Indudablemente, la sal es el condimento más utilizado en todo el mundo a la hora de cocinar. Y si bien puede contribuir mucho con la potenciación de los sabores, es necesario aprender a utilizarla con moderación, ya que su consumo excesivo resulta perjudicial para la salud.
De hecho, los expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomiendan reducir la ingesta de sodio para reducir la tensión arterial y el riesgo de enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares y cardiopatía coronaria en adultos. La ingesta mínima de sal son unos 3 gramos al día y la máxima 5, para cubrir los requerimientos básicos del organismo.
Existen muchos mitos alrededor de los diferentes tipos de sales. Lo primero que tenemos que saber es que es muy importante que reduzcamos el consumo de sal, porque los argentinos consumimos más del doble de lo que necesitamos. No solamente con la sal que agregamos a la comida, sino también en los productos procesados.

Ahora, hay diferentes tipos de sales. Tenemos la sal fina de mesa, que está compuesta por un 60% de cloruro y un 40% de sodio. Y, después, aparecen las sales alternativas que te pueden ayudar a reducir el consumo cuando es necesario. Y acá es donde aparece la confusión.
Cada tipo de sal, por estrategia de marketing, cuenta con mensajes que señalan que son las más saludables, naturales y puras. Sin embargo, no todo lo que se afirma viene a ser cierto y, en muchos casos, se realizan muchas exageraciones.
La sal del Himalaya, por ejemplo, y la sal marina, son sales que son un poco más naturales y están menos procesadas, pero tienen la misma cantidad de sodio que la sal fina de mesa. O sea, si tu objetivo es reducir el sodio, no funciona que elijas ese tipo de sales.

Si bien se les atribuyen un montón de beneficios para la salud, lo cierto es que científicamente no hay nada demostrado y, además, no están fortificadas con yodo, como viene la sal fina de mesa, que es un oligoelemento que es necesario para sintetizar las hormonas tiroideas.
Hay otras sales, también, como por ejemplo las sales reducidas en sodio que sí tienen entre un 25, un 40 y un 50% menos de sodio, pero hay que moderar la cantidad. Si vas a usar el doble, estamos igual que al principio. Lo que podés hacer para reducir el consumo es elegir alimentos más naturales y empezar a probar especias. Y de a poquito, acostumbrarte a los nuevos sabores.
Todos los tipos de sal contienen cloruro sódico como elemento esencial y, por este motivo, debe consumirse con moderación. En conclusión, el problema no es la sal sino la forma de consumirla y la cantidad que se usa en cada comida. Cabe recordar que las especias y las hierbas aromáticas pueden ser una excelente alternativa. Por tanto, vale la pena hacer la prueba y elaborar preparaciones más sanas.
* Romina Pereiro es licenciada en nutrición MN 7722
* Producción: Dolores Ferrer Novotný / Realización: Gastón Taylor / Edición: Rocío Klipphan
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