
Las tragedias y otros casos que conmocionan a la sociedad producen espasmos en la dirigencia. De golpe, el caso de Kim Gómez, la chiquita asesinada en La Plata, había repuesto el drama de la inseguridad en el primer renglón de la agenda pública, con patéticos cruces entre el Gobierno y las autoridades bonaerenses. Parecía que iba a ser diferente frente al desastre de Bahía Blanca: golpeó de tal modo que las primeras reacciones asomaron como una especie de tregua, traducida en fotos de trabajo conjunto para atender a una ciudad devastada. Pero se notaba la fragilidad de los gestos. Y las tensiones crecieron rápidamente. El fin de ese clima terminó de ser sellado por Cristina Fernández de Kirchner, con una verdadera exhibición de uso político. Lamentable.
Lo de CFK no fue un acto aislado. Las señales iniciales de convivencia política traslucían cierta incomodidad, mientras los movimientos eran destacados como un logro de mínima sintonía con la realidad. Se rompía la incomunicación entre el Ejecutivo nacional y el gobierno del principal distrito del país. Un síntoma de cierta normalidad se convertía en noticia. No faltaban intentos de aprovechamiento mezquinos y las tensiones no demoraron en reaparecer, alimentadas por las dos administraciones.
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Hasta la difusión de fotos, con recortes de protagonistas, ponía en crisis el esquema. Desde las cercanías de Axel Kicillof reprocharon que algunas tomas o ediciones dejaban afuera al gobernador. Y más combustible agregó la presencia de José Luis Espert, posible candidato, en un tramo de las actividades de Patricia Bullrich y Luis Petri en el lugar. Después, hubo una reducida expresión de gente enardecida contra la ministra, que pareció armada, tanto como la difusión de un recibimiento cálido al gobernador en otro punto de la ciudad.
De inmediato, entre el discurso de un lado y la narrativa del otro, comenzó algo así como un contrapunto de supuestos modelos, que a la vista de todos se resumiría básicamente en plata antes que en predisposición a sentarse alrededor de una misma mesa para discutir obras y líneas concretas de asistencia. Por supuesto, eso no oculta el fondo de la cuestión: el componente dramático de la emergencia y el arrastre de deudas en materia de obras.
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Dicho de otra forma: la gestión de Kicillof no puede desentenderse de la larga historia de gobiernos provinciales y nacionales de su mismo origen con responsabilidades concretas frente al cuadro actual. Y Olivos no puede suponer que su papel es únicamente de “ayuda” y, además, queda descolocado en su posición ideologizada y negadora del cambio climático en términos absolutos.
El gobernador entró en ese terreno complicado para la herencia propia. Por eso mismo, antes de que discutir causas -es decir, la carencia de obras previas y las medidas para amortiguar un fenómeno climático fuera de serie-, puso el foco en la negación mileista sobre el papel del Estado en esta materia, que incluye presupuesto y, antes, planificación estratégica.
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Kicillof terminó de correr hacia adelante con un planteo más bien para la tribuna: dijo que debería reservarse parte del acuerdo en trámite con el FMI para atender la reconstrucción de Bahía Blanca. Ocurre que el gobernador está lidiando así con dos cuestiones, que están conectadas: la disputa con el gobierno nacional y la interna. Eso último explica su rápido giro hacia el discurso político y hasta el pedido de reunión con Milei que, jugado así, en tono de exigencia o imposición, agrega tensión en lugar de allanar el camino para el diálogo.
Está claro que Olivos busca operar en el interior del peronismo/kirchnerismo y alterna los nombres de Kicillof y CFK a la hora de elegir “enemigo” para polarizar. Las reacciones reflejan esa pulseada doméstica. Poco antes de que el jefe provincial jugara con el pedido de plata del FMI, la ex presidente había aparecido en escena de manera destemplada y a la vez, falta de manejo de los tiempos.
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CFK había encarado el domingo con un mensaje ajeno al desastre de Bahía Blanca. Fue para cuestionar las tratativas con el FMI, en el tono que pretende provocativo y que difícilmente seduzca más allá de su núcleo duro de apoyo. “Che Milei. Al final terminaste haciendo lo mismo que Macri”, escribió, siempre con negación sobre su propia mochila, incluida la gestión de Alberto Fernández.
Es llamativo porque ese texto seguía hasta anoche como tuit fijado. El lunes recién publicó un texto de condolencias. Y ayer, martes, volvió con un mensaje de cargas duras y chicaneras contra el Gobierno, pero a cuento del desastre de Bahía Blanca. Apuntó contra Milei por no haber viajado a la ciudad destruida y -de manera paradójica, si se considera el tono propio- lo acusó de tener “desconexión emocional” con la gente que está sufriendo.
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Aún frente a un panorama desolador, el eje de su largo tuit fue ella misma, con reescritura de su pasado como presidente. Reclamó presencia y “billetera” para atender las necesidades, evitó hablar de la historia de la provincia en cuanto a falta de obras o, al menos, a obras insuficientes, y habló largamente de sus reacciones frente a tragedias.
Ajustó el relato a lo que fueron algunos hechos puntuales, como el alud que arrasó barrios enteros de Tartagal, en 2009. Aprovechó para destacar el papel del Ejército y, sobre todo, de La Cámpora. En cambio, eludió referencias a otros hechos trágicos. Un contrapunto sin sentido.
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Vuelta a la cuestión de fondo. Nadie esperaría miradas autocríticas o reflexiones sobre la necesidad de políticas compartidas para encarar planes de obras estratégicas, que demandan y a la vez habilitan negociaciones conjuntas para lograr crédito de organismos internacionales. No sólo eso. Ninguna línea del texto de CFK, tampoco ninguna expresión previa, estuvo dirigida a desarmar un tablero de disputa con un tema tan sensible.
Nada indica que este tipo de escalada kirchnerista disguste al Gobierno, en la lógica del cálculo político/electoral. Más fastidio dejó trascender frente a los dichos de Mauricio Macri, que alentó como necesidad una reunión de Presidente y gobernador, y además tocó dos líneas de la narrativa oficialista: el papel del Estado frente a algunos rubros de obra pública y el rechazo al concepto de cambio climático. Casos como el de Bahía Blanca no alcanzan por ahora para superar el espasmo político.
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