hace más de un siglo una idea revolucionaria: no somos completamente dueños de nosotros mismos. El yo no gobierna; más bien enmascara. No decidimos qué olvidamos, qué repetimos ni qué deseamos.

Las investigaciones clínicas muestran una enorme heterogeneidad en las trayectorias posteriores de cada sobreviviente.
La evidencia acumulada durante décadas es contundente acerca de las posibles consecuencias de la violencia sexual durante la infancia: estrés postraumático, depresión, ansiedad, dificultades vinculares, consumos problemáticos, ideación suicida, suicidio, comportamientos sexuales de riesgo y otros problemas de salud física y mental.
Nada de esto ocurre inevitablemente ni permite establecer causalidades en una persona particular. Son estudios poblacionales que marcan un rumbo, una lectura, no destinos individuales.
La violencia sexual contra un bebé, un niño, una niña o un adolescente constituye una transgresión radical de fronteras.

¿Cómo sabemos que algo no dejó huella? El trauma no siempre tiene el aspecto que esperamos, tampoco las víctimas de estas agresiones.
Por eso, el problema no es determinar si una persona está o no traumatizada. El problema aparece cuando una experiencia singular puede convertirse en una pedagogía acerca de cómo deberían sobrevivir los demás. Detrás de una pantalla puede haber alguien que se pregunte: “¿Por qué yo no pude?” La respuesta nunca debería ser que le faltaron fortaleza, inteligencia, voluntad o capacidad para resignificar.
Sin embargo, nuestra cultura produce cada vez más la figura del buen sobreviviente: aquel que transformó el dolor, perdonó, siguió adelante e hizo algo extraordinario con lo sucedido. Alguien capaz de contar su historia sin incomodar demasiado. Del otro lado quedan quienes siguen enojados, reclaman justicia o no quieren perdonar; quienes todavía padecen síntomas, necesitan tratamiento o vuelven una y otra vez sobre lo sucedido porque el dolor no se convirtió, como parece exigir nuestra época, en una historia inspiradora.

Esa clasificación puede ser feroz, porque termina desplazando nuevamente la responsabilidad.
Dejamos de señalar qué hizo un adulto que violentó sexualmente a un niño o una niña y empezamos a preguntarnos qué hizo ese niño, muchos años después, con aquello que le hicieron.
Durante siglos, las víctimas cargaron con preguntas que nunca les correspondieron: por qué no escaparon, por qué no hablaron, por qué hablaron tantos años después, por qué volvieron a acercarse al agresor, por qué sintieron excitación corporal, por qué lo querían, por qué no se defendieron.
No agreguemos ahora una nueva: ¿Por qué no pudiste superarlo? O el mandato: ¡Superalo!
Una persona sobreviviente tiene derecho a decir que aquello no la traumatizó. Puede reírse, desdramatizarlo, resignificarlo o decidir que no permitirá que esa experiencia defina su identidad. Ese relato le pertenece y debe ser respetado.

Una forma singular de sobrevivir no puede convertirse en la medida de todas las demás.
Desdramatizar la propia historia puede ser una manera de sobrevivir. Desdramatizar la violencia sexual contra la infancia es otra cosa.
Sobrevivir nunca debería convertirse en una prueba que, además, haya que aprobar.
Lo digo como sobreviviente, sin dejar de reconocer y abrazar a Moria en su propia manera de sobrevivir.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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