
El Gobierno pasó del clima dramático al respiro y la celebración en un par de días. Ayudaron algunas novedades económicas, pero el alivio para Javier Milei llegó antes con la aprobación de la Ley Bases y el paquete fiscal en el Senado. El primer éxito legislativo de la gestión expuso sin dudas una batalla política por encima del contenido de los proyectos, modificados nuevamente y camino a escribir el último capítulo en Diputados. Quedó a la vista la pulseada ganada a la oposición dura, pero la difundida señal de “gobernabilidad” fue otra cosa. Mostró un avance en la construcción política y el punto es si quedará como un gesto negociador impuesto por la emergencia o proyecta menor dogmatismo en el modo de entender el ejercicio del poder.
En estas horas, el balance de lo ocurrido y la apuesta restante rescatan sobre todo el despliegue de Guillermo Francos. Menos expuesto, aunque seguido con interés por operadores habituales del mundo político y empresarial, aparece Santiago Caputo. “Con Posse, esto se caía en el Senado”, resume sin vueltas un asesor opositor que recorre el Congreso. Refiere a las trabas y enredos de las anteriores tratativas, y exagera un poco en poner todo el peso en el ex jefe de Gabinete. Con todo, concentra el foco en el resultado y en el interrogante sobre el giro para sacar sí o sí la sanción del Senado.
Resulta difícil hablar de “ala política” del Gobierno. Está claro, en cambio, que el peso para asegurar el último paso de los proyectos está puesto en los mismos interlocutores. Y el objetivo, según dicen desde el oficialismo y confirman en medios de la oposición “dialoguista”, sería acotado y estaría centrado en revertir especialmente un par de puntos del paquete fiscal y no de la Ley Bases. Se trata de los dos rechazos más sonoros: uno, previsible, es Ganancias y otro, sorpresivo -o descuidado-, es Bienes Personales.
Eso es lo que surgió de algunos contactos y del encuentro más formal mantenido, apenas pasada la votación del Senado, en el despacho de Martín Menem. La cita en la presidencia de la Cámara de Diputados reunió a jefes de bloque con Francos. No estuvo en el temario la polémica sobre el modo de interpretar el rechazo a algunos artículos votado en el Senado. Es decir, si habilita o no la insistencia de Diputados en esos casos.
Ese, por supuesto, es un tema que dependerá del clima político cuando, en la última semana de este mes, los proyectos pasen por comisión y lleguen al recinto. Si los acuerdos del oficialismo y los “dialoguistas” se mantienen sólidos y los números son cómodos, no habría problemas. Nadie puede descartar que después, si hay margen, el tema pueda ser judicializado.
Los discursos pueden decir otra cosa, también en ese terreno de interpretación, con constitucionalistas desplegando posiciones encontradas. El punto es si asoma o no alguna maniobra para intentar un bloqueo de los proyectos o una derrota dura para el oficialismo. La mirada sobre lo ocurrido en el Senado divide aguas. El oficialismo ve una intención decidida del kirchnerismo para empujar al Gobierno al borde del precipicio. Otros, incluso en la oposición que acompaño los proyectos, evalúan que el peronismo/K no habría operado a fondo -en especial, sobre algunos espacios provinciales- para hacer fracasar las leyes, sino que apuesta al desgaste más prolongado en el tiempo, entre otras razones porque está lejos de recomponer su imagen ante la sociedad.
Como sea, lo cierto es que el clima previo a la votación era amenazante para el Gobierno, sobre todo por las malas señales financieras de los días previos y, más, por los pronósticos de los “mercados” en la perspectiva de un posible fracaso de la Ley Bases y el paquete fiscal.

El oficialismo restringía el análisis -por creencia y por necesidades de discurso- a la posibilidad de que la oposición dura -o la casta- intentara hacerle pagar el enorme costo de un fracaso legislativo, decisivo y largamente mayor que la caída del primer ensayo de la ley ómnibus. En sentido inverso, la sanción del Senado, a pesar de las concesiones y los rechazos, fue interpretada como un enorme alivio y como un capital político determinante para la gestión.
Esa mirada, con fundamento pero parcial, no puede dejar fuera de foco el costo de sus internas en términos de manejo efectivo de gobierno. No son datos menores la caída de un jefe de Gabinete, rodeado de sospechas y sombras, y el caso de los alimentos, que sacude a Capital Humano, el enorme ministerio a cargo de Sandra Pettovello. Tampoco, la sucesión de renuncias de funcionarios no únicamente en esa área.
La salida de Joaquín Cottani suma una pieza importante a esa lista. El virtual segundo de Economía expone una nueva complicación en ese frente, más allá de las razones de su alejamiento, que combinaría cuestiones personales y algunas tensiones con otros funcionarios de Luis Caputo, además de malestar por las cargas sobre Domingo Cavallo. En cualquier caso, en es hecho que va a contramano de la intención de enfriar internas y cambios, al menos en el primer escalón de gobierno.
Las votaciones del Senado fueron seguidas de una serie de noticias que alimentaron la reconversión del clima angustiante que vivía el oficialismo en el inicio de la semana. Un clima que, por supuesto, superaba los límites del Gobierno y potenciaba el sentido político del desenlace de la pulseada legislativa.
Fueron tres hechos en dos días. Primero fue el acuerdo para renovar el swap con China. Después, el FMI comunicó la aprobación de la octava revisión del acuerdo con la Argentina y confirmó el desembolso de unos US$ 800 millones. Y por último, fue difundido el IPC de mayo, que siguió la línea a la baja y registró un 4,2 por ciento.
No se trata de objetivos sencillos. Parece al menos complejo el camino encarado por el Gobierno para tratar de cerrar un nuevo acuerdo con el Fondo. Y la desaceleración de precios no se perfila lineal. De todos modos, son datos significativos. Hacen al cuadro, pero los trazos fundamentales fueron aportados por el resultado de las votaciones en el Congreso.
Las imágenes del tablero del Senado mostraron números ajustados. Nada menor para un oficialismo de escaso peso en la Cámara. Y sobre todo, una prueba sobre los acuerdos para construir resultados políticos. Fue, también, una muestra de que la gobernabilidad depende en primera instancia de las decisiones en el interior del Gobierno.
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