
Las olas de calor representan uno de los fenómenos meteorológicos más extremos y peligrosos de la actualidad. Se definen como períodos en los que las temperaturas superan ampliamente los valores habituales para una región y estación, y suelen mantenerse durante varios días consecutivos. Estos episodios pueden provocar máximas superiores a los 40℃ en diversas partes del mundo, y en algunos casos alcanzan o sobrepasan los 45℃, según informes de la BBC. Estos fenómenos afectan tanto a zonas rurales como urbanas, donde el efecto de “isla de calor” intensifica el aumento térmico y agrava las condiciones para la población.
Durante el verano de 2026, Europa experimenta uno de los veranos más severos de los últimos años, con registros históricos en Alemania, Austria, Hungría y España. El impacto genera un riesgo sanitario considerable para millones de personas. Las autoridades de salud han emitido advertencias y recomendaciones para proteger a los grupos más vulnerables, como adultos mayores, niños y personas con enfermedades crónicas.
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El peligro no solo reside en el agotamiento físico o los golpes de calor. La comunidad científica advierte que estos eventos pueden provocar efectos adversos en diversos sistemas del organismo. Entre estas consecuencias, sobresale el impacto sobre la función cerebral. El aumento sostenido de la temperatura puede alterar procesos cognitivos, empeorar síntomas de trastornos neurológicos preexistentes y elevar la incidencia de problemas como irritabilidad, disminución de la atención y episodios de confusión.
Cómo impactan las olas de calor en la función cerebral
Estos fenómenos, cada vez más frecuentes e intensos debido al cambio climático, están alterando de manera significativa la función cerebral humana. Diversos estudios y testimonios de expertos muestran que el calor extremo no solo afecta al cuerpo, sino que también tiene consecuencias directas sobre el cerebro, desde el empeoramiento de trastornos neurológicos conocidos hasta la alteración de funciones cognitivas y emocionales.
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Se trata de uno de los órganos que más energía consume y, por tanto, genera una cantidad considerable de calor durante actividades como pensar, recordar o responder a estímulos del entorno. Por lo tanto, depende de un delicado equilibrio térmico, mantenido por la circulación sanguínea, para funcionar correctamente. Cuando las temperaturas externas suben, el cuerpo debe esforzarse más para mantener el cerebro fresco. Si este mecanismo falla, la función cerebral puede verse comprometida.
Un estudio internacional en 25 países halló que, por cada 1.000 muertes por accidente cerebrovascular isquémico, los días más calurosos provocaron dos muertes adicionales. La OMS también ha alertado sobre el marcado aumento de muertes relacionadas con el calor, particularmente entre adultos mayores, trabajadores al aire libre y personas en situación socioeconómica vulnerable.
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El impacto no se limita a quienes padecen enfermedades previas. También pueden afectar negativamente la toma de decisiones, elevar la irritabilidad y la agresividad, y aumentar el riesgo de síntomas depresivos. Investigaciones recientes, como una revisión publicada en Archives of Public Health, encontraron que la exposición repetida a temperaturas superiores a 30 ℃ se asocia con una disminución de la función cognitiva en adultos mayores, mientras que los niveles de depresión median parcialmente esta relación: más días de calor extremo, mayor riesgo de depresión y, a su vez, de deterioro cognitivo.
Esta relación entre calor, estado de ánimo y función cerebral es respaldada por múltiples fuentes. Por ejemplo, la Asociación Americana de Psicología (APA) advierte que el calor puede provocar desde dificultades para concentrarse hasta impulsividad y, en el caso de tareas complejas, un descenso notable en el rendimiento cognitivo.
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Además, el calor extremo afecta de manera desproporcionada a las personas con trastornos neurológicos previos, como epilepsia, encefalitis o esclerosis múltiple, pero también incrementa el riesgo de hospitalización y mortalidad en personas con demencia. En estos cuadros, la capacidad de regular la temperatura corporal puede verse afectada, lo que agrava el peligro durante olas de calor.
Mecanismos fisiológicos del impacto térmico del cerebro
El cerebro humano opera dentro de un rango térmico muy estrecho. Por lo general, su temperatura rara vez supera en más de 1 ℃ la temperatura central del cuerpo. Sin embargo, al ser uno de los órganos que más energía consume, genera calor constantemente durante la actividad mental. Este acaloramiento es disipado por la sangre que circula a través de una red de vasos sanguíneos, lo que permite mantenerlo en estándares adecuados y prevenir daños.
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Las olas también afectan la función de la barrera hematoencefálica, una estructura que lo protege de toxinas y patógenos. Cuando la temperatura corporal aumenta de manera sostenida, esta barrera se vuelve más permeable, incrementando el riesgo de que sustancias nocivas, bacterias o virus accedan al tejido cerebral. Este fenómeno podría explicar el aumento de enfermedades neurológicas asociadas a infecciones durante episodios de calor extremo.
Otro aspecto relevante es la termorregulación, indica una investigación. Esta función, controlada por el propio órgano, puede verse alterada en personas con enfermedades neurológicas. En casos como la esclerosis múltiple, el control de la temperatura corporal está deteriorado, lo que incrementa la vulnerabilidad al sobrecalentamiento.
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El estudio de Archives of Public Health, aporta evidencia adicional sobre los efectos fisiológicos del calor. El análisis identificó que la exposición a temperaturas superiores a 30 ℃ se asocia con una disminución progresiva de la función cognitiva, incluso tras controlar variables como edad, género y nivel educativo. Según los investigadores, las altas temperaturas influyen negativamente en neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, afectando tanto el estado de ánimo como la capacidad de atención y memoria. Este efecto es más pronunciado en personas mayores, cuya capacidad de autorregulación fisiológica está reducida.

Estrategias de prevención de la OMS
- Acudir a espacios climatizados: en ausencia de aire acondicionado en el hogar, se recomienda permanecer en centros comunitarios, centros de climatización o espacios públicos con aire acondicionado durante las horas de mayor calor.
- Hidratación constante: beber abundantes líquidos a lo largo del día ayuda a compensar la pérdida de agua y facilita la regulación térmica del organismo, contribuyendo a proteger la función cerebral.
- Ducha o baño con agua fría: tomar duchas o baños fríos es una medida eficaz y rápida para disminuir la temperatura corporal y reducir el riesgo de sobrecalentamiento cerebral.
- Vestimenta adecuada y protección solar: usar ropa suelta y de colores claros, junto con gorros o permanecer en zonas de sombra, disminuye la absorción de calor y ayuda a mantener estable la temperatura corporal.
- Evitar actividades físicas intensas en horas críticas: aconsejan limitar la actividad física y permanecer en interiores durante los momentos de mayor temperatura, generalmente entre las 11 y las 17 horas, para reducir el riesgo de efectos adversos sobre el cerebro.
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