Los catorce días que cambiaron la vida de Mauricio Macri

Recién llegado a las librerías, el libro “El secuestro”, de Natasha Niebieskikwiat, revive el rapto del hoy presidente, del que el próximo 24 de agosto se cumplirán 25 años

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Franco y Mauricio Macri en la
Franco y Mauricio Macri en la puerta de su casa de Barrio Parque momentos después de su liberación (DyN)

De por sí, la historia tiene ribetes novelescos: un empresario millonario, miembro de una de las familias más ricas del país, es secuestrado en la puerta de su casa en un barrio exclusivo, es trasladado en un cajón de madera hasta una casona, y pasa allí, en una especie de pozo, cerca de 14 días en cautiverio hasta ser liberado luego de que, en un procedimiento digno de una producción hollywoodense, la familia pagara un rescate de 6 millones de dólares. Si 25 años después, el protagonista llega a la Presidencia de la Nación, naturalmente el hecho adquiere un renovado interés.

Si bien el secuestro de Mauricio Macri fue popularmente conocido, el hoy mandatario fue siempre elusivo a la hora de dar detalles sobre su cautiverio, allá por agosto de 1991. El año pasado, durante la campaña, apenas hizo algunas referencias a "el ataúd" en el que había pasado varias horas: un cajón de madera de 1,70 metros de largo -él mide 1,78-, donde en varias oportunidades sintió que se quedaba sin aire. Ese detalle fue el disparador para que la periodista Natasha Niebieskikwiat se propusiera desentrañar la historia íntima de los días que cambiaron la vida de Macri para siempre y de los que ahora se cumplen 25 años.

"Es un episodio determinante", explicó Niebieskikwiat, autora de El secuestro, a Infobae TV, porque "lo humaniza". "Si bien es hijo de un obrero inmigrante que trabajó e hizo mucho dinero -Franco Macri, que vino realmente con una mano atrás y otra adelante- y una mujer de la oligarquía de la provincia, Alicia Blanco Villegas, Mauricio Macri nace en un ambiente muy acomodado, y desde el inicio de sus días conoce los lujos y los placeres. Este secuestro lo humilla mucho, desde muchos lugares. Fue tremendo lo que pasó. No fueron muchos días, pero sufrió amenazas de asesinato, y la pasó mal, muy mal. Eso lo ayudó a ver la vida desde otro lugar, más relajado, a tomarse la vida de otra manera. Yo sé que tuvo muchas secuelas aunque no lo diga, superadas por mucha terapia. En el fondo, fue positivo, en el sentido de que hoy le sirve en su gobernar", añadió.

A continuación, Infobae reproduce fragmentos de El secuestro, publicado por Editorial Planeta.

El  frente de la casona
El  frente de la casona de Av. Garay 2882, donde Macri estuvo en cautiverio (Adrián Escandar)

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A la 1.15 de la madrugada del 24 de agosto de 1991 Mauricio Macri estacionó el Peugeot 505 bordó sobre Tagle. Apenas cerró el vehículo se le cayeron de las manos las llaves del auto, también las de su casa y unos anteojos. Es que no tuvo tiempo de iniciar una corta carrera hacia la puerta del edificio. Ahí, en plena calle, vio dirigirse hacia él a cuatro hombres que salieron de la oscuridad como si hubiesen estado agazapados entre los autos estacionados. Se acercaron de todas las direcciones, lo sorprendieron. Mauricio creyó que era un asalto. No ofreció resistencia. Llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón para buscar la billetera. Pero le dieron un puñetazo corto y potente. Tanto lo sorprendió que creyó que alguien le pegaba desde un lugar que estaba fuera de su campo de visión. Uno de los atacantes lo tomó del cuello por detrás, tan fuerte que lo empezó asfixiar, y le produjo un ahogo y un dolor que duraron varios días. Otro, le propinó la trompada con la idea de dejarlo desorientado sin desmayarlo. En ese momento, el hijo de Franco percibió que las cosas estaban espesas y que no era cuestión de un simple robo.

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Los forcejeos fueron muy violentos, pero rápidos y efectivos. Los captores lograron inmovilizarlo. Cayó al piso. Y seguía tomado del cuello. Al ver que Macri se resistía, "El Pelado" Bayarri bajó rápidamente del Fiat 600 y se puso por delante de sus compañeros, como para hacer de pantalla, con el fin de dificultar la visión de algún testigo, simulando observar una pelea callejera o la asistencia a un amigo pasado de copas. La realidad era que a Mauricio lo empujaban hacia una combi, la Volkswagen que también estaba estacionada allí. La camioneta Mercedes Benz escolar había desaparecido. Dos brazos fuertes, opulentos, hicieron un movimiento de pinzas que levantó a Macri y lo arrastró como una bolsa de basura. En el vehículo había más brazos. La combi se tragó a la presa cerrando sus puertas. El tiburón se había tragado al "Pescadito".

El sótano donde Macri estuvo
El sótano donde Macri estuvo cautivo (Infobae)

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Le ataron las manos con alambre y lo dejaron en posición de rezo. También le sacaron el reloj y la moneda de plata con gancho que sostenía sus documentos. Quedó en camisa, pantalón y medias. Para evitar cualquier falla en la venda y la capucha, lo metieron en un cajón, conocido como "el ataúd". Era una caja de madera que habían conseguido los hermanos Ahmed para que el "Pescadito" viajara sin poder gritar. Y para que entendiera desde el inicio quién mandaba de ahora en más. Lo necesitaban atemorizado. Y con predisposición a colaborar durante su detención. Debía ser obediente. Cuando cerraron la tapa, uno de los atacantes se le sentó encima.

El viaje duró cerca de media hora. Mauricio Macri mide 1,78 pero su cajón medía 1,70 por 0,80. Tal vez quisieron hacerlo a medida y equivocaron las dimensiones, o las redujeron con alguna otra intención. O fue pura maldad. El cajón estaba revestido en fórmica y parecía de aquellos utilizados en zonas rurales postergadas. Mauricio nunca pudo sacarse de la cabeza que la tapa del cajón estaba a no más de diez centímetros de su nariz. En el camino a su cautiverio, se movió. Cuando sus carceleros levantaron la tapa, estaba quieto, en posición fetal, como perro muerto en la cuneta de una ruta.

Mauricio Macri puso al límite su capacidad de supervivencia aquella madrugada de agosto de 1991. Se ahogaba. No podía respirar. Tenía claustrofobia. Pero no se quería morir así, enterrado vivo en la oscuridad absoluta.

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"Entonces llegó Camilo Ahmed, subió, bajamos la cortina, y entonces ahí bajan al señor. Baja Camilo de la camioneta y ahí subimos los tres, estaba atado en el cajón, el cajón que estaba en la camioneta, pegado a la camioneta, la caja era con tapa y adentro estaba el tipo atado con alambre. Lo sacamos, estaba todo vendado. Estab vestido con traje, creo que de color marrón. Tenía las manos atadas con cinta adhesiva y con un alambre, para adelante, como si estuviera rezando. Llegó con la cara y la cabeza tapada. No tenía los pies vendados porque lo llevamos caminando. El tipo estaba consciente y no ofreció ningún tipo de resistencia, ni siquiera hablaba. Yo tenía órdenes de no habñlar con él, al menos hasta que Camilio no lo hiciera. Nosotros lo llevamos hasta abajo" (Declaración indagatoria de Ramón Osmar Ávalos)

Ávalos tomó al encapuchado por adelante, por los hombres; Camilo por los pies. Y sin ataduras en las piernas, lo llevaron sin alzarlo. "Por acá, por acá", decía Zanone, guiándolos en todo el trayecto. No habíoa muchas luces en la casa. Hasta ahí todo había funcionado de maravillas. Nada podía fallar. La infraestructura era nimia para la magnitud del operativo que contaba con mucha ayuda externa. Una ayuda que nunca fue revelada. Zanone se agitaba, cobraba con su cara de póker una expresión épica. Lo llevaban hasta el hueco.

El hueco en el techo
El hueco en el techo del sótano, por donde le bajaban la comida a Macri (Infobae)

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Evangelina Bomparola se había despertado. Daba vueltas por la planta del segundo piso. La morocha era pareja del empresario por aquellos años. Fue, de hecho, uno de sus vínculos más estables. Joven, bella, como casi todas las novias de Franco. "Eva" y su familia, pero sobre todo su madre, estaban integrados a los Macri como otro clan italiano.
-¿Con el señor Franco Macri? Habla su hijo Mauricio. Por favor, comuníqueme con mi padre, he sido secuestrado…
-¡Vuelvan a llamar! ¡Vuelvan a llamar en diez minutos! ¡Por favor vuelvan a llamar! -alcanzó a gritar la Bomparola con cierta rapidez cuando atendió aquella noche uno de los teléfonos. El primer timbrazo llegó al 802-3679.
El teléfono celular de Franco sonó en plena vereda de Tagle. Estaba con Rafael dando vueltas y esperando el llamado de Ponzo cuando recibió el de Evangelina que le pedía que volviera a su casa con urgencia. Franco imaginó lo peor. Se le aceleró el ritmo cardíaco. Caminaron a toda marcha las cuatro o cinco cuadras que separaban la casa del padre de la del hijo.
Apenas pisó Eduardo Costa, como si alguien lo estuviera mirando entrar, el teléfono de la casa volvió a chirriar.
-Viejo, he sido secuestrado. No te preocupes. Estoy en manos de profesionales… Vos seguí las instrucciones y no vamos a tener problemas. Decile a la señora de la casa que no comente nada a nadie. Papá, es importante mantener máxima resercva. No hables con nadie por mi seguridad personal. Andate hasta la plaza Alemania ahora y vas a encontrar un mensaje al lado de una piedra, al pie del tobogán más chico.
Y se cortó la comunicación.

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El lunes 26, Nicolás Caputo llamó a Irene, la secretaria en Sideco. Buscaba a su amigo, que no respondía por ningún lado. "El señor Mauricio está internado por estrés", le dijeron. "Se fue a Brasil". También lo buscaba Fernando Marín, amigo de Franco. Marín dirigía las comunicaciones de todo Socma y tenía su propia empresa de comunicaciones. (…) Pero Irene tenía un casete en la cabeza y si se quebraba Franco la "asesinaba". Marín no se quedó conforme. También se había visto con Franco ese día y lo había notado "rarísimo". A Caputo lo que no le cuadraba era que "Mauri" no le hubiera hecho ni si quiera un llamado para contarle que se iba de viaje.
A las ocho del lunes 26 su hija atendió un llamado. Estaban en la casa, sonó el teléfono particular.
-Papá, es para vos… -dijo la niña, de siete años. Caputo tomó el aparato.
-Hola, Nicky, supongo que a esta altura ya sabés que estoy en un quilombo… Necesito que me ayudes a salir de este tema. A partir de este momento usaremos tu celular como vía de comunicación.

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Extracto del libro Macri por Macri, de Franco Macri.

Macri ante los medios, tras
Macri ante los medios, tras ser liberado

"Allí vivimos una escena totalmente surrealista. Según las instrucciones de los secuestradores, debíamos poner los billetes en un modelo determinado de bolso Samsonite negro. Además, el dinero había llegado en diferentes nominaciones y teníamos órdenes de hacer paquetes de 10.000 dólares cada uno, pero agrupados en ciertas nominaciones… Con máquina y todo, Eva, mi hijo Gianfranco, Rafael, Luis da Costa, otro colaborador de confianza y yo estuvimos más de diez horas contando el dinero. Parecía una escena salida de una película muy mala. Toda la habitación exudaba el horrible y penetrante olor del dinero: sudoroso, sucio y viejo. Cuando terminamos, era casi la una de la madrugada del miércoles. Para entonces había una pequeña pared de dólares norteamericanos de aproximadamente un metro de alto por tres metros de largo. Todos nos sentíamos mareados por el cansancio y lo inverosímil de la situación. Pero también estábamos listos para cumplir las órdenes que recibiéramos de los secuestradores. Todo lo que podíamos por el momento era esperar y rezar para que solo fuese cuestión de días".

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Nicolás Caputo tomó asiento en el 505 color gris. El empleado de Rentacar de la calle Paraguay al 800 había cumplido estrictamente con su pedido: el auto no tenía vidrios polarizados. Lloviznaba. Debía manejar con sumo cuidado. Pensaba en que al menos ya no soplaba tanto viento, señal de que la tormenta de fin de semana retrocedía hacia el Río de la Plata. (…)

La instrucción de la Banda había sido precisa: debía alquilar un auto en esa agencia, no en otra. Caputo giró la llabe en el tambor del Peugeot y arrancó perfecto, olía a nuevo, no tenía más que 37.000 kilómetros. Caputo manejó sin mayor demora. Lo tenía que dejar en una playa de estacionamiento de la Avenida 9 de Julio, entre Tucumán y Viamonte, sobre la calle Carlos Pellegrini. Esa parada tenía por objeto chequear que era obediente, que respondería a todo lo que le indicaran. Podían controlar, así que no contaba con una custodia encubierta. Tambiénm podían saber perfectamente cuál era el vehículo en el que viajaba el nexo con los familiares de la víctima. Por lo tanto, su sospecha frente al local de Rentacar comenzaba a caer como un castillo de naipes.