
Todos los días recibimos información sobre la pandemia ocasionada por el virus SARS-2 llamada COVID-19. La mayoría de la información es cambiante, a veces contradictoria, y siempre nos deja en un estado de incertidumbre.
La incertidumbre y el frecuente miedo que se impone no nos dejan en un estado anímico favorable. Tratamos de sostener una forma de vida tal como la conocemos y lo que aparece llamada “nueva normalidad” nos hace pensar en un escenario de mayor control y pérdida de libertades individuales. La lluvia de cifras, de aparentes estadísticas, nos lleva a una mirada más corta y limitada, más temerosa, buscando que en esos datos se esconda la respuesta, cuando quizás la respuesta está en otro lugar, otra mirada más amplia.
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Una crisis suele generar un foco de atención que nos atrapa y de hecho sea esa su principal característica. La más simple: alguien nos defrauda o nos agrede y quedándonos en lo injusto o incompresible de esto, nos preguntamos la razón, tememos sobre las consecuencias o imaginamos mil cuestiones relativas al hecho, cuando el hecho en realidad ya es pasado, y ahora vivimos las consecuencias del mismo, y no podemos ver, en la medida que nuestra emocionalidad nos interfiere, otras facetas que aquellas que nos hieren. No podemos ver en ese desorden cognitivo y emocional, en ese caos, más que pérdidas que nos negamos a aceptar.

Sin embargo, si logramos sobrepasar ese estado vamos a ver un escenario de desorden, en función de nuestro mapa conceptual anterior, pero buscando sin juicios a priori, mirar ese nuevo escenario tal cual es, empezaríamos a ver sus características. Si no elaboramos juicio o modelo, y tratamos de vaciar nuestra mente de ellos, ese nuevo escenario es posible que nos comience a develar lentamente su lenguaje, su secreto. Esos signos pueden dar cuenta de una narrativa diferente, y aprender a conocerla al menos, puede ser un comienzo. El pasaje del dolor por la pérdida, a la comprensión de un nuevo modelo, representa un nuevo paradigma.
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Históricamente las crisis, las epidemias, las guerras, han dejado un tendal de muertes y pérdidas de todo tipo, al punto que demostraron el agotamiento en su máxima expresión del modelo de mundo preexistente, y la imposibilidad de la persistencia del mismo.
Las revoluciones, las emblemáticas como la francesa y otras, fueron períodos de tal caos, que inevitablemente dieron lugar a otro ordenamiento, así como las “pestes” medievales dieron origen a un mundo en el cual nace un grupo social que lleva al renacimiento, y en este, a la imprenta, y la explosión histórica que esto significaría.
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Una pandemia como la actual, en la que el inconveniente ha sido la evidencia de un mundo sin fronteras, quizás lleve a entender que no podemos seguir pensando en un mundo aislado y fragmentado, sea físico, o siquiera conceptual. En alguna medida estos reordenamientos, obligan a entender que no cambian las reglas de juego, sino que cambió el juego, o quizás que debe y es bueno que cambie, el juego al que jugamos, siguiendo la metáfora de Eric Berne, para empezar a jugar otros juegos.
El hecho de vivir al otro como un extraño, opuesto o enemigo, parece haber llegado a su momento culmine, pero al mismo tiempo de agotamiento final de este modelo. Es tiempo de empezar con otros relatos y otros juegos.
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El autor es Médico psiquiatra, neurólogo y perito forense.
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