
La imagen de Carl Gustav Jung, uno de los padres de la psicología analítica, suele asociarse con profundas reflexiones sobre el inconsciente y la mente humana. Sin embargo, en paralelo a su tarea intelectual, Jung mantenía un hábito inquebrantable que marcaba el ritmo de sus días: dos caminatas diarias de 45 minutos, sin importar el clima ni las circunstancias.
El psiquiatra suizo fue longevo, más aun considerando su época: murió el 6 de junio de 1961, a menos de dos meses de cumplir los 86 años.

La rutina de caminatas que mantenía, lejos de ser una simple actividad física, constituía el eje de su equilibrio personal y creativo, según relató en una carta de 1947, dirigida a un amigo, citada por la periodista Aránzazu Santana en lecturas.com.
El ritual de las caminatas diarias ocupaba un lugar central en la rutina de Jung. Tal como describió en su correspondencia, el psicólogo suizo salía a caminar dos veces al día, cada paseo con una duración aproximada de tres cuartos de hora. Este compromiso con el movimiento y la naturaleza no respondía a una moda pasajera, sino a una convicción profunda sobre la necesidad de reconectar con el entorno y consigo mismo.

De acuerdo con la reconstrucción de su día a día realizada por Audrey Wilson para finty.com, Jung solía recorrer las colinas y los alrededores de su residencia, integrando estos paseos como parte esencial de su jornada, tanto en la mañana como en la tarde.
Este hábito se alineaba con su visión de la individuación, el proceso de llegar a ser uno mismo en plenitud. Caminar representaba un acto de integración personal, una oportunidad para ordenar pensamientos, liberar tensiones y reconectar con su centro. Esta práctica, lejos de ser negociable, formaba parte de su rutina inquebrantable y respondía a una necesidad de equilibrio frente al caos exterior, especialmente en una época marcada por el trauma de la Segunda Guerra Mundial.

La caminata no era un elemento aislado, sino que se integraba en una rutina diaria cuidadosamente estructurada. Jung comenzaba sus días a las 7:00, dedicaba un buen rato a preparar él mismo un desayuno que poco tendría que envidiar a las modas actuales en la materia: incluía café, salami, frutas, pan y mantequilla. A continuación, dedicaba dos horas ininterrumpidas a la escritura científica, un bloque de trabajo que consideraba sagrado y que le permitía canalizar su energía en lo esencial.
El resto de la jornada alternaba entre actividades creativas como la pintura y la meditación, la recepción de visitas seleccionadas y la respuesta a la correspondencia diaria. Por la tarde, tras una pausa para el té, Jung solía disfrutar de una comida abundante y se retiraba a descansar a las 22:00.

El contacto con la naturaleza y el movimiento físico eran fundamentales para el proceso creativo de Jung y su bienestar psicológico.
La caminata funcionaba para Jung como un puente entre la introspección y la acción, facilitando la integración de ideas y emociones.
La vigencia de este hábito se refleja en el interés que despierta la rutina de Jung entre quienes buscan estrategias para gestionar el estrés y fomentar el bienestar mental. El método L.U.D., inspirado en su filosofía, propone la caminata como una vía para iluminar el inconsciente y alcanzar una mayor claridad interior, según señala Santana. Así, el ejemplo de Jung resalta el valor de los rituales sencillos y muestra cómo el movimiento puede convertirse en un camino hacia el equilibrio personal.
La caminata diaria de Jung ofrecía un espacio de integración y autoconocimiento, donde el pensamiento encontraba orden y la mente hallaba su centro.
El célebre psiquiatra siguió activo hasta el final de su vida, publicando libros. Incluso llegó a interesarse por el fenómeno de los ovnis, no porque creyese en ellos sino porque le interesó el fenomeno psicológico de masas en torno a ellos. Al respecto, publicó en 1958 “Un mito moderno. De cosas que se ven en el cielo”.
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