
Alberto Fernández terminó de exponer lo que supondría su “estrategia” para contener la interna: apelar a la pelea con el “enemigo” externo y advertir que en esa pelea se juega el destino del oficialismo y del país. Volvió a poner el foco en Mauricio Macri y, con carga adicional, en la Justicia. Es una fórmula repetida, lineal, a gusto -al menos en la letra- de Cristina Fernández de Kirchner. Y que, más allá las pretensiones de elegir rival en la oposición, limita sus movimientos al tablero doméstico. Se encierra en la lógica que hasta ahora le viene provocando un enorme desgaste.
La interna se juega en el plano más sensible: la política económica. Lo registra Martín Guzmán y los mensajes llegan nítidos a Olivos. No se trata sólo de las cargas del kirchnerismo, sino además de planteos puntuales de Sergio Massa y de reclamos de gobernadores peronistas. Algo de eso expone la demora para terminar de cerrar por decreto las metas presupuestarias, a falta de ley, un paso que debería haber sido dado hace un mes y medio, según el compromiso con el FMI.
Algunos roces de Juan Manzur y Eduardo “Wado” de Pedro con Economía tienen origen en ese punto: la falta de acuerdo en el interior del oficialismo sobre el flujo de fondos a las provincias. Las advertencias, cuidadas en las formas, han sido emitidas por los jefes provinciales del PJ, que volvieron a las reuniones en el CFI. Y añaden un ingrediente de cuestionamiento a la atención que recibe Axel Kicillof, aunque sea más ruidosa la munición sobre Horacio Rodríguez Larreta.
Olivos no desconoce la trama de intereses en juego -políticos y por fondos-, que involucran a todos los socios de la coalición oficialista. Martín Guzmán debe convivir y a veces ceder frente a jugadas con sello visible de CFK y de Máximo Kirchner, pero también ante movimientos como el de Massa con el impuesto a las Ganancias, que a su vez provoca inquietud en las provincias por su efecto en la coparticipación.

Frente a ese cuadro complejo, y agravado por la inflación, Alberto Fernández aparece tomado por la interna. Y en lugar de ampliar su construcción política -posibilidad desperdiciada varias veces- se limita a un camino que expresa como dato central el mal estado de las relaciones dentro del oficialismo. CFK sigue ocupando el principal escalón, con una mirada que, según deja trascender su entorno, es pesimista sobre la economía y alarmante en cuanto a su impacto en las chances para el 2023.
El Presidente busca elegir la contraparte de la oposición. En Cañuelas, flanqueado por Kicillof y Massa, apuntó otra vez a Macri. Antes lo había definido como el “verdadero enemigo”, esta vez hablo de “ladrones de guante blanco”. Hubo, respecto de CFK, puntos de coincidencia, uno de ellos siempre inquietante en términos institucionales. Eligió a Macri bajo la hipótesis de que sería la mejor o menos complicada competencia, en base a números de encuestas sobre imagen, bastante deteriorados también en el caso del oficialismo. Reeditaría la grieta, aunque con interrogantes como apuesta a la polarización. Es un tema, además, a resolver en la otra vereda: si llega el caso, en las elecciones primarias de Juntos por el Cambio.
El otro elemento, alarmante a pesar del acostumbramiento que genera la repetición, fue su renovada andanada contra la Justicia. Dijo que espera que “la Justicia se dignifique a sí misma” investigando la gestión macrista. Existe en el Gobierno y en el kirchnerismo fuerte malestar por la posibilidad de que la Corte Suprema acepte la medida cautelar del gobierno de Horacio Rodríguez Larreta para frenar el recorte de fondos a la Ciudad. Y siguen adelante los movimientos para avanzar con una reforma de la Corte, empujada ahora también por gobernadores del PJ y aliados. La frase presidencial tiene entonces un eco más potente.
¿El Presidente aplaca o ni siquiera esconde la interna con este discurso? Está claro, al menos, que ese recurso rompe o complica vínculos con la oposición y, como contrapartida, queda atado al desgastante juego de la interna. En ese espacio, reducido a los fieles, gravita sobre todo CFK. Alberto Fernández termina de deshilachar -si quedaba resto- el plus que le agregaba al Frente de Todos como armado electoral.
La disputa interna, como elemento central y condicionante de la gestión, opera a contramano de la solidez política necesaria frente a la crisis. No se trata ya de generar algún atractivo externo -en el cuadro internacional alterado por la guerra que desató Rusia con la invasión a Ucrania-, sino al menos de contener expectativas. No ayudan tampoco las sinuosidades en las relaciones externas, expresadas en estos días por el modo resolver la asistencia a la nueva edición de la Cumbre de las Américas, como antes fue por el vínculo con Rusia.
Pero en la cuestión doméstica, tal vez los discursos de Alberto Fernández estén refiriendo a una reducción de los puntos de posible acercamiento a la ex presidente, con Macri y la Justicia como foco para la confrontación. Además de los puntos referidos, existe un indicio aportado por Andrés Larroque, que hace apenas un par de semanas fue la voz más potente de las críticas a la gestión presidencial, sobre todo en el área económica.
Ahora, el dirigente camporista señaló que la unidad es necesaria pero no alcanza por sí sola. Dicho de otra forma: reiteró la necesidad de sostener la coalición, pero con definiciones diferentes sobre la gestión. Una manera de aludir a la irresuelta disputa de poder. Tampoco como respuesta doméstica estaría resultando el discurso presidencial.
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