
La crisis es el motor de los temores del oficialismo y los factores económicos -el FMI, en primer lugar, como pieza para salvar la transición- terminaron de operar y acomodar el tablero de Unión por la Patria. Entrelíneas, Sergio Massa lo había anticipado cuando la pelea aún estaba abierta. Envió un mensaje como garantía de “normalidad”: le habló a la interna y fue un gesto hacia los “mercados” y el frente externo, al mismo tiempo. Cristina Fernández de Kirchner admitió en parte sus límites en este ciclo, aunque sin dejar de jugar: busca asegurar su línea en la provincia de Buenos Aires y deja la apuesta nacional al ministro y a Alberto Fernández. Un modo de mantener la sociedad armada hace cuatro años y desgastada por batallas en continuado.
La reconstrucción más cruda en base a los trascendidos de los últimos días y de este viernes intenso puede resumirse en un ejercicio de presiones cruzadas, al borde del abismo. Massa se movía con la convicción de que una caída suya arrastraría a todos, es decir, a la economía y al Gobierno en sentido amplio. Desde la vereda K se contraponía que, en ese caso, el ministro pagaría costos enormes como “único” responsable. La respuesta fue colocar la carga directa sobre la ex presidenta: el ministro decía que seguiría en su despacho, pero que difícilmente habría oxígeno externo y algún cuidado por parte del mercado.
En paralelo, el mismo mensaje le habría llegado a CFK -o a su círculo más próximo- por la vía de contactos informales con el Fondo. ¿Y con Washington? Eso último pareció más en el margen de la especulación. Lo cierto es que Massa no ahorró en contactos. Venía jugado en la renegociación con el FMI. Varias veces fueron postergadas las posibles fechas para anunciar un entendimiento. Y eso mismo fue traducido, sin mucho esfuerzo, como síntoma de la incertidumbre externa por la situación del oficialismo y la indefinición de las candidaturas.
Algo de eso pudo registrar Eduardo “Wado” de Pedro en recientes conversaciones con empresarios, la última con integrantes de la UIA. Nadie iba a arriesgar un comentario negativo. En cambio, dejaban trascender que su candidatura parecía una aceptación de escasas chances electorales, a pesar de los comentarios positivos sobre la “moderación” del ministro del Interior. Es sabido que cultivan desde hace años y tienen mayor sintonía con el jefe de Economía.
La consagración de la dupla de Massa con Agustín Rossi fue acompañada por la declinación de Daniel Scioli y Wado de Pedro. Es una decisión que tiene diferentes efectos domésticos. En el caso del ex gobernador, se verá cómo le pagan después del breve y funcional ejercicio como precandidato en línea con Olivos. El ministro del Interior tendrá su lugar político, pero para una franja del kirchnerismo tiene un impacto político significativo, alimentado por el simbolismo del “hijo de la generación diezmada” -en palabras de CFK que sugirieron su candidatura- que terminó relegado.
Para los gobernadores peronistas, el otro actor de peso en el oficialismo -como conjunto-, el desenlace de las negociaciones deja evaluaciones variadas. Empujaron la fórmula única para evitar que la interna nacional provoque o facilite peleas domésticas en sus distritos. No sería una celebración completa, porque aspiraban a hacer valer “sus” votos en las provincias que gobiernan por algún protagonismo mayor. Sobre ese presupuesto avanzó Juan Manzur, que quedó en el camino como compañero de Wado de Pedro.

Massa jugó fuerte para postergar la formalización pública de esa dupla y darse un último espacio de negociación directa con CFK. El cortinado de fondo seguía siendo la economía y la inquietud registrada en el frente externo. Un cuadro llamativo y complejo visto también desde afuera: la gestión centrada en un ministro de Economía que podía perder espacio político, el Presidente en virtual estado de transición y la ex presidente en el lugar central del oficialismo.
Las circunstancias y el cálculo final repusieron a Olivos en la decisión electoral. Alberto Fernández reclamó colocar a un “hombre suyo” como vice para sellar el pacto. Y funcionó como consecuencia del giro dado por CFK, en un contexto que exhibe sus límites actuales, en primer lugar, al no competir como candidata. Desde esa posición, con el registro económico y las demandas de unidad de los jefes territoriales, dio el paso para cerrar la fórmula.
Deberá contener a la franja propia que queda desconcertada -o desilusionada, según algunas primeras reacciones en redes sociales- por el final abrupto de la candidatura de Wado de Pedro, cuando ya se habían producido las fotos iniciales para la campaña de publicidad. Y en ese marco, el vuelco de CFK es expuesto como un nuevo ejemplo de pragmatismo. Eso resultó exitoso en el 2015 y llega ahora con deterioro de gestión. En ese recorrido, de todos modos, mantiene la relación con Massa. El puente más utilizado lo construyó y no dejó de transitar Máximo Kirchner.
Con el ministro convertido en candidato a presidente, se repone la expectativa sobre la respuesta del FMI al pedido de renegociación que lleva semanas de tratativas. Por lo pronto, el Gobierno postergó vencimientos hasta fin de mes. Y podría ser un primer test para el objetivo mayor de lograr un adelanto amplio de desembolsos.
En esa línea, el primer interrogante acaba de ser respondido con la designación de Massa como candidato. Se verá qué espacio tiene en esa doble función -electoral y de gestión- para regenerar compromisos. La siguiente respuesta tendrá que esperar un par de meses: las PASO dejarán a la vista la cosecha propia y la consagración de los competidores por la oposición. Es decir, las perspectivas para las elecciones generales de octubre. El pragmatismo también corre fuera del despacho de CFK.
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