
La llegada de medicamentos como la semaglutida —comercializada bajo nombres como Wegovy u Ozempic— ha transformado la lucha contra la obesidad. Su capacidad para reducir drásticamente el apetito ha permitido a muchas personas perder peso de forma significativa.
Sin embargo, esta eficacia ha puesto sobre la mesa un efecto colateral preocupante: la pérdida de masa muscular y ósea. Por ello, expertos citados por New Scientist advierten que el ejercicio físico no solo sigue siendo importante, sino que se vuelve esencial durante el tratamiento con estos fármacos.
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Una pérdida que va más allá de la grasa
Investigaciones recientes muestran que hasta un 40% de la pérdida de peso inducida por la semaglutida podría atribuirse a la disminución de la masa muscular. Un estudio de 2021, que analizó a 95 personas con sobrepeso u obesidad, reveló una reducción promedio del 10% en la masa corporal magra tras 68 semanas de tratamiento. Esta pérdida incluye tejidos fundamentales como músculos y huesos, debido a que el organismo, ante una menor ingesta calórica, recurre a sus reservas para obtener nutrientes.
Pese a la reducción de volumen muscular, no está claro hasta qué punto se ve afectada la funcionalidad. En una investigación encabezada por Grace Kulik, de la Universidad de Colorado, se examinó el músculo psoas de 51 personas tratadas con semaglutida.
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Tras 24 semanas, el volumen muscular cayó más de un 9%, pero sin cambios significativos en la fuerza o el rendimiento. Es posible que la pérdida de peso, al facilitar ciertos movimientos, compense temporalmente la merma muscular, según Kulik.

Vale destacar que esta situación plantea riesgos adicionales, sobre todo en personas mayores, más vulnerables a las caídas debido a su propensión natural a la sarcopenia y la pérdida ósea, alertó Katsu Funai, de la Universidad de Utah.
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Ejercicio como escudo ante el rebote
El ejercicio, además de mitigar estos efectos, se perfila como una herramienta decisiva para evitar el rebote tras abandonar la medicación.
Un ensayo clínico reciente liderado por Signe Sørensen Torekov observó a 98 personas que tomaron liraglutida; la mitad combinó el tratamiento con un programa de ejercicio supervisado. Un año después de interrumpir la medicación, los que se ejercitaron recuperaron 2,5 kg, frente a los 6 kg del grupo que solo tomó el fármaco.
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La diferencia, sostuvo Torekov, probablemente se debe a la adopción de hábitos activos y a la preservación de masa muscular, lo cual permite mantener un mayor gasto energético.
¿Pérdida de motivación para moverse?

A pesar de sus beneficios, se ha detectado una posible disminución de la motivación para ejercitarse en quienes usan estos medicamentos. En ratones, se observó que los tratados con semaglutida recorrían distancias mucho menores en ruedas de ejercicio y mostraban menos interés en superar obstáculos para poder correr.
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Según Ralph DiLeone, de la Universidad de Yale, estos resultados podrían vincularse con efectos secundarios como náuseas, pero también con la influencia del fármaco en los circuitos cerebrales del placer y la recompensa.
En el ámbito deportivo, la preocupación también ha crecido. La Agencia Mundial Antidopaje incluyó en 2024 a la semaglutida en su lista de sustancias a monitorear, para investigar tanto sus efectos sobre el rendimiento como los posibles riesgos para la salud de atletas.
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Una recomendación que no cambia
En definitiva, aunque los medicamentos GLP-1 abren una nueva era en el tratamiento de la obesidad, no deben verse como una solución aislada.
El ejercicio sigue siendo un pilar indispensable, no solo para proteger músculos y huesos, sino para sostener los avances logrados y evitar retrocesos. Como concluye Torekov: “Si se pierde masa muscular, se reduce automáticamente el gasto energético. Y eso hace aún más difícil mantener el peso perdido”.
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