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El 44% de los jóvenes argentinos todavía vive con sus padres: cuánto cuesta independizarse y por qué cada vez ocurre más tarde

Un estudio de la UADE mostró que la emancipación se retrasa en todo el país. En diálogo con Infobae, el investigador Matías Araujo analizó cómo la combinación de salarios insuficientes, alquileres elevados y empleos cada vez más precarios modificó el ingreso a la vida adulta

El mercado laboral juvenil en la Argentina se corrió cerca de diez años y muchos profesionales acceden a empleos formales iniciales entre los 28 y los 31 años
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Dejar la casa de los padres ya no depende únicamente de una decisión personal. Para una parte importante de los jóvenes argentinos, la posibilidad de independizarse quedó condicionada por una ecuación económica que cada año resulta más difícil de resolver: el costo de sostener un hogar crece a un ritmo muy superior al de los ingresos.

Ese escenario quedó reflejado en un estudio del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), que reveló que el 44% de los jóvenes argentinos todavía vive con sus padres, un porcentaje que muestra cómo la emancipación dejó de ser un paso natural hacia la adultez para convertirse, cada vez más, en una meta difícil de alcanzar.

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En diálogo con Infobae a la Tarde, el investigador especializado en movilidad, vivienda y urbanismo de la Fundación Tejido Urbano, Matías Araujo, explicó que hoy una persona necesita $1.321.651 mensuales para vivir sola, mientras que el salario promedio de los jóvenes ronda los $900.000. Esa diferencia, sostuvo, explica buena parte del fenómeno y obliga a muchos a permanecer en el hogar familiar, aun cuando desean independizarse.

(Infobae en Vivo)
Matías Araujo afirmó que la emancipación se retrasa por salarios insuficientes, alquileres altos, empleo precario y trayectorias educativas más largas (Infobae en Vivo)

Según detalló, los jóvenes que efectivamente lograron dar ese paso perciben, en promedio, ingresos de entre $1,4 y $1,6 millones, mientras que quienes continúan viviendo con sus padres suelen ubicarse entre los $600.000 y $750.000. La distancia entre ambos grupos deja en evidencia que el problema ya no pasa únicamente por conseguir trabajo, sino por alcanzar un nivel de ingresos que permita afrontar el alquiler, los servicios y el resto de los gastos cotidianos.

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Araujo señaló que la dificultad para emanciparse responde a una combinación de factores. El primero es el deterioro del mercado laboral, que demora el acceso a empleos estables y mejor remunerados. El segundo es la prolongación de las trayectorias educativas, que retrasa el ingreso pleno al mercado de trabajo. Y el tercero es el cambio en los proyectos familiares, que llevó a postergar decisiones como formar pareja, tener hijos o comprar una vivienda.

En ese sentido, sostuvo que el mercado laboral “se corrió aproximadamente diez años”. Mientras que hace dos décadas era habitual acceder a un primer empleo formal alrededor de los 20 años, hoy muchos profesionales recién consiguen posiciones iniciales —como puestos junior o de analista— entre los 28 y los 31 años.

Ese retraso tiene consecuencias que trascienden lo laboral. Incluso quienes logran independizarse deben destinar una parte muy importante de sus ingresos al alquiler. En muchos casos, explicó el investigador, ese gasto representa hasta el 60% del salario, una proporción que prácticamente elimina cualquier posibilidad de ahorro y vuelve muy difícil proyectar la compra de una vivienda propia.

Habitación desordenada, cama sin hacer, ropa amontonada en silla y piso, mochila, escritorio con cuadernos, libros, laptop, tazas, botellas junto a ventana.
El 44% de los jóvenes argentinos vive con sus padres, según un estudio de la UADE sobre la emancipación en el país (Imagen Ilustrativa Infobae)

La informalidad constituye otro de los principales obstáculos. Actualmente, alrededor del 36% de los jóvenes trabaja sin registrar, una situación que limita el acceso al crédito, dificulta la firma de contratos de alquiler y reduce la previsibilidad económica necesaria para sostener un hogar.

En ese contexto, también se modificaron los tiempos en que los jóvenes alcanzan distintos hitos de la vida adulta. Si hace dos décadas la edad promedio de emancipación se ubicaba entre los 24 y los 25 años, hoy ronda los 27,5 años, mientras que la posibilidad de acceder a una vivienda propia pasó de proyectarse alrededor de los 35 años a ubicarse, en muchos casos, entre los 40 y los 44.

Las diferencias territoriales también muestran que el fenómeno no responde a una única realidad. Araujo explicó que en la Ciudad de Buenos Aires apenas uno de cada cuatro jóvenes logra independizarse, mientras que en varias provincias del norte los porcentajes son considerablemente más altos. Sin embargo, aclaró que esa mayor emancipación no necesariamente implica mejores condiciones económicas. En muchos casos responde a dinámicas familiares distintas o a contextos donde los jóvenes forman hogares propios antes, aunque con mayores niveles de vulnerabilidad. En otros, ocurre exactamente lo contrario: permanecen en la vivienda familiar porque su aporte resulta indispensable para sostener la economía del hogar.

Cinco jóvenes adultos conversan en la terraza de un café. Una mujer ríe, dos hombres discuten, y otro observa. Hay mate, termo y tazas de café sobre la mesa.
Los jóvenes que lograron independizarse perciben entre $1,4 y $1,6 millones, mientras que quienes viven con sus padres ganan entre $600.000 y $750.000 (Imagen Ilustrativa Infobae)

Más allá de las estadísticas, el investigador advirtió que el retraso en la emancipación también tiene un fuerte impacto sobre las expectativas de una generación que ve cómo objetivos históricamente asociados al progreso —como conseguir un empleo estable, alquilar una vivienda o acceder a una casa propia— se vuelven cada vez más difíciles de concretar. Esa sensación, explicó, alimenta la frustración y la comparación permanente con generaciones anteriores, que atravesaron la transición hacia la vida adulta en un contexto muy diferente.

En ese sentido, remarcó que los jóvenes de hoy enfrentan una realidad estructural distinta, marcada por una mayor informalidad laboral y un acceso mucho más complejo a la vivienda. Por eso, consideró que las trayectorias de ambas generaciones no son comparables: mientras antes el trabajo formal y la posibilidad de comprar una casa constituían un horizonte alcanzable para buena parte de la población, hoy esos objetivos aparecen mucho más lejanos para quienes recién comienzan su vida laboral.

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