
Lo sé por experiencia: detrás de cada médico argentino hay una historia de vocación. No de salario, no de fama, no de poder. De vocación. De entrega a algo más grande que uno mismo. Esa vocación, que es tan humana como silenciosa, no se mide en cifras ni en rankings.
Se forja en los pasillos de los hospitales públicos, en las guardias eternas, en el pulso de una urgencia que no descansa y en esa decisión íntima de cuidar al otro, aun cuando nadie esté mirando.
Argentina tiene un sistema de salud complejo, lleno de desafíos, sí. Con sectores públicos, privados, obras sociales. Con hospitales municipales, provinciales y nacionales. Con universidades públicas y privadas que forman profesionales de enorme calidad. Pero lo más valioso que tiene este sistema no son sus estructuras: es su gente. Son los médicos, las médicas, los enfermeros, las residentes, las técnicas, los investigadores. Es el capital humano que todos los días sostiene, con esfuerzo, un derecho básico.
La residencia médica, ese proceso de formación intensa y transformadora, es mucho más que un trabajo. Es un rito de paso. Es el lugar donde se aprende a escuchar al paciente, a leer entre líneas un diagnóstico, a lidiar con la muerte y, aún más difícil, con el sufrimiento. Es ahí donde se templa el carácter, donde se forma el criterio clínico, donde nace —para siempre— el médico de verdad.

Por eso duele tanto que se intente reducir esa experiencia vital a una discusión mezquina entre “beca” o “empleo”. Es una trampa. No caigamos en el falso dilema. No se trata de romantizar la precarización. Se trata de entender que formar médicos no es un gasto: es una inversión. Y es una inversión que define el futuro del país.
En tiempos donde desde el poder se impone una visión radicalmente individualista, donde se desprecia lo público y se recorta a quienes sostienen lo esencial, es más urgente que nunca defender la salud como un valor colectivo. No se trata de ideología: se trata de humanidad. La formación médica no puede ser víctima del ajuste ni del desprecio por lo común. Porque cuando debilitamos el sistema de salud, no atacamos a un sector: nos abandonamos como sociedad.
La ONU fue clara: estamos ante una crisis global de recursos humanos en salud. Faltarán 18 millones de trabajadores sanitarios hacia 2030, especialmente en países como el nuestro. No es solo una crisis económica. Es una crisis de humanidad. Y solo podremos enfrentarla si decidimos, como sociedad, priorizar la salud. Apostar por la formación. Retener talentos. Distribuirlos donde más se los necesita. Reconocer y cuidar a quienes cuidan.

Creo en la iniciativa privada, en el desarrollo y en el crecimiento económico. Pero también creo, con la misma convicción, que hay cosas que el mercado no puede garantizar por sí solo. Puede acompañar, pero no puede reemplazar el compromiso público en la formación de quienes van a cuidar nuestras vidas. Porque formar médicos no es solo enseñar conocimientos: es transmitir valores, cultivar empatía, entrenar el juicio clínico y forjar una vocación de servicio.
Invertir en médicos es invertir en esperanza. Es elegir un país que no se resigna. Es sembrar futuro. Y es también una manera de decirnos, como argentinos, que no nos hemos olvidado de lo que realmente importa: el otro.
En tiempos donde todo parece dividirnos, todavía hay lugares que nos recuerdan quiénes somos. Una sala de guardia. Un aula de anatomía. Un consultorio de atención primaria. Una residencia médica. Ahí está, silencioso, pero firme, el pulso de un país que todavía late.
*Facundo Manes es neurocientífico y diputado nacional por la UCR.
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