
Desde la más remota Antigüedad, la rabia fue considerada, junto con la epilepsia, como una enfermedad casi demoníaca, en la que el cuerpo “era dominado por una fuerza esotérica hasta llegar a una de las muertes más horribles que se pueda presenciar”. Ataques de agresión desenfrenados, la hidrofobia, signo propio del ser humano y una muerte por parálisis respiratoria eran los alarmantes signos que fueron inmortalizados, desde tiempo inmemorial, en obras de arte, gráficos y registros.
La ciencia se preocupaba muy especialmente por el tema pero no fue sino hasta 1885, el año en que ese químico francés, dos veces rechazado en el ingreso a la Escuela Normal Superior de París, se animara con su ayudante Emile Roux y bajo la paciente mirada de su compañera de vida Marie Pasteur, a inyectar al niño José Meister, mordido por un animal rabioso.
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Miles de pensamientos de duda se deben haber cruzado por la mente de Luis Pasteur en ese momento, pero ya se había jugado el todo por el todo, y su tratamiento triunfó. José Meister, salvó su vida y años más tarde llegó a ser, paradojalmente, el portero del Instituto Pasteur.

Poco tiempo después el éxito se repitió con aquellos mujiks, soldados rusos de la custodia del Zar, que habían sido mordidos por un lobo rabioso.
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La historia mundial no registra algo que debe enorgullecer a cualquier argentino: fue el doctor Desiderio Davel, un compatriota discípulo de Pasteur, quien aplicó el primer tratamiento fuera de Francia y el tercero en el mundo, salvando la vida de dos niños uruguayos que viajaron en el vapor de la carrera para ser atendidos y salvados en 1886.
La rabia, introducida en nuestro territorio por un animal rabioso aportado por las invasiones inglesas, fue a partir de allí un flagelo principal temido por ser incurable. Davel y Pasteur, Pasteur y Davel trajeron la tranquilidad siempre y cuando existiese un sistema de salud. Así se creó el Instituto Pasteur de Argentina. Luego de muchos avatares, epidemias y muertes la rabia en nuestro país se mantiene acorralada gracias al sistema de salud, pero no ha sido erradicada.
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La rabia mata y no tiene cura. Una vez que se manifiestan los síntomas, la rabia mata sin piedad ni oportunidad alguna. Se contagia por mordedura de animal rabioso, ya sea perro o gato. Frente a una mordedura, se debe lavar la herida con agua, jabón y cepillo, sin ninguna otra acción y concurrir rápidamente a la autoridad sanitaria cercana sin perder de vista al animal mordedor.
Si conocemos al animal, que en el mejor de los casos estará vacunado, habrá que observarlo por profesional veterinario durante diez días. Si el animal escapa o es desconocido deberá aplicarse el tratamiento preventivo con tantas inyecciones como marque el protocolo según el sitio de la mordida.
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Como el virus rábico viaja a través de los nervios, lento pero seguro, cuanto más cerca de la cabeza sea la mordida más grave será ya que más rápido accederá al sistema nervioso central, haciendo fatal e inevitable su desenlace.

Los murciélagos, los insectívoros en las ciudades y los hematófagos en el noreste argentino, son el reservorio de la enfermedad.
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Es por ello que, si vemos un murciélago de día (son de hábitos nocturnos), casi seguro es que está enfermo y la rabia, en este caso, es una certera posibilidad.
Por lo tanto al ver un murciélago de día, lo debemos cubrir con un balde o caja dado vuelta y llamar a la autoridad sanitaria local para que se haga cargo de su investigación. Esta vigilancia epidemiológica nos permite afirmar que la rabia existe en todo el territorio argentino y que evitamos casos mortales por el eficiente sistema de salud vigente.
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La única forma de evitar la rabia y mantenerla acorralada como enfermedad es vacunando a nuestros perros y a nuestros gatos desde los tres meses de edad todos los años toda la vida del animal. La vacunación contra la rabia, en Argentina, es obligatoria y gratuita.
Prevenir la rabia en una tarea de todos y cada uno de nosotros, y podemos y debemos hacerlo.
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*El Prof. Dr. Juan Enrique Romero @drromerook es médico veterinario. Especialista en Educación Universitaria. Magister en Psicoinmunoneuroendocrinología. Ex Director del Hospital Escuela de Animales Pequeños (UNLPam). Docente Universitario en varias universidades argentinas. Disertante internacional.
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