
Hace más de 20 años empecé a participar en programas de televisión. En uno de ellos, la propuesta era hablar sobre maltrato infantil. Comencé a contar lo que sabía entonces, que siento que era poco en comparación con todo lo que aprendí durante estos años de trabajo junto a bebés, niños, niñas y personas adultas sobrevivientes.
Sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo. No solo por el tema que iba a abordar, sino porque uno de los presentes venía de protagonizar un escándalo por defender lo indefendible.
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De todos modos, pensé que era una oportunidad para hablar de aquello que tantas veces permanece oculto y para transmitir algo de lo que viven quienes atraviesan situaciones de violencia durante su niñez.

Recuerdo con nitidez que una de las participantes, en medio de la conversación, dijo algo así: “A mí me zamarreaban, me daban un par de cachetadas y acá estoy. No me pasó nada”.
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No recuerdo qué le respondí. Tal vez porque incluso en ese momento la evidencia sobre las consecuencias del maltrato y la violencia sexual ya era contundente.
Lo que sí recuerdo es la naturalidad con la que fue recibida esa frase. Nadie parecía sorprendido. Qué pacto -pensé en ese momento, y pienso ahora, porque algunas ideas no cambian- hacen los niños maltratados con quienes los agreden. Un pacto que sostiene una desmentida, a un costo psíquico profundo, para sacralizar vínculos, para mantener la aparente paz familiar, y para que el sufrimiento no salga a la luz. De todas formas, siempre sale.
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Han pasado más de dos décadas y, sin embargo, esa escena sigue repitiéndose. No solamente en la televisión. También en las escuelas, en los juzgados, en las instituciones y en muchas familias. Se minimiza la violencia sufrida por un niño o una niña con frases tales porque “antes era así”, porque “a todos nos pasó” o porque “si fuera tan grave se notaría”.
Los datos difundidos por la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema muestran que durante 2025 se registraron 3.924 niñas, niños y adolescentes afectados por situaciones de violencia al interior de sus familias. El dato es aterrador, pero no sorprende y solo hablamos de los casos denunciados.
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Aunque adopten formas y diferentes nombres, estas violencias tienen algo en común: ocurren en relaciones atravesadas por una profunda desigualdad de poder. Y cuando quien ejerce esa violencia es precisamente la persona encargada de cuidar, proteger y garantizar la seguridad del niño, las consecuencias suelen ser profundas. De los casos que llegaron a la justicia, el 81% de las personas denunciadas eran sus propios padres.

Actualmente, entendemos por maltrato infantil toda acción, omisión o trato negligente que prive a bebés, niñas, niños y adolescentes de sus derechos, afecte su desarrollo, comprometa su bienestar físico, emocional o social, o ponga en riesgo su integridad.
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Esta definición incluye formas de violencia que durante mucho tiempo permanecieron invisibles o naturalizadas: el maltrato físico, el psicológico o emocional, la agresión sexual en todas sus formas, la negligencia, la violencia simbólica, la violencia de género ejercida en el hogar, la instrumentalización de los niños en conflictos parentales.
En los últimos años se han sumado nuevas modalidades mediadas por tecnologías digitales: el grooming, el hostigamiento en línea, la explotación sexual facilitada por medios digitales, la difusión no consentida de imágenes y el sharenting.
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El maltrato infantil no se limita al ámbito familiar. La trata de niñas, niños y adolescentes, la explotación sexual y laboral, el criadazgo, la captación por grupos coercitivos o sectarios y las violencias ejercidas en instituciones educativas, religiosas, deportivas o residenciales forman parte de un mismo fenómeno: el abuso de poder sobre quienes se encuentran en una situación de dependencia y vulnerabilidad.

Muchas de estas situaciones permanecen invisibilizadas, son escasamente denunciadas y rara vez aparecen reflejadas en las estadísticas oficiales. He atendido también a niñas y mujeres que sobrevivieron a estos sistemas de opresión con secuelas que pueden persistir a lo largo de la vida.
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Es llegar tarde cuando debemos ayudar a alguien a recuperarse de su única infancia. Y tampoco se trata de si alguien logra llegar a la adultez, estudiar, trabajar o formar una familia, es decir, sobrevivir, sino del costo que tuvo que pagar para lograrlo. ¿Cómo es crecer en un entorno al que se teme? ¿Cómo se vuelve a confiar en el mundo de los adultos si, cuando más necesitado estabas, quienes debían cuidarte fueron quienes te agredieron?
Hay algo común en la desmentida social acerca del maltrato y la violencia sexual: no se puede creer porque no se puede admitir. Como la panelista, muchísimos adultos han sido agredidos desde muy pequeños pero prefieren pensar que no les hizo tanto daño, o que su conducta lo ameritaba, o que eran otros tiempos.
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Por eso una de las consecuencias más frecuentes del maltrato infantil es, paradójicamente, la convicción de que no dejó consecuencias. Como mecanismo de supervivencia, muchas personas aprenden a restar importancia a lo ocurrido, a compararlo con situaciones peores o a repetir que “no fue para tanto”. Sin embargo, sobrevivir a una experiencia no significa haber salido indemne de ella.

Las investigaciones desarrolladas durante las últimas décadas muestran que los malos tratos durante la infancia se asocian con mayores niveles de ansiedad, depresión, estrés postraumático, trastornos del sueño, consumo problemático de sustancias, conductas autolesivas, dificultades en los vínculos sexoafectivos y un mayor riesgo de padecimientos físicos a lo largo de la vida.
Las secuelas no siempre aparecen bajo la forma de un diagnóstico. Muchas veces se expresan en una vida atravesada por el miedo, la vergüenza, la culpa o la sensación persistente de no ser merecedor de cuidado.
Otras veces aparecen en la naturalización de relaciones violentas, en la dificultad para reconocer los propios límites o en una tendencia a minimizar aquello que se sufrió, o a ser condescendiente para que te quieran.
Es muy impresionante observar la diferencia en la autoconfianza entre una persona que no fue agredida durante su infancia y alguien que sí lo fue.

La violencia contra niñas, niños y adolescentes no se mide solamente por las marcas visibles que deja en el cuerpo, también por aquellas que se inscriben en la manera en que una persona aprende a habitar el mundo, a relacionarse con los demás y a valorarse a sí misma.
El informe de la OVD muestra que la violencia psicológica estuvo presente en el 95% de las situaciones evaluadas. Esto obliga a revisar una idea todavía muy extendida según la cual la violencia infantil es grave cuando hay golpes. Los insultos, las humillaciones, las amenazas, la indiferencia emocional, el llamado silent treatment o “ley del hielo”, la manipulación o la exposición permanente a situaciones de violencia también producen daño.
La mayoría de los niños afectados tenía menos de once años. Es decir, se encontraban en una etapa de la vida en la que muchas veces todavía no cuentan con las palabras necesarias para explicar lo que les ocurre, ni saben a quién contárselo y naturalizan ser mal tratados porque es lo único que conocen.
El sufrimiento aparece entonces en forma de conductas, dificultades escolares, problemas de sueño, temores, síntomas físicos o cambios emocionales que los adultos no siempre saben leer. Los niños y niñas víctimas siempre se expresan, lo hacen de la manera que pueden.

La forma en que una sociedad narra la violencia también dice mucho acerca de cómo la comprende. Es frecuente que, en la carrera por los clics y la viralización, se ponga el foco en el impacto, el escándalo o el detalle morboso, pero muy pocas veces en las secuelas.
Esta semana, en el grupo de apoyo a sobrevivientes de violencia sexual padecida en la infancia que coordino, varios participantes contaron acerca del malestar que les había generado la cobertura de los últimos casos de violencia letal contra niños y niñas. Escuchar una y otra vez detalles escabrosos, reconstrucciones de hechos traumáticos y relatos cargados de morbo no resulta inocuo para quienes han atravesado experiencias similares. La violencia no termina cuando los hechos ocurrieron; muchas veces reaparece a través de aquello que se ve y se escucha y fuerza una rememoración que revictimiza.
En abril, desde el Consejo Consultivo de ARALMA enviamos un informe al ENACOM solicitando mayor protección de los derechos de los niños, niñas y adolescentes involucrados en estos hechos y un tratamiento responsable de la información. Hasta hoy no hemos recibido respuesta.
Los datos de la OVD muestran que más de la mitad de las situaciones denunciadas ocurrían de manera diaria o semanal. Esto significa que muchos niños no estaban expuestos a episodios aislados sino que crecían en contextos donde la amenaza formaba parte de la vida cotidiana.

Quizás por eso estos datos no hablan solamente de violencia, hablan de la falta de estadísticas a nivel nacional, de la falta de detección, capacitación y de la indolencia a nivel estatal.
También obligan a preguntarnos cuánto de lo que se hace en nombre de la protección infantil logra efectivamente transformar la vida de los niños y niñas.
Durante años hemos asistido a una proliferación de lanzamientos políticos, informes, eventos y declaraciones que muchas veces circulan dentro de los mismos espacios especializados sin producir cambios significativos en la realidad cotidiana de la infancia.

Todo esto devela cuánto tarda una sociedad en escuchar a sus niños y niñas, qué poco observa, cuánto le importa realmente aquello que les sucede y, sobre todo, qué está dispuesta a hacer para protegerlos.
Los casi cuatro mil niños, niñas y adolescentes que llegaron a la OVD durante 2025 no representan el comienzo del problema, ni su parte más acuciante. Solo representan a quienes, de algún modo, lograron ser vistos y oídos.
La pregunta es cuántos más siguen viviendo situaciones similares sin que ningún adulto, ninguna institución y ningún sistema de protección hayan logrado todavía reconocer su sufrimiento, protegerlos y salvarlos.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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