Festejos, fotos con color político propio, versiones y contra versiones sobre su equipo, inicio de una delicada transición. Todo eso gira con intensidad alrededor de Alberto Fernández desde la noche del domingo. Y en medio del vértigo, se afirma además el modo en que se sueña el presidente electo: el espejo es Néstor Kirchner. Los reparos que circulan sobre las diferentes épocas parecen limitados a la economía, aunque en rigor la clave política no es menor. El esfuerzo inicial del primer kirchnerismo fue generar poder propio y esa lógica puso en primera línea la disputa por el peronismo bonaerense, entonces duhaldista. Es el mismo territorio visto ahora por CFK como su principal fortaleza. También allí la realidad es otra.

“Un baño de peronismo”, así definió una fuente albertista el acto del martes en Tucumán. Allí Alberto Fernández se mostró con mandatarios provinciales, algunos intendentes bonaerenses y una nutrida delegación de jefes cegetistas. Y repitió ante esa platea que su proyecto será el de “un presidente y veinticuatro gobernadores”. Fue una señal a la que con sentido común sus protagonistas intentaron después restarle tensión.

Alberto Fernández junto a los gobernadores del PJ en Tucumán
Alberto Fernández junto a los gobernadores del PJ en Tucumán

Aquel gesto, naturalmente, cobró relevancia por el punto previo de referencia, es decir, la celebración del domingo por la noche. Allí, el candidato ganador festejó junto a dos figuras ineludibles a la hora de repasar el éxito en las urnas: Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, que llega al podio de gobernador de Buenos Aires con impulso directo de la ex presidente. El escenario no fue abierto a gobernadores, jefes sindicales y otros referentes. Fue seguramente un modo de ajustar el foco de la victoria nacional en el muy amplio resultado del principal distrito del país.

Esa lectura se apoya en datos ciertos –un millón y medio de votos de diferencia- pero asoma parcial, incluso en el plano exclusivamente bonaerense. Una mirada más amplia incluiría el aporte de los jefes provinciales –aún de los que perdieron en este turno nacional, porque serán necesarios individualmente y por su peso legislativo- y también una advertencia sobre algunas caídas del kirchnerismo duro en ciudades bonaerenses de peso, junto al delicado cuadro de la legislatura provincial.

La idea del modelo “nestorista” seduce al presidente electo y también a varios de sus más antiguos compañeros de la política desde siempre, según se ha dejado trascender casi desde el mismo momento en que fue integrada la fórmula nacional. Pero esa especie de nostalgia por el 2003-2007, diferenciada incluso de las dos posteriores gestiones de CFK –y especialmente de la última-, no desconoce la enorme distancia que existe entre este presente y aquel pasado.

Se ha dicho: la economía ofrece un paisaje bastante disímil. Kirchner llegó al gobierno con un cuadro delicado, pero no el más crítico de aquellos años. El peor costo del ajuste posterior a la crisis de 2001 había sido pagado por Jorge Remes Lenicov y Roberto Lavagna encaraba una etapa de recuperación, con materias pendientes desafiantes, como el proceso de canje de la deuda, y a la vez con un cuadro internacional favorable y una realidad interna que perfilaba superávits gemelos y sensible mejora de las reservas.

Néstor Kirchner y su jefe de Gabinete, Alberto Fernández
Néstor Kirchner y su jefe de Gabinete, Alberto Fernández


El desafío político era enorme para Néstor Kirchner, aunque con una sociedad que necesitaba conceder crédito político para volver a respirar social y económicamente. Y ese crédito fue aprovechado: el objetivo inmediato fue construir poder propio, en medio de las ruinas del sistema de partidos. Lo hizo con perfil público diferenciado de la etapa menemista –de la cual nadie podía decirse ajeno- y con una oposición destartalada por el final trágico de la Alianza.

El “nestorismo” o kirchnerismo inicial fue muy pragmático y se planteó objetivos precisos de rearmado y jefatura del peronismo, con atracción de fragmentos de otras fuerzas y novedades como la cercanía con organismos de derechos humanos. Su esquema de liderazgo o jefatura tuvo entre otros elementos una característica básica: el modo radial y a la vez vertical de ejercer el poder.

Kirchner buscó desde el inicio un vínculo directo, sin intermediarios, con los gobernadores. Mano a mano, sin mediación de estructura partidaria alguna. El PJ en sí mismo era una estructura vacía. O mejor: la relación interna era en términos de Estado, es decir, despareja por razones elementales y no sólo de caja. Eso mismo fortalecía el sentido vertical, porque al mismo tiempo los interlocutores eran variados en cada distrito y hasta en cada área de gestión: intendentes de diálogo directo con el presidente, secretarios que no necesitaban del ministro para conectarse con la Casa Rosada.

Pero esa concepción y esa práctica, desarrollada desde el primer día, debía pasar la prueba bonaerense. Fue entonces que Eduardo Duhalde fue puesto en la mira kirchnerista: pasó de promotor político y socio estratégico a principal enemigo. Y la ofensiva fue brutal.

El punto culminante fue la discusión de las listas de 2005 para Buenos Aires. Y la síntesis fue el lanzamiento de CFK como candidata a senadora, contra la postulación de Chiche Duhalde. Aquel acto, en el Teatro Argentino de La Plata, expuso todo. Cristina Kirchner trató de jefe mafioso a Duhalde, lo pintó como El Padrino. Y el entonces presidente sentó en la platea a todos los gobernadores peronistas, con Felipe Solá en lugar destacado. Era el final de la alianza interna y del soporte que le permitió llegar al poder nacional. Y consagraba en buena medida la consolidación política que le había negado Menem al renunciar al balotaje.



CFK ganó como senadora, con más del 40 por ciento de los votos. Solá se consolidó como aliado pero un año después vio evaporarse el proyecto de reelección a raíz de un hecho externo a la provincia: la derrota del proyecto reeleccionista del misionero Carlos Rovira, frenado en las urnas a pesar del impulso de Kirchner. Los intendentes peronistas profundizaron su juego personal con Olivos.

Está claro que el tablero actual es diferente por diferentes razones. El sistema de partidos sigue en crisis, pero existe una especie de formaciones amplias –dos coaliciones o franjas con sustento social- que en principio equilibrarían las relaciones de poder. Y dentro del peronismo, el lugar de CFK en la provincia es central, aunque no se trata del viejo modelo duhaldista, más de aparato que de liderazgo. La mayoría de los intendentes del PJ dice que ese último fue el dato ineludible en sus distritos, al margen de preferencias o convicciones propias.

La cuestión no se agotaría en las posiciones individuales de la ex presidente. El kirchnerismo duro lo considera territorio vital para su desarrollo futuro. Pero eso no expresaría voluntad de quiebre, según dicen, en la visión de los principales jefes de La Cámpora, con Máximo Kirchner en primer lugar. Las cartas actuales están colocadas a mano de Alberto Fernández y del juego que permitió encolumnar a Sergio Massa y otros referentes. Con todo, nadie descuidaría su espacio.

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