
Vivimos tiempos donde el sufrimiento debe ser editado. En los canales de YouTube, niños sonrientes encarnan una felicidad estridente, producida como contenido. Años más tarde, algunos de esos mismos niños, ya adultos, narran la otra cara: explotación, abandono, escenas de su infancia convertidas en mercancía.
Esa narrativa se replica como una epidemia emocional. Niñez feliz, sin trauma ni sombras. Y en el otro extremo, niñez reducida al dolor crudo, expuesta sin contención, sin contexto.
Todo entra en escena: lo invisible del trauma y lo obsceno del espectáculo. Nuestra época oscila entre dos polos igualmente violentos: silenciar el dolor infantil o exhibirlo sin marco, como si fuera material de consumo. En ambos casos, el sufrimiento se descontextualiza y, por tanto, no puede alojarse. Se convierte en mercancía emocional: o se tapa, o se muestra. Pero en ninguno de los dos lugares se escucha.
Frente a esto, urge una ética del cuidado que recupere el lugar del adulto como garante, no como espectador ni editor de las emociones infantiles. Ser adulto no es controlar lo que el niño siente, sino acompañar, sostener, ofrecer un marco donde el sufrimiento pueda desplegarse sin ser corregido.
La docuserie Malas influencias muestra ese reverso brutal de las redes sociales: allí donde se viralizan sonrisas de infancia, también se encubren contratos abusivos, silencios extorsivos y un dolor que se maquilla para ser presentable.

Hoy, el sufrimiento incomoda. Se lo interpreta como falla, como exceso, como algo que debe resolverse rápido. Se premia la euforia forzada, se cancela lo que incomoda. Incluso el dolor debe mostrarse con buena cara.
Este mandato de corrección emocional se vuelve más cruel con las infancias. Si un niño se angustia, debe calmarse. Si una niña revive una escena traumática, debe superarla. Si un adolescente está triste, debe gestionarse. Y debe respirar. Respirar: ese acto vital se volvió consigna de autocontrol, fórmula de corrección afectiva. No sientas. O, si sentís, que sea rápido, limpio, funcional.
En nombre de la salud mental, se patologiza el sufrimiento infantil. Se lo medicaliza. Se lo diagnostica. Pero muchas veces no hay enfermedad: hay trauma, hay duelo, hay miedo. Hay una experiencia que aún no encuentra palabras. Y esas experiencias no necesitan corrección inmediata. Necesitan tiempo.
Tiempo para alojarlas. Para comenzar a inscribirlas en una trama que les otorgue sentido. Porque el dolor no desaparece con maquillaje. Solo se transforma cuando puede hablarse, cuando otro escucha sin interrumpir ni traducir antes de tiempo.

El problema no es buscar ayuda. El problema es cuando esa ayuda no escucha, sino que silencia. Cuando ante el llanto se responde con un diagnóstico. Cuando ante la angustia se ofrece una técnica. Cuando todo debe corregirse rápido para volver a funcionar.
Así aparecen terapias exprés, promesas de alivio inmediato, gurús emocionales que ofrecen calma sin elaboración. Todo se convierte en técnica, en receta, en estrategia. Pero lo que no se elabora, no se va: se convierte en síntoma. El cuerpo guarda lo que el lenguaje no puede tramitar. Y eso retorna.
En este paisaje, lo psíquico queda disociado del cuerpo, del tiempo, del vínculo. Se habla de “salud mental” como si fuera un estado estable, alcanzable, medible. Pero no lo es. La salud mental no es un ideal, es un proceso. Una construcción subjetiva, relacional, siempre inacabada.
Y cuando hay trauma —verdadero trauma— no hay recursos rápidos. Porque lo traumático, por definición, desborda. Irrumpe. No encuentra palabra ni marco. Solo comienza a transformarse cuando otro escucha, cuando puede ser alojado.

A veces, lo que un niño necesita no es una técnica ni una consigna. Necesita tiempo. Necesita una presencia que no interrumpa, que no traduzca, que no lo apure. Tal vez, el mayor acto terapéutico sea ese: estar, sin corregir.
Volver a lo tangible es reconocer que lo psíquico necesita cuerpo, palabra, otros que sostengan. Que no todo se resuelve con campañas ni contenidos. Que a veces lo más urgente es lo más básico: una voz que escucha, una presencia que no juzga, un espacio donde el sufrimiento pueda ser reconocido como parte de lo humano.
La salud mental no es una promesa de felicidad. Ni mucho menos una corrección estética del dolor. Lo que no se elabora, deja huella. Lo que se maquilla sin procesar, se enquista.

La salud mental infantojuvenil no es ausencia de conflicto ni obediencia emocional. No es un niño calmo ni un adolescente funcional. Es la posibilidad de transitar el dolor acompañado. De tener tiempo, palabras y vínculos.
Quizás haya que recordarlo con la precisión de Freud: una persona sana es aquella que puede amar y trabajar.
Que un niño pueda sentirse querido, cuidado, respetado. Que no tenga que esconder lo que le duele para ser aceptado. Eso es lo esencial.
* Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.
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