
Vengo a aclarar, por las dudas, que no soy un vaticanista o tal vez vaticanólogo, pero me absuelve -palabra muy a mano- el hecho de poder observar o pensar un par de horas sobre el hombre que es argentino como nosotros y Pontífice, Papa, la cabeza de la iglesia católica. Jefe de Estado por añadidura de los metros cuadrados que ocupan el poder y guía de miles de millones en el mundo.
Jorge Bergoglio recibió al mandatario argentino Alberto Fernández en su gira europea por apoyo y comprensión frente a la negociación del FMI y el Club de Paris. Deuda que, como sucede, se paga con más deuda… después de pagar la primera. Fueron 35 minutos de audiencia -pocos, en realidad, ha de ser lo establecido- aunque es el Papa, caramba, y pueden ser poquisímos o muchos.
Fueron esos 35, con regalos y saludos, y se interpretarán en medir audiencias en esa dirección los especialistas. El presidente argentino y el Santo Padre nacido en el barrio de Flores, diestro bailarín de tango en las mocedades, hincha de San Lorenzo, erudito cultor de la música clásica, lector constante, peronista, jesuita.
Si se trata de variaciones, veo que algunas fuentes dicen haber pertenecido a Guardia de Hierro, agrupación del peronismo juvenil que en calificaciones de tanto revuelo y crispación ardiente juzgaron de derecha sin dejar de manifestarse -¡ López Rega!- que se inspiraba en Trotsky. Peronista sin dudarlo, el joven sacerdote conoció a muchos que al que escribe ahora conoce -conozco- a algunos por el juego fantástico de cruzar ideas de modo fraternal y por el tiempo recorrido, que siempre es favorable para viajar de generación en generación sin fingimiento.

Pero como uno tiene la impresión de que el Papa ha ido cambiando desde que llegó a San Pedro hasta la visita del Presidente y sus acompañantes, tiene que recurrir a sensaciones y percepciones. Se dijo que había obstáculos para concretarla por la aprobación de la ley de aborto. Se hizo. No es difícil saber que sus visitantes le caen bien o mal por el gesto, por la cara. Sonrisa para Cristina en algún momento, pongamos- todo puede modificarse por detalles, siempre desde este observatorio-, para Macri y para Trump, vinagre. Con Alberto Fernández, en la mitad: se conocían bastante, imagino.
Es decir que Fernández y los suyos encontraron a un Papa menos pródigo en rosarios y más embarcado en el mundo, más lejano de su país seguramente entrañable pero, se quiera o no, uno más en la Tierra donde dolores y quebrantos no faltan en tan bonito planeta.
Irse, aún para llegar a lo más alto, obliga a tomar distancia, a ver el todo y no una parte. Sin olvidar lo que me parece de mayor significación y sin embargo se dejado a un costado, lo más significativo: Jorge Bergoglio dijo hace muy poco que ya no volverá nunca a la Argentina, que morirá en Roma.
¿Hay acaso algo más importante para componer las variaciones sobre el Papa Francisco y Jorge Bergoglio? No, y quien no lo haya pescado, quedará desvestido y en la idea de que es el mismo que cuando llego a San Pedro para vivir en Santa Marta, al lado, a su manera.
Acudamos al poeta en busca de claridad: “Todo pasa y todo queda/ pero lo nuestro es pasar.”
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