Los mismos cortes, las mismas recetas y el mismo desastre energético, nada cambia

El drama energético atraviesa al país desde hace más de medio siglo, y atravesó gobiernos democráticos de diferente signo, dictaduras, dictablandas y dictadurísimas. Y los parches y excusas para paliar los efectos del desastre se repiten. Poco para un Gobierno que hoy proclama la reconstrucción argentina.

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En enero de 1989 ya
En enero de 1989 ya se tomaban las mismas medidas que en la actualidad

Adivinanza en dos etapas. ¿De cuándo es esta noticia? Para ahorrar energía ante la ola de calor, que provocó cortes de luz en varias zonas de Capital y Gran Buenos Aires, “(…) el Gobierno dispuso que los empleados públicos trabajen a distancia, en caso de que ello resulte posible, y se abstendrán de concurrir a sus lugares habituales de trabajo”.

Y, ¿de cuándo es esta otra noticia?: para ahorrar energía ante la ola de calor, que provocó cortes de luz en varias zonas de Capital y Gran Buenos Aires, “asueto estatal hasta el martes para ahorrar luz”.

No se gaste. La primera noticia es de hoy y el asueto estatal -dispuesta por Casa Rosada- rige desde las doce y hasta el viernes por la noche, y engancha con el fin de semana. La segunda noticia es del viernes 6 de enero de 1989, hace treinta y dos años, y el asueto también enganchaba con el fin de semana inminente.

En treinta y dos años, no cambió nada. El calor provoca crisis de energía y los gobiernos, de cualquier signo, no recurren a nada mejor que a reiterar medidas que no sirvieron nunca para nada.

Si algo diferencia a una noticia de otra, ambas en las primeras planas de los diarios de entonces y de las páginas web de hoy, es el contexto: hace treinta y dos años, SEGBA, juzgada como ineficaz y deficitaria, había desencadenado cortes de luz antes de lo anunciado. De SEGBA no queda ya ni la memoria. Y aquel viernes 6 de enero, con los Reyes Magos en estratégica retirada, se había suspendido el sorteo del PRODE y se devolvía el dinero de las tarjetas. ¿Quién se acuerda del PRODE?

El entorno sí que cambió, hace treinta y dos años apenas si teníamos noticias de Internet, los teléfonos celulares eran un sueño a punto de despertar, la tecnología no había invadido la vida cotidiana y no nos había enchufado a la energía imprescindible para el desarrollo individual y colectivo. Éramos unos pioneros todavía sin tablets, sin laptops, sin mails, sin redes sociales, sin smartphones, sepultados todos por una realidad irrevocable: Flaco, no hay luz.

Aquel enero marcó el principio del fin del gobierno de Raúl Alfonsín. A los asuetos del Estado se le sumaron luego los cortes programados de luz: te dejaban a oscuras cuatro horas diarias, mañana, tarde y noche. Mientras el mundo nacía a la luz, nosotros nos preguntábamos: “¿A vos cuándo te toca?”.

Nacieron los equipos electrógenos adosados a los hospitales, que reprogramaban sus intervenciones quirúrgicas según el capricho de los cortes por decreto. En las noches de aquel verano, los habitantes de un barrio sin luz iban a beber un café o un trago a los bares de otro barrio iluminado, libro bajo el brazo, a esperar el largo lapso del lejano mundo a oscuras. Regresaban a casa al amanecer, a comprobar si de verdad el corte de energía había durado sólo cuatro horas. Siempre duraban más. Y, ya en la mañana, después de beber una bebida tibia de la heladera y de buscar de dónde llegaba ese leve hedor de su interior, se las ingeniaban para ayudar a los vecinos mayores de cada edificio para hacer las compras, impedidos como habían estado de usar el ascensor.

El Gobierno negocia con empresas
El Gobierno negocia con empresas para que reduzcan el consumo eléctrico en un intento por evitar nuevos apagones (Franco Fafasuli)

Aquel era un país en guerra. Pasó no hace mucho y no tan lejos. Durante el menemismo, después del efecto “tequila”, también hubo cortes prolongados de luz, pero ya los ciudadanos habían dado ese peligroso paso hacia el acostumbramiento y todo se tornaba un poco más divertido, trágico, pero hay que reírse. El boom de la época era el freezer, de manera que cada quien viajaba de su casa, alimentos congelados en mano, hacia la casa del pariente más cercano que hubiera tenido a bien hacer un lugarcito en su aparato marchoso. Y luego había retorno de favores. “Mi fin de semana fue bárbaro -me confió un amigo- Saqué a pasear a la carne congelada”.

En 2013, el kirchnerismo padeció su propia crisis de energía. El entonces ministro jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, dijo que los cortes eran producto del acceso masivo de la gente a los aires acondicionados, lo que equivalía a decir que el progreso daña, que el confort destruye, que el desarrollo deteriora y quebranta. El progreso está ahí, pero mejor no acceder a él.

No es por ser odioso, pero tengo ante mí la tapa de un diario argentino que titula el fracaso de la invasión mercenaria a Cuba, en Bahía de Cochinos, auspiciada y financiada por Estados Unidos. Es del 20 de abril de 1961, hace sesenta y un años. En el ángulo inferior derecho, un titular recoge entre comillas el textual de un funcionario anónimo: No más cortes de luz”.

La película de estos días es la misma de hace más de medio siglo y atravesó gobiernos democráticos de diferente signo, dictaduras, dictablandas y dictadurísimas. El drama energético es el mismo, cada año un poco más serio, los parches son los mismos, las excusas son las mismas, las medidas destinadas a paliar, a amortiguar, en el peor de los casos a disimular la dimensión o los efectos del desastre, son las mismas: es vaciar el mar con una copa. También es poco de nada para un gobierno que hoy proclama, muy suelto de cuerpo, la reconstrucción argentina.

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