
La pandemia por el coronavirus SARS-CoV-2 marcó un antes y un después en la comprensión del sistema inmune de los seres humanos. Llevó a encontrar más pistas sobre cómo el sistema inmune puede responder ante un virus completamente nuevo.
El aprendizaje generado a partir de los estudios sobre el coronavirus y sus impactos fue amplio y cambió conceptos que anteriormente estaban poco explorados o mal entendidos.
“El mundo fue expuesto a un patógeno completamente nuevo. Estábamos intentando aprovechar eso para aprender más sobre la inmunidad”, contó a la revista Nature la inmunóloga Nadia Roan, de la Universidad de California en San Francisco, Estados Unidos.
Aquí van las 5 principales claves aprendidas relacionadas con el sistema inmune tras la emergencia por la enfermedad COVID-19:
1. Los anticuerpos no son suficientes para medir la inmunidad

En las primeras etapas de la emergencia sanitaria global, la mayor parte de las investigaciones se centraron en los anticuerpos generados por el sistema inmune tras la infección o la vacunación. Esto se debió a que los anticuerpos son más fáciles de analizar y medir en laboratorio. Sin embargo, cuando los datos empezaron a acumularse, quedó claro que los anticuerpos no eran la única defensa importante contra el SARS-CoV-2.
Shane Crotty, inmunólogo del Instituto de Inmunología La Jolla en California, señaló que las respuestas de las células T, un tipo de linfocito que ataca directamente a las células infectadas, no recibieron la atención suficiente al principio debido a la dificultad de estudiarlas.
En tanto, Alessandro Sette, del mismo instituto, destacó que las células T mantuvieron una protección robusta contra el virus después de que los niveles de anticuerpos disminuyeron. Eso ocurrió incluso en casos donde las variantes lograban evadir los anticuerpos generados por las primeras vacunas.
Esta lección mostró que, si bien los anticuerpos son esenciales para la inmunidad, las células T desempeñan un papel igual de relevante, especialmente en la protección a largo plazo frente a enfermedades graves.
2. Las células T son fundamentales en la inmunidad prolongada

Además de complementar la acción de los anticuerpos, las células T demostraron ser una defensa crítica que permanecía activa meses después de la vacunación o la infección. Rosemary Boyton, inmunóloga del Imperial College de Londres, Reino Unido, afirmó: “Ahora entendemos mucho, mucho mejor que las respuestas de las células T también importan”.
El conocimiento sobre la importancia de las células T llevó a que se reconsiderara el diseño de estudios sobre vacunas, incorporando el análisis de estas respuestas como un factor clave. Esto no solo amplió la comprensión del coronavirus, sino que también abrió el camino para desarrollar vacunas más efectivas contra otros patógenos.
3. Es crucial analizar las respuestas por tejido

Antes de la pandemia, la inmunidad se entendía como un fenómeno generalizado en el organismo, sin prestar demasiada atención a cómo las respuestas pueden variar entre diferentes tejidos. Sin embargo, se descubrió que el entorno inmune de los tejidos juega un papel esencial, particularmente en las mucosas nasales, donde el SARS-CoV-2 inicia la infección.
El inmunólogo José Ordovas-Montanes, del Hospital Infantil de Boston, Estados Unidos, señaló que antes del COVID-19, la nariz era vista como “solo un tubo pasivo para llevar aire a los pulmones”.
La pandemia demostró que la mucosa nasal tiene un entorno inmune distinto, con un conjunto específico de anticuerpos y células inmunes que no siempre se ven reflejados en la sangre.
Esto ayudó a explicar por qué las vacunas inyectadas, aunque eficaces para prevenir enfermedades graves en los pulmones, ofrecían solo una protección moderada contra la infección inicial en las vías respiratorias altas.
Además, se comprendió que la combinación de inmunidad natural e inducida por vacunas, conocida como “inmunidad híbrida”, genera respuestas más completas al abarcar tanto defensas locales como sistémicas.
4. El sistema inmune innato actúa de manera global

Otra lección clave fue la reevaluación del sistema inmune innato, la primera línea de defensa contra las infecciones. Antes del COVID-19, se pensaba que las respuestas inmunes innatas, como la liberación de interferones (proteínas que activan genes antivirales), eran locales y limitadas al sitio de infección.
Los estudios de Benjamin tenOever, virólogo de la Universidad de Nueva York, Estados Unidos, demostraron que estas respuestas pueden propagarse a todo el cuerpo.
TenOever y su equipo analizaron muestras de hámsters infectados y autopsias de personas que habían tenido COVID-19. Encontraron señales de respuestas de interferón en órganos alejados del lugar inicial de la infección. Esto indicó que el cuerpo puede activar defensas antivirales de manera coordinada, preparando órganos distantes antes de que el virus los alcance.
5. La inmunidad híbrida genera respuestas más robustas

La quinta lección fue el descubrimiento de que las personas que habían pasado por una infección natural y luego se vacunaron desarrollaban una “inmunidad híbrida” que superaba a la protección conferida únicamente por la vacunación.
Según Marion Pepper, inmunóloga de la Universidad de Washington, Estados Unidos, esa combinación potencia las respuestas inmunes al activar mecanismos tanto en la sangre como en las mucosas.
Los investigadores consideran que esas lecciones cambiaron la forma de entender la inmunidad frente al SARS-CoV-2 y otros virus. Permitieron un enfoque más integral en el estudio de las defensas humanas.
Desde el reconocimiento de la importancia de las células T hasta el papel del sistema inmune innato y las respuestas específicas por tejido, los avances logrados en los últimos años seguirán marcando el desarrollo de vacunas y tratamientos más efectivos.
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