Educar también es cuidar: el bienestar que necesitan nuestros escolares para aprender

La capacidad de aprender exige un entorno donde las fallas no definan las aptitudes y donde sea posible gestionar la frustración ante resultados adversos durante el proceso formativo cotidiano de todos

Un adulto y un niño de espaldas se toman de la mano cerca de juguetes de madera y una lámpara encendida.
La detección de cambios de conducta y la derivación especializada forman parte de la tarea compartida para evitar que los escolares enfrenten sus malestares sin respaldo en el entorno educativo cotidiano. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Durante mucho tiempo hemos medido el éxito escolar principalmente a través de números: calificaciones, resultados en evaluaciones y cumplimiento de objetivos académicos. Pero hay una pregunta que no siempre hacemos y que resulta cada vez más importante: ¿cómo están nuestros estudiantes mientras aprenden?

Aprender requiere mucho más que atención y memoria. Requiere sentirse seguro, poder preguntar sin temor, equivocarse sin pensar que el error define nuestras capacidades y contar con herramientas para manejar la frustración cuando las cosas no salen como esperábamos. Por eso, hablar de educación de calidad también implica hablar de bienestar emocional.

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Hoy los estudiantes enfrentan desafíos que no siempre son visibles como la presión académica, dificultades para relacionarse, exposición constante en entornos digitales, conflictos entre compañeros, etc. Aproximadamente 3 de cada 10 alumnos presentan riesgo de desarrollar algún problema de comportamiento, emocional o atencional, según información del Ministerio de Salud. Frente a ello, no basta con esperar que los jóvenes aprendan por sí solos a ser más fuertes.

Ilustración de un puente. A un lado, niños y adolescentes con mochilas. Al otro, adultos profesionales. Globos de diálogo, corazones y hojas verdes flotan.
El éxito escolar no se mide únicamente por las calificaciones académicas, sino también por el bienestar emocional de los estudiantes.(Imagen Ilustrativa Infobae)

Frente a esta realidad, el desafío de los colegios no puede limitarse a mejorar el rendimiento académico. La escuela también tiene la responsabilidad de ayudarlos a desarrollar habilidades socioemocionales: reconocer sus emociones, ponerse en el lugar del otro, comunicarse de manera asertiva, resolver conflictos y pedir ayuda cuando la necesitan. Estas capacidades no son complementarias a la educación. Son parte de ella.

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La escuela también debe enseñar qué hacer cuando algo no está bien. Un estudiante necesita saber que pedir ayuda no es una señal de debilidad. Aquí el rol de docentes, tutores, familias y profesionales de la psicología resulta fundamental. Acompañar puede significar escuchar y orientar, pero también reconocer señales de alerta, actuar oportunamente y facilitar apoyo especializado cuando sea necesario.

Maestra asiste a niño llorando con su escritura en un cuaderno. El aula tiene estanterías con libros, mochilas y otros estudiantes sentados en sus mesas
El aprendizaje en el aula requiere un entorno donde los alumnos puedan preguntar sin temor y gestionar la frustración. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esa reflexión está también en el centro de CADE Escolar 2026 de IPAE Acción Empresarial, que bajo el lema “Del ser al hacer” busca fortalecer el autoconocimiento, el pensamiento crítico y un liderazgo basado en valores y propósito.

Porque antes de preguntarnos qué puede hacer un joven por su comunidad, necesitamos preguntarnos qué herramientas necesita para conocerse, escuchar a otros, convivir, pedir ayuda y actuar responsablemente. El liderazgo también empieza ahí.

Educar también es cuidar. Y cuidar significa que ningún estudiante debería sentir que tiene que enfrentar solo aquello que le está ocurriendo.

Susana Diaz Tang, miembro del comité de CADE Escolar 2026 de IPAE Acción Empresarial

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