Durante años hemos repetido que necesitamos movilizar más dinero hacia la Amazonía. Más cooperación internacional, más inversión de impacto, más fondos climáticos, más capital privado. Es cierto. Pero es incompleto.
La Amazonía no enfrenta solamente una escasez de capital. Enfrenta también un problema mucho más incómodo: buena parte del capital que queremos movilizar hacia ella fue diseñado para funcionar en lugares que no se parecen en nada a la Amazonía.
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Ahí comienza una de las contradicciones centrales de la bioeconomía latinoamericana.
Los inversionistas buscan operaciones grandes, riesgos relativamente predecibles, información abundante y estructuras estandarizadas. En el territorio ocurre exactamente lo contrario. Muchas empresas amazónicas necesitan tickets pequeños, financiamiento flexible, periodos adaptados a ciclos productivos y acompañamiento para fortalecer su gestión, acceder a mercados o incorporar trazabilidad.
Esto no es un reflejo de los bioemprendimientos sino más significa que estamos intentando evaluarlos con instrumentos equivocados.

Hace unos días conversaba con Aldo Soto, cofundador y Director Ejecutivo de Amazonia Impact Ventures, sobre esta situación. Su experiencia resulta particularmente interesante porque llegó al mundo financiero desde la conservación. Después de años trabajando en la Amazonía, observó lo mismo que quienes venimos del mundo ambiental conocemos muy bien: proyectos productivos que avanzaban mientras existía cooperación internacional y desaparecían cuando terminaba el financiamiento.
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La filantropía podía iniciar procesos, pero muchas veces no conseguía hacerlos sostenibles.
Aldo y su equipo comenzaron entonces a experimentar con otra lógica: utilizar financiamiento para fortalecer empresas vinculadas a cadenas amazónicas, acompañándolo con incentivos y asistencia técnica para promover mejores prácticas ambientales y sociales. Empezaron incluso invirtiendo recursos propios mientras construían experiencia y entendían cómo funcionaban estas organizaciones desde dentro.
Lo relevante de esta experiencia es la pregunta que plantea:
¿Y si el problema no fuera únicamente conseguir más inversionistas, sino cambiar la manera en que entendemos el riesgo?

Desde Lima, Nueva York o Londres, financiar una cooperativa amazónica puede parecer demasiado complejo. Hay volatilidad climática, brechas de infraestructura, mercados fragmentados, problemas de conectividad y, en determinados territorios, economías ilegales que distorsionan el costo de la operación.
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Pero pretender eliminar completamente ese riesgo antes de invertir produce una paradoja: los territorios que más necesitan capital son precisamente aquellos que nunca cumplirán las condiciones tradicionales para recibirlo.
Como me dijo Aldo durante nuestra conversación, si miramos estas empresas únicamente con los lentes de la banca tradicional, probablemente no invertiríamos en ninguna.
Ese debería ser el punto de partida, no la conclusión.
Necesitamos capital capaz de asumir riesgos diferentes y, sobre todo, instituciones capaces de distribuirlos mejor.
Aquí entra el blended finance. Capital filantrópico o concesional puede absorber parte del riesgo inicial y facilitar la entrada posterior de inversionistas privados. Amazonia Impact Ventures, por ejemplo, utiliza estructuras de este tipo y recientemente incorporó una inversión de BID Lab en el tramo catalítico de su fondo, precisamente para ampliar la capacidad de atraer otros inversionistas.
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Una de las cosas más interesantes de la conversación con Soto fue identificar cuánto de la infraestructura necesaria para una bioeconomía competitiva todavía esta en proceso de desarrollo. Una empresa amazónica emergente difícilmente puede pagar por sí sola un estudio sofisticado sobre tendencias internacionales de mercado. Tampoco puede resolver individualmente problemas de trazabilidad, acceso energético, logística o entrada a nuevos mercados.
Parte de esa información debería entenderse como un bien público. Y aquí la discusión deja de ser solamente financiera.
Si queremos desarrollar una economía amazónica capaz de competir con actividades extractivas ilegales, necesitaremos combinar inversión privada, financiamiento público, filantropía, cooperación, asistencia técnica y empresas locales capaces de articular cadenas productivas.
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No todos esos capitales deben entrar al mismo tiempo. Tampoco deben asumir el mismo riesgo.
Ese probablemente sea uno de los grandes debates que América Latina deberá enfrentar durante los próximos años. Aldo y su equipo han entendido bien esa transición. Su aporte no está en haber encontrado una fórmula definitiva, porque probablemente todavía no exista. Está en haber llevado una mirada nacida desde la conservación hacia el lenguaje de las finanzas y haber comenzado a experimentar con instrumentos que reconocen la complejidad del territorio en lugar de intentar eliminarla.

Ese liderazgo importa porque necesitamos más actores dispuestos a cruzar esas fronteras.
La Amazonía no se conservará únicamente mediante áreas protegidas, declaraciones internacionales o nuevos compromisos climáticos. Necesita también economías legales capaces de generar ingresos, empleo y oportunidades para quienes viven en ella.
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Y para construirlas tendremos que aceptar una idea sencilla: no podemos financiar la Amazonía como financiamos cualquier otro lugar.
El desafío no es solamente llevar más capital al bosque.
Es construir el capital que el bosque necesita.

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