
Después de un inentendible y a la vez sugerente silencio, el Gobierno fijó posición sobre el principal foco de tensión mundial: la ofensiva de Rusia sobre Ucrania y las sanciones disparadas por Estados Unidos y la Unión Europea. Lo hizo con un comunicado que naturalmente llama a resolver el conflicto por la vía diplomática, en un tono que daría para la polémica por sí solo. No es un dato único. Ocurre que en política exterior -bastante más que en el plano doméstico- se destacan las líneas y no únicamente los puntos. Y el texto de Cancillería es leído entonces en el contexto marcado por las declaraciones y gestos de Alberto Fernández hacia Vladimir Putin, hace apenas veinte días, en Moscú.
El comunicado oficial exhorta a una solución pacífica y “apela a todas las partes involucradas” para que resuelvan el conflicto en el marco de las resoluciones de la ONU y del derecho internacional. La referencia a las “partes involucradas” -dos veces en ocho líneas- podría asomar como un camino neutral para demandar y colaborar, aunque sea en parte, a alejar la amenaza bélica, la tragedia. El punto es cuánto de fondo o formal marca la declaración. Otros países, como México fueron en la misma línea pero destacando el respeto a la “integridad de Ucrania”.
Por supuesto, lo que está en discusión tiene eje y a la vez supera a Ucrania. En un tablero donde mueven sus fichas -de manera directa o no- Estados Unidos, Rusia, China y los países de la UE -en especial Alemania, y Francia-, Moscú resolvió escalar en sus movimientos al “reconocer” como repúblicas independientes a los territorios de Donetsk y Lugansk. Marcó un giro fuera de la “lógica” que, según especulaban analistas internacionales, apuntaba a explotar grises en las posiciones de Washington y sus aliados.
No es lo que está ocurriendo. La constante es, con todo, la inclinación al abismo de una guerra. ¿Era impensable este cuadro? Lo único que resulta claro es que Alberto Fernández voló a Moscú para su encuentro con Putin, en escala de viaje a Beijing, cuando el conflicto ya era ineludible y alarmante punto al tope de la agenda internacional.

Como posición más dura, algunas voces de la oposición llegaron a reclamar la suspensión del encuentro con el presidente ruso. Nada hacía suponer que fuera una alternativa sensata en política exterior dar marcha atrás sólo unos días después de agendar y difundir la cita. Eso, sin contar los posibles problemas internos, siempre en primera línea. De todos modos, lo razonable era extremar los cuidados, es decir, medir gestos y declaraciones.
Lo que ocurrió en Moscú fue al revés y hasta algunas fuentes del oficialismo dejaban trascender desconcierto y cierto malestar. El Presidente cuestionó ante Putin las relaciones con Estados Unidos y el FMI. Algo extraño por diferentes razones -de coyuntura y diplomáticas- para ser dicho en Moscú. Con todo, más significativo pareció el mensaje que ofrecía a la Argentina como “puerta de entrada” para Rusia en la región.
Una parte de esos mensajes -amplificados en una conferencia de prensa desde Barbados- buscó ser enmendada con gestiones apuradas por la necesidad de cerrar el acuerdo con el FMI, no por definiciones de fondo en materia de política exterior. Hubo contactos otra vez en Washington y también aquí para neutralizar el malestar generado en la administración demócrata. Finalmente, Alberto Fernández dijo que sus críticas apuntaban a la era Trump y agradeció el papel de Joe Biden.
Eso asomó como una señal dirigida a allanar las tratativas por la deuda. En cambio, el gesto sobre la Argentina como puerta para la proyección de Moscú en la región quedó como cortinado de fondo, ya entonces previsible, del conflicto con eje en Ucrania. Fue un mensaje potente en el plano de la geopolítica.
La pregunta es hasta qué punto el Gobierno le otorga a Rusia un lugar de “socio estratégico”. Los voceros de Olivos buscan sostener lo actuado en el viaje a Rusia y China como un dato central de una posición “multilateralista”. No es lo mismo que destaca el kirchnerismo y menos aún lo que se denomina el kirchnerismo duro. Precisamente, ese intento de equilibrar la interna fue también aplicado a las relaciones exteriores, con una distribución de destinos diplomáticos de peso según el gusto de cada socio de la coalición de gobierno.
Ese esquema de parcelación de áreas resulta conflictivo y costoso en la gestión, más grave aún en el frente externo. Nada que hable de multilateralismo, en sentido amplio y como posición equilibrada. El mal eco de aquel mensaje dejado en Moscú connota silencios o textos de estas horas.
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