
Durante décadas, millones de pacientes con dolores de espalda, migrañas o fibromialgia recorrieron consultorios médicos sin obtener alivio duradero. Ni los medicamentos ni las cirugías lograban resolver sus síntomas.
El Dr. Howard Schubiner, director del Mind Body Medicine Center del hospital Ascension Providence en Michigan, propone una explicación que redefine la forma en que la medicina entiende el dolor: en muchos casos, el origen no es una lesión física, sino un daño emocional no resuelto que el cerebro traduce en síntomas reales.
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Schubiner lo desarrolla en su nuevo libro Unlearn Your Pain, publicado por Ebury, y lo sustenta en más de dos décadas de práctica clínica y en un creciente cuerpo de investigación científica. Según reportó The Times, el médico sostiene que las mismas regiones cerebrales que se activan ante una lesión física también se activan cuando una persona sufre un daño emocional.

El concepto central del trabajo de Schubiner es el dolor neuroplástico: síntomas físicos reales generados por circuitos neuronales aprendidos, no por daño estructural en tejidos u órganos. La lista de condiciones que pueden tener este origen incluye el dolor crónico de cuello y espalda, la fibromialgia, el síndrome de intestino irritable (SII), las cefaleas tensionales y migrañas, el dolor pélvico, los trastornos de la articulación temporomandibular (ATM), los mareos y el tinnitus.
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La señal de alarma que se dispara en falso
The Times describió el mecanismo que Schubiner explica en su libro: el cerebro posee un sistema de alerta diseñado para proteger al organismo, pero ese sistema puede activarse de manera errónea. Estudios citados por el médico demuestran que el malestar emocional —como observar una fotografía de una expareja tras una ruptura reciente— activa las mismas zonas de procesamiento del dolor que una lesión física.
Cuando esto ocurre de forma repetida, los circuitos neuronales se refuerzan. “Las neuronas que se activan juntas se conectan entre sí, y quedan atrapadas en este ciclo de peligro”, señaló Schubiner en declaraciones recogidas por The Times.
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De ese modo, estímulos aparentemente inocuos —girar la cabeza, manejar por una autopista, ingerir ciertos alimentos— pueden desencadenar el síntoma a través de lo que se conoce como procesamiento predictivo: el cerebro anticipa el dolor y lo produce.

Un estudio de Mayo Clinic, publicado en el American Journal of Neuroradiology, aportó evidencia adicional. El análisis de datos de resonancia magnética de 33 estudios, con 3.110 personas sin dolor de espalda, reveló que la degeneración discal estaba presente en el 37% de los jóvenes de 20 años asintomáticos y en el 96% de los de 80 años. Los investigadores concluyeron que muchos hallazgos en imágenes son parte del envejecimiento normal y no tienen relación con el dolor.
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Un perfil de riesgo y un tratamiento basado en evidencia
Schubiner advierte que no toda condición dolorosa es neuroplástica, y que el punto de partida debe ser siempre una evaluación médica completa para descartar daño estructural, tumores, infecciones agudas, lesiones nerviosas o enfermedades autoinmunes. “Nunca quiero confundir una enfermedad física con una condición neuroplástica. Ese es un error que ningún médico quiere cometer”, afirmó, según The Times.
Una vez descartadas esas causas, el médico evalúa si los síntomas cumplen los criterios que denomina “Fit”: si son funcionales (afectan la función pero no la estructura), inconsistentes (varían según el estrés o el momento del día) o desencadenados por estímulos anticipatorios.
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En ciertos casos, aplica una “prueba de provocación”: le pide al paciente que imagine realizar una actividad estresante y, si esa sola imagen genera malestar, confirma que un circuito neural aprendido está produciendo el síntoma.

El Dr. Michael Donnino, profesor de medicina de emergencia en la Universidad de Harvard, utilizó este método con pacientes con covid prolongado que experimentaban fatiga ante el ejercicio físico. El 70% de los participantes reportó reacciones físicas —como fatiga o mareos— únicamente al imaginar la actividad.
Para el tratamiento, Schubiner promueve la terapia de reprocesamiento del dolor (PRT, por sus siglas en inglés), un enfoque basado en evidencia que incluye técnicas de seguimiento somático —una forma de atención plena para observar la sensación sin miedo—, autoafirmaciones y exposición gradual a los estímulos que disparan el dolor.
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En un ensayo publicado en JAMA Psychiatry, Schubiner y sus colaboradores evaluaron el impacto de la PRT en pacientes con dolor crónico de espalda: tras un seguimiento de cinco años, el 55% de quienes recibieron el tratamiento se mantuvo libre de dolor o con síntomas mínimos.
El médico también trabaja con la terapia de conciencia y expresión emocional (EAET), que desarrolló junto al psicólogo clínico Mark A. Lumley, y que apunta a las causas subyacentes que sensibilizaron la señal de alerta.
A través de ejercicios guiados, los pacientes reviven conflictos o situaciones dolorosas en su imaginación para procesar y liberar emociones como la ira, la culpa o la tristeza. “Lo imaginas, lo sientes, lo expresas, lo sueltas”, resumió Schubiner.
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